viernes, 26 de enero de 2018

Caminata en enero



Una mañana salí temprano con la esperanza de encontrar transporte público rápidamente, pero los buses que pasaban lo hacían totalmente llenos y algunos ni siquiera paraban, entonces decidí irme a pie…

Camino a pesar de mi dolor de rodilla izquierda, pues dice el doctor que tengo el tendón cuadriceps calcificado, bueno,  ese fue el diagnóstico. Y aunque hice una corta y costosa terapia, la verdad que la siento igual. Pero eso no me impide caminar y degustar los exquisitos rincones de una ciudad que tiene sus encantos a pesar de lo que digamos de ella (me incluyo). Me gusta caminar, repito, me relaja, me ayuda a pensar, me distrae, me permite conocer lugares que de otra manera pasarían desapercibidos para mí y así también alimento mi curiosa inquietud de conocer nuevos sitios. En esta ciudad de Lima, tan caótica y bulliciosa, caminar es lo mejor, ya que el transporte público es por decirlo de manera amable, espeluznante y aterrador, más aún el tráfico.

Caminé por Pueblo Libre, buscando la sombra en las calles y las avenidas, era una calurosa mañana de enero, el día prometía un sol abrazador, sofocante. Mis pasos me llevaron por Magdalena y de allí,  al malecón que da al mar. Lo bueno de nuestra ciudad es que tenemos cerca el litoral y la vista desde allí,  relaja...aún más que la caminata…Caminaba sin escoger las calles, por donde el instinto me llevara...encontré, decía el malecón y pude percatarme que había un perro chusco, de raza indefinida, siguiéndome desde hacía un buen rato. El perro se detenía cuando yo me detenía; yo caminaba y él caminaba tras de mí...con la lengua afuera, cayendo hacia la derecha. “¿Qué te pasa?” pregunté desde lejos y el can se detuvo observando, movió la cabeza de lado, como si tratara de entender mis palabras…” ¿quieres, agua?” dije, ofreciéndole la botella con agua. Se sentó, moviendo la cabeza hacia el otro lado...y yo sonreí…”si quieres, te acercas..” dije, mirándole y colocando la botella  en la acera. Mientras tomaba algunas instantáneas del litoral limeño, espiaba al perro que me observaba con atención sin moverse.

Después de un buen rato, tomando fotos con el perro observándome, seguí mi camino, dejándole atrás. Llegue al lugar a donde me dirigía e hice las gestiones que necesitaba realizar. Al salir, decidí regresar por el mismo lugar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando encontré otra vez al perro, pero esta vez no estaba solo, él me miró sin hacerme caso, me ignoró ciertamente; pues estaba más pendiente de lo que supongo era una amena conversación con una urraca (creo que así se les llama).  Ella, silbaba o piaba, no sé cómo decirlo, y él contestaba con un sonido que no llegaba a ser ladrido. Les observaba incrédulo, ella repetía sus sonidos y él asintiendo con la cabeza, ladraba despacio y movía la pata. ! El perro se estaba riendo!!! ...no lo podía creer.




Mientras sonreía, preparé el celular para tomarles fotos o grabarles. Cuando estaba listo, ambos me miraron y luego se miraron, se dijeron algo, (creo)...y se fueron. Ella emprendió el vuelo y él comenzó a caminar, sin inmutarse. “Caray”, dije por no poder tomar la foto...y guarde el celular, dispuesto a seguir mis pasos. En ese instante, la urraca regresó, posándose delante de él y algo dijo, por el ruido que escuche...y él ladró...contestándole (o eso creo). Rápidamente tomé el celular, otra vez, y cuando me disponía a tomarles  una foto, ellos se miraron otra vez, algo se dijeron y se separaron, al igual que la primera vez...y yo, más que sorprendido me quedé mirándolos...sin saber qué pensar.

Allí estaba yo, saliendo de mi consulta con el psiquiatra, preguntándome ¿estoy loco o es mi imaginación? ¿Estos dos están conversando, o soy yo el que está zafado...?

Finalmente,  luego de dos intentos más, para tomarles algunas fotos juntos, desistí. Pues ellos no dejaron de hacer lo mismo, es decir, mirarse, decirse algo y separarse. Desistí, repito, de tomar alguna instantánea que diera veracidad a mi relato. Y claro que lo hice, renegando y requintando a los animales por la broma. “ ! Par de pendejos, me agarran de tonto…!!” repetí varias veces, mientras ellos solo me miraban como si yo estuviera loco. Camine dejándoles atrás.

Así  llegué hasta el frontis del nosocomio de salud mental Victor Larco Herrera, consulté si podía ingresar a la farmacia del hospital, me dijeron que sí e ingresé. Luego de pedir referencias sobre cómo llegar a la farmacia, me dirigí hacia allí, intentando olvidar la escena del perro y la urraca. Había una larga cola, bajo el sol, y como todos me puse a la fila. Todo estaba tranquilo hasta cuando tocaron mi hombro. Giré para ver quién era y me encontré con un señor alto, blanco, con el cabello rapado, vestía una camisa blanca, un jeans raído, muy desteñido y zapatillas blancas, percudidas. No pude dejar de mirar el grano que sobresalía en su nariz, este atraía mi mirada como imán.

