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Rater se recuperó pronto de sus heridas y en las semanas siguientes se compró un Chevrolet Printmaster descapotable de 1946 que reparó a su gusto, le puso ruedas nuevas y cambió la faja de distribución. En el auto se paseaban junto con él tres amigos más, al parecer contagiados de la misma locura por hacer cosas singulares. Después de haber agotado todos los lugares en Pueblo Libre por donde pasear e ir a tomar, además de visitar a todas las chicas que conocían y subirlas en el descapotable, una tarde de jueves se vieron aburridos todos ellos. Luego de deliberar decidieron viajar a Huaraz en el Chevrolet. A Rater la aventura le seducía, más aún cuando la vez anterior no había llegado a Huaraz.
Salieron muy temprano en dirección a Huaraz, entusiasmados y contentos, alguno se quejó de la hora pues aún estaba oscuro. A nadie le importó, ya estaban en la carretera al norte cuando comenzó a amanecer. En la cassetera sonaba a todo volumen “Highway to hell”, Rater conducía lleno de adrenalina.
Desayunaron en Huaral y se quedaron comprando fruta un par de horas, luego retomaron el camino, sin detenerse hasta Barranca, en donde almorzaron, tomándose unas cervezas. Después de descansar iniciaron la subida a la sierra. Todo marcha bien, la carretera a la sierra de Huaraz es una de las pocas bien conservadas del Perú, se detenían a tomar fotos o tan solo a contemplar los hermosos paisajes que encontraban en el camino. Cuando pasaron Catac y se dirigían hacia Recuay, el auto se apagó, al parecer el relé que regula el paso de electricidad del auto se quemó. Revisaron la batería que estaba bien y nada más pudieron hacer.
Allí estaban los cuatro amigos en medio de la carretera hacia Huaraz, eran las cinco y treinta de la tarde ya comenzaba a oscurecer y el frío se iba acentuando, de sus mochilas sacaron polos y casacas, se cubrieron las cabezas con gorros y pasamontañas. Nadie paraba para auxiliarlos, los confundÍan con ladrones de caminos. Como sea, la noche cayó sobre ellos y el frío de la sierra los abrazó.
- Tengo frío - dijo uno - estoy con un buzo sobre el jeans, pero igual me congelo
- Acércate que yo estoy igual - dijo otro de ellos - abrázame para entrar en calor
- Déjate de mariconadas - dijo el tercero
- Carajo si nos pegamos quizás el calor de nuestros cuerpos nos caliente - dijo lúcido Rater, recordando una clase de física del colegio.
Y eso hicieron, se sentaron los cuatro en el asiento de atrás.
- Corre aire, sigo con frío - dijo uno
- Es cierto - contestó el otro
- Abrázame más fuerte - afirmó el tercero
- ¡Carajo! Parecen mariquitas - reclamó otra vez Rater - saquemos el relleno del asiento y nos metemos allí, será mejor.
Y así lo hicieron, cortaron el asiento y fueron sacando el relleno acumulando todo alrededor lo mejor que pudieron, fue una agradable sorpresa encontrar debajo del asiento una botella de pisco olvidada con la mitad del contenido. Se alegraron y procedieron a consumirla en la oscuridad de la carretera. El cielo que tenían sobre ellos estaba tapizado de estrellas lo que hacía de la experiencia algo que no olvidarÍan por mucho tiempo. Fumaron un cigarro tras otro. El auto descapotable no los abrigaba mucho.
- Rater - le dijo el tercero después de dos largos tragos de pisco.
- ¿Qué? - preguntó el aludido.
- Creo que te quiero amigo, abrázame fuerte por favor - contestó con melosa voz el tercero.
- ¡Calla mierda! - contestó secamente Rater.
Los cuatro rieron de la ocurrencia y se dispusieron a pasar la noche allí, juntándose uno al otro, abandonando todo perjuicio.
El amanecer los sorprendió a los cuatro abrazados y temblando por el frío que sentían, sin ganas de hacer bromas salieron del cubil improvisado que los protegió de la helada. Caminaron y corrieron como locos por el campo para entrar en calor. Ya de día pidieron ayuda a un camión que acertó pasar por allí y que está vez se detuvo. Luego de explicarle al chófer lo sucedido, este accedió a llevar a uno hasta la ciudad de Huaraz, fue el tercero el elegido para ir. Allí con la ayuda de otros amigos consiguió una grúa y luego de darles alcance a los varados remolcaron el Chevrolet Printmaster descapotable hasta la ciudad de Huaraz. Encontraron un mecánico que los ayudó.
La aventura concluyó después de reparar el auto y regresar a Lima sin hacer escala. No querían más contratiempos
A las dos semanas Rater vendió el auto y la moto Honda 125 y con el dinero obtenido viajó en compañía de su amigo Eduardo para Arica. Allí compró una Yamaha con la que regresaron a Lima haciendo ruta por Tacna, Arequipa, Ica hasta Lima.
Estaba contento pues luego de unos días vendió la Yamaha por un buen precio. Había descubierto que su afición por las motos también era el tipo de negocios que quería hacer en su vida. Estaba haciendo planes para comprar dos motos más, estaba entusiasmado.
Pero recibió una llamada que cambiaría su vida.
- Justo ahora que todo va bien - dijo sujetando el crucifijo que colgaba de su cuello.
CONTINUARA...



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