A Max lo conocí cuando estaba enamorado de Fátima, el pobre sufría de amor por alguien que sólo lo buscaba cuando algo de compañía deseaba. Veleidosa ella lo llamaba cuando la soledad asfixiaba sus tranquilos días y luego, cuando su humor cambiaba, lo rechazaba sin importarle el dolor que causaba y la tristeza que ocasionaba.
Fátima podía pasar horas bajo el sol retozando despreocupada mientras Max aguardaba pendiente que ella se dignara mirarle y cuando eso sucedía Max solicito accedía a todo lo que su amor, su musa se antojara.
Fátima era una perra, sin duda “chukara”, decía su dueño.
Max dejó de comer, bajó de peso, su semblante cambió, esa alegría que hacía que lo quisieran se apagó. Sufrir por ese instinto canino que lo hacía confundir interés con afecto, lo consumía
El tiempo pasó y Fátima se fue, allí donde van los canes cuando los años y sus males los alcanzan.
Max aulló por varias semanas inconsolable, nadie que lo conociera entendía lo que él guardaba.
Cuando hace un tiempo visité la casa de sus dueños, me contaron que ya no era el mismo, no salió a recibirme entre ladridos estruendosos y molestos. Desde lo alto de la escalera solo me miró indiferente sin reconocerme, cuando me acerqué y acaricié su cabeza solo movió la cola o eso me pareció.
Su dueño me dijo preocupado
- Creo que terminará dejándonos
- Dale tiempo, nadie se muere por tan poco - recuerdo que dije.
Después de mucho tiempo regresé a la casa de Max y me sorprendí apenas toqué el timbre.
Un animalito de color castaño claro, de cabeza pequeña, patas cortas y musculoso cuerpo me ladraba con voz aguda junto a greñudo perro gris un poco más grande. Saludé a los dos canes que no se callaban, sonriendo.
Entré a la casa, saludé y luego frente a un opíparo desayuno me contaron lo que había pasado.
- Cuando Fátima se marchó, Max se quedó muy mal, estuve a punto de sacrificarlo para evitar su pena, pero me miró con tanta ternura y tristeza que no pude hacerlo y dejé la jeringa a un lado.
- Tanto así se puso - pregunté
- Sí y luego dejó de comer, no sabía qué hacer. Pero un día a mí consulta llegó un hombre con una perrita - la que te ha recibido ladrando - y me pidió sacrificarla porque se iba de viaje y no tenía con quién dejarla. O la abandonaba en la calle o la “dormía”.
- Que barbaridad - dije fastidiado
- Lo convencí de que me la regalara y aceptó. Traje a Quinua a la casa entonces.
- ¿Quinua?
- Si, ese era su nombre - dijo sonriendo y siguió hablando…
Quinua entró en la casa y vio a Max recostado sobre su tapete y movió la cola, se acercó para olerlo y él ni se inmutó tenía los ojos cerrados. Quinua lo olió largo rato por todo el cuerpo. Max despertó y la miró con curiosidad. Mostró un poco los dientes y se apartó. Quinua fue detrás de él moviendo la cola. Max se refugió en su cama y ella le ladró coqueta. Max inmutable se echó. Ella encontró cuando exploraba su nuevo hogar un muñeco de esos que venden en los petshop. Lo recogió con los dientes y fue donde Max. Se lo ofreció dejándolo a un costado de su hocico. Max la miró y mostró los dientes. Ella se echó sobre sus patas sin dejar de mirarlo.
Y así estuvieron por unos días, ella tratando de acercarse y él sin hacerle caso, alejándola cuando se ponía insistente.
Pero un día Max se levantó cuando ella comía, nadie entiende por qué de pronto se acercó o qué hizo que sin más quisiera olerla. Quinua comía de espaldas a Max cuando él olisqueaba debajo de su cola. Quinua reaccionó de manera furiosa, supongo que fue el instinto de proteger su comida, como sea Max retrocedió asustado y luego se defendió pero con lo débil que estaba tuvo que retroceder.
Al día siguiente Quinua le acercó como lo había hecho otros días el muñeco de juegos y está vez Max decidió aceptar la invitación a jugar.
- Mira allí viene Max a saludarte con su familia - dijo mi primo riendo.
Y allí estaba Max ladrando como siempre en la ventana, moviendo la cola, saltando hacia mi. A su lado estaba Quinua alegre y detrás de ellos tres cachorros parecidos a Max, peludos y desordenados en su apariencia Javi, Alfredo y Leticia. Todos alegres y contentos.
- Parece que Max decidió darse una oportunidad - dije yo
- Y está vez formó su familia - contestó mi primo - ahora a cuidarlos a todos.
Sonreí con ellos feliz de ver a Max contento.







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