  • Disculpa, ¿no me reconoces? - me dijo, acercando su cara hacia mí.
  • No, no le he visto, nunca. Primera vez que entro aquí -contesté dubitativo por la sorpresa.
  • Yo creo que nos conocemos -dijo - hemos planeado muchas batallas juntos.
  • ¿Perdón? -pregunté, realmente sorprendido. - no te conozco - agregué
  • No me conoces, pero me miras la nariz -dijo muy serio.
  • Es que…- intenté explicar...
  • Soy Napoleón, y tú eres Murat, mi general de caballería - afirmó de pronto seriamente.

Mi memoria recordó quien era Murat y reponiendo mi ánimo, rápidamente le contesté, en tono de complicidad.

  • No solo tu general de caballería, también tu cuñado, Napoleón.
  • Verdad - afirmó ceremoniosamente, extendiendo su mano y estrechando la mía
  • Como esta mi hermana - dijo - ¿la haces feliz…?
  • Me dejó  - le dije secamente.
  • No importa - contestó – las mujeres son veleidosas, reúne los ejércitos, marchamos a Waterloo - me ordenó resuelto.
  • ¿Estás seguro? - le dije - la historia dice que allí perderemos

Me miró fijamente a los ojos, colocó sus manos sobre mis hombros y mientras una o dos personas cercanas presenciaban en silencio la escena. Quien decía ser Napoleón me dijo,

  • La historia la hacemos nosotros, no lo olvides…

Y se marchó raudamente…

Algunos se rieron, yo no. Me quedé pensando, la frase.  

Compré mis pastillas sin más contratiempos. No dejaba de pensar en lo curiosa de la escena. La casualidad de que me sucedan siempre cosas así, pequeñas historias inverosímiles




Caminaba buscando la salida, sintiendo que estaba de pronto en otra época, quien conoce el hospital Victor Larco Herrera, sabrá a qué me refiero, sus construcciones y pabellones son antiguos, de una época pasada. Para alguien con mi imaginación y sentimentalismo, este lugar es idóneo para recrear historias. Es más, pensé, podría quedarme una temporada por aquí, elucubrando historias y versos.

Estaba en ello cuando me aborda una agraciada mujer.

  • ¿Conoces los baños? - preguntó
  • La verdad señora, no conozco - le contesté.
  • Mejor así - dijo ella tomando mi mano fuertemente - te estaba esperando….
  • ¿Cómo? - respondí asustado
  • Te he visto venir muchas veces…- agregó.
  • Nooo, es primera vez que entro aquí - dije moviendo la cabeza, intentando soltar mi mano.
  • No te creo, has venido para fugarnos.
  • No señora, suélteme, por favor - dije casi implorando.

Y ella se echó a reír a carcajadas, mientras sujetaba mi mano.

  • No te asustes, no estoy loca - dijo con tierna sonrisa - colabora con una rifa para los pacientes. Soy una voluntaria.
  • Está bien, asústate tú, porque yo, si estoy loco…- dije sin pensarlo mucho, mientras abría mis ojos y tornaba mi voz ronca.
No sé, porque respondí de esa manera, quizás por el susto o cansado de que las experiencias de este peculiar día, me sobresaltaran solo a mí. 

Quizás porque en el fondo  algo de locura llevo, o quizás porque la dificultad de adaptarme a la realidad que me toca vivir, también tiene algo de locura. Quizás también, porque para crear historias y fantasear sobre alguna dimensión en la que encajo totalmente, algún tipo  de locura debe de llevar mi alma. Creo que respondí así porque que es mejor ser loco...que intentar estar cuerdo o porque sé que sí llegué hasta aquí, pasando por mucho, alguna locura adquirí en algún momento. 

La verdad, me decía, no lo sé y aún me lo sigo preguntando.

Solo sé, que la mujer de blusa café, pantalón denim verde olivo, y zapatillas negras, soltó mi mano y huyó del lugar sin mirar hacia atrás. La vi alejarse despavorida mientras me quedaba parado, sonriendo en silencio y viendo su torneada figura alejándose.

Cuando crucé la reja de salida del hospital lo hice pensando:

“No estoy loco, solo estaba distraído. No estoy loco, solo estuve  deprimido por mucho tiempo. No estoy ,ni estaba loco, solo estuve perdido, desaliñado. No estoy, ni estaba loco, me estaba preparando….para otro tipo de locura…

La de ver lo que otros no pueden ver, la de entender lo que otros no pueden entender, la de sentir lo que otros jamás podrán sentir, la de soñar lo que otros dejaron de soñar...mi locura, es la locura de creer en mí, cuando todos dejