Alguien le dijo un día Ratero cuando el Pollo buscaba su lapicero, y él solo se rio o creímos que lo hizo, pues solo fue un rictus imperceptible de sus labios, parece que frunció algo la frente y dejó escapar un lacónico “ja”. Para su compañero de carpeta, el Perro - quien descifraba sus gestos - él se había reído a carcajadas.
Nunca aparecieron el lapicero del Pollo, la cartuchera y sus plumones, literalmente fue desplumado de sus útiles. Pero desde aquel día le llamaron Ratero y el Pollo siguió siendo el Pollo.
Un día, Ratero, que con el tiempo devino en Rater, porque era más “cool” y más corto. se dedicó a engrapar los cuadernos de los compañeros del aula a las carpetas de madera en las que se sentaban,
- ¿por qué lo hiciste? - le preguntó el tutor del salón
- Quería ver sus caras..- dijo sin inmutarse - para reírme un rato - agregó luego.
El tutor y el auxiliar se sujetaron entre ellos para no caerle encima y molerlo a palos, fue suspendido por algunos días. Nosotros lo veíamos como alguien extraño y singular. Las intervenciones y comentarios de Rater en las clases, siempre hacía que los demás nos riamos por lo descabelladas y graciosas que sonaban.
- Profesor yo recuerdo que - de pronto como si recordara algo guardaba silencio - …ya, ya recordé - agregaba como si no le importara nada, tomando asiento.
- ¿Puedo continuar alumno? - preguntaba nuestro profesor de geografía a quien llamábamos “linterna verde”, por sus grandes anteojos verdes.
- Si claro profe - decía muy serio Rater entre las sonrisas de todos nosotros.
O cuando debía responder, su ansiedad le ganaba
- Alumno -dirigiéndose a un distraído Rater - ¿Cómo hallamos la distancia que recorre una manzana que dejamos caer desde una altura?...
Y el aludido perplejo mira a su compañero el Perro en busca de ayuda y este le dice algo y Rater repite de inmediato, sin razonar la respuesta.
- ¡Convertimos kilómetros en segundos…!!!”
Risa general, el profesor anuncia que la respuesta le significará un desaprobado y luego el sonido de un golpe en un hombro y una queja lastimera del Perro “ay” y otra vez la risa de todos.
“La luna de atrás que no tiene luna” dijo un día …“milímetros de pulgadas” dijo otro día, “entré a una cochera… que no era cochera”....y así sus expresiones se fueron haciendo memorables entre todos nosotros.
Con el tiempo Rater comenzó a pelearse con cualquiera que se le pusiera delante retándolo, ganara o perdiera su contrincante siempre se llevaba un buen recuerdo, una camisa rota, un pantalón desgarrado o la cara magullada. Desde entonces hasta el más matón del aula comenzó a cuidarse de él, pues decían que estaba loco.
- ¡Chino, el Rater me está molestando…!
- Defiéndete Perro, ya estás grande… - contestaba el aludido.
- Pero yo te llevo a la YMCA… - dijo casi sollozando el muchacho al que todos llamaban Perro.
- Rater está rayado, con él no me meto, no lo jodas Perro - contestaba el Chino.
Pero el Rater tenía buen corazón, no era abusivo, era muy ingenioso en sus bromas y más que molestarse, los demás se reían de su ingenio… famosos eran sus sonoros golpes en el pecho o espalda, cuando lo molestabas o te burlabas demasiado de él. La "Mancha" lo trataba con respeto y cariño, pero él prefería estar con el Perro.
Siempre fue leal y sencillo, amigo confiable, mientras algo tuyo no le gustara. Eso sí, te advertía que desaparecería si te descuidabas, esa era su cortesía , eso decía él.
Conforme crecimos, su afición por las motos y el alcohol, aumentó exponencialmente.
Llegó al colegio contándonos que escuchaba a AC/DC y desde allí se convirtió en fanático del rock clásico, los fines de semana sus exhibiciones de baile - cuando estaba bebido - al ritmo de la emblemática Thundertracks, fueron apoteósicas. Rater danzaba hasta quedar en cueros para risa de todos sus amigos, que nada podían hacer para impedir que se fuera desnudando, él tenía que bailar y lo hacía a su gusto. Luego cuando le recordaban lo que había hecho el fin de semana, sólo hacía ese rictus imperceptible que interpretamos como su sonrisa.
Al poco tiempo terminamos el colegio y dejamos de vernos, pues muchos hicieron su propio camino.
Supe después que un día se compró una moto, la cual desarmaba y armaba a su gusto, se paseaba con ella por todo Pueblo Libre enfundado en una chaqueta negra de cuero, jeans y botas negras, como todo un rebelde.
Me contaron que su pasión por las motos lo llevó a conocer a personas con su misma afición y con ellos organizaba paseos y viajes a sitios cercanos, así fue que se aventuró con sus amigos moteros en un viaje a Huaraz cada uno en su moto, Rater tenía una antigua Honda 125 reparada por él. Salieron todos juntos y enrumbaron por la carretera panamericana norte sin ningún contratiempo. A la altura de Huarmey, al norte de Lima, tomaron la carretera en dirección hacia los Andes, camino a la ciudad de Huaraz. Rater poco a poco se iba quedando rezagado, ya que su moto no subía hacia la sierra con la misma fuerza y velocidad que en la costa. Cuando se encontró solo y a distancia del grupo, decidió detener un camión de carga y le solicitó que lo llevarán. La moto siendo tan pesada no pudo ser colocada en la tolva del camión, entonces le pidió al chofer del camión que lo remolcara. Amarraron entonces una soga al camión y otra a la moto. La tarde cedía y la noche estaba por caer, así fueron subiendo hacia la sierra con Rater cansado por el esfuerzo se queda dormido, justo cuando el camión toma una curva. Sin reacción de parte del piloto la moto siguió recta hacia el barranco mientras el camión giraba hacia la izquierda.
Rater se despierta cuando siente el vacío de la caída, la moto por un lado, él por otro. Un barranco lleno de piedras lo recibe y rueda cuesta abajo.
Perdió el conocimiento.
Casi es de noche, no sabe dónde está. Solo ve una luz a lo lejos y hacia allí camina, luego de recuperar la moto que por suerte no está descompuesta. Le duele todo el cuerpo, está sangrando del brazo un poco, le duele la cabeza, el casco lo ha salvado.
Le abre un hombre que desconfiado lo mira de pies a cabeza. Lo ayuda cuando lo ve magullado y sucio. Ponen la moto a un costado de lo que parece ser un gallinero. La noche ha caído, la oscuridad lo envuelve todo. El hombre aún desconfiado le da dos frazadas y le señala un espacio junto a la puerta. Se acomoda allí y cubre su adolorido cuerpo. Allí lo sorprendió la mañana, luego de agradecer al buen samaritano se fue. Cómo pudo regresó a Lima. Sus compañeros lo vieron después de varios días totalmente magullado.
CONTINUARA...
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Una hermosa historia que nos ha dejado con el gusto de seguir leyendo. Felicitaciones Iván sabes envolver con tus palabras al lector y lo conviertes en uno de los protagonista de tus historias
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