lunes, 3 de octubre de 2022

NO SÉ CANTAR





  

No sé cantar, pero me gustaría aprender.


Aunque alguna vez me presentaron irónicamente como barítono ligero cuando osé acompañar a mi enamorada de esos días a cantar en un matrimonio. Cantamos "Si no estuvieras tú"  de Mirla Castellanos y me pagó con 50 dólares, un vino y una noche de amor. Esa noche Carusso a mi lado era un imberbe y Casanova un hombre poco viril. Aquella noche escribí algunos versos de amor y coqueteé de alguna forma  con la inmortalidad.


Ella cantaba y yo leía mis versos en el cuarto del hostal furtivo que nos cobijaba. Cuando dejamos, la pluma yo y la guitarra ella para entregarnos a la aventura de la piel y el sentimiento, alguien llamó a la puerta y pidió más canciones y más versos de amor dejándonos dos botellas de vino como agradecimiento. 


Por aquellos días, mis versos eran escritos en un cuaderno de espiral, confiados sólo a quiénes se atrevieran a soportar poemas toscos de un veinteañero que recién conocía la vida, mis  amigos decían que recién había cruzado la Av. Brasil cuando conocí a mi enamorada. La verdad algo de cierto tenía esa afirmación. Mi madre era muy posesiva con su hijo sordo del oído izquierdo.


Durante la semana era practicante en la séptima fiscalía superior en las mañanas y por las tardes corría a las clases de derecho.  Esa rutina me aburría. Estaba cansado de soportar al secretario del fiscal que me obligaba a coser expedientes durante todo el día a la vez que repetía la cansina frase "tú deberías pagarme por enseñarte". Lo miraba en silencio forzoso y él se reía. 



"Si me tocas pierdes la práctica" dijo el día que tirando todo me puse de pie cansado de su hostigamiento. Lo miré sin decir nada por unos segundos y recordando la novela de "El padrino"  le dije luego  "cuando salgas mira a todos lados, no sabrás cómo ni cuándo, pero te llegaré imbécil, enano de mierda". El secretario me miró  en silencio y salió de la habitación que usaban como archivo, en ese momento ya había tomado una decisión que molestaría a mi padre. 


Todas las tardes de regreso a casa me reconciliaba con mis sueños leyendo en el bus poesía de Manuel Scorza y luego escribiendo en casa afiebrados versos en ese cuaderno de espiral que guardaba como tesoro. 


Una noche mi enamorada me avisó que en unas semanas la soprano y el barítono ligero tendrían un contrato y por tanto era necesario ensayar. Entusiasmado le propuse que pusiera música a uno de mis poemas y se sonrió. 


    - Cariño tus versos no son tan buenos como tú virilidad, algún día harás un poema bueno. Mientras tanto hazme el amor como siempre y escribe sin descanso. A pesar de ser "sordito" eres entonado, así que tendrás que ensayar.


Colgué el teléfono con una decepción tan grande que me puse a llorar en el silencio de mi habitación. El susurro de mi llanto hacía coro con el lamento del gato en celo del vecino que maullaba todas las noches. Me dormí cansado.


Ensayábamos cuando salía de mis prácticas en su casa o en la mía. Cantar "Eres tú" de Mocedades era un reto inmenso y a veces no daba la nota correcta y la soprano como maestra era tan exigente como amorosa era  en las sábanas. Mi madre y mis hermanas se reían  cuando se enteraron que cantaría. "Hijo tu no escuchas bien ¿Cómo vas a cantar?" preguntaba mi madre.


Mi entusiasmo por cantar no disminuyó, más aún cuando la soprano, mi enamorada, me entregó 100 dólares, diciendo " para el barítono ligero". Desde esa tarde puse más ganas en los ensayos y más vigor en nuestros encuentros clandestinos.


Llegó el día del contrato que coincidió con el fin de mes. Esa tarde en la fiscalía pensaba que después de estar cosiendo expedientes por casi dos meses y medio, debían de darme por lo menos un certificado de corte y confección, ya había aprendido a hacer punto cruz y  enhebraba la aguja con destreza. Resuelto esperé al fiscal para comunicarle mi renuncia, pero estaba en una diligencia y llegaría algo tarde, me dijo el secretario. Luego agregó


    - Ahora te quieres quejar con el fiscal, matoncito - me dijo con extraño acento, haciendo muecas extrañas

    - Disculpa, pero a ti no te importa - contesté


Se puso de pie sonriendo,  colocando el índice en su mentón agregó con un tono grotesco y afeminado, casi cómico.


    - Si quieres las cosas pueden cambiar - dijo mientras se acercaba con un extraño caminar.


No dije nada, estaba asustado, él interpretó mal mi silencio y tomó mi mano izquierda. Del miedo, pasé a la furia. No esperó jamás el derechazo que recibió. Cayó hacia atrás arrastrando los expedientes que yo había cosido. Salí sin volver la vista atrás. Tomé un taxi y me fui a Barranco a cantar.


Llegué  al matrimonio, subí al coro dónde estaba la soprano, ella me sonrió. El guitarrista me miró con desprecio e ironía. Así comenzó el matrimonio. 


Cantamos las primeras canciones religiosas, cuando llegó la comunión era el momento de cantar el tema más  importante. Yo sudaba copiosamente cuando la guitarra empezó a tocar y algo inseguro empecé a cantar... 


" Como una caricia eres tú, eres tuuuuú, así, así eres tú…."


                                        …..………………………………….



A la fiscalía no regresé más, el fiscal que era mi vecino, le contó a mi viejo que había estado en un matrimonio y me había escuchado cantar. No le dijo nada de mi deserción. "Parece que el arte es lo suyo" agregó con ironía. 


Seguí cantando algunas veces más haciéndome pasar por barítono ligero y cobrando unos dólares a pesar de mi sordera izquierda. 


Luego de un tiempo el amor se desgastó, ella conoció un tenor que hacía mejor dúo con su voz de soprano. Yo dejé la facultad de derecho, lo mío no eran las leyes. 


La vida siguió su curso y algunos versos de ese cuaderno de espiral fueron publicados.  Nunca nadie les puso música.


Después de mi derrame cerebral hace años, ya no podía ni siquiera silbar.


Por eso ahora digo,


No sé cantar, pero me gustaría aprender.


PD, La soprano nunca se presentó a La Voz, pero sigue siendo mi amiga.


























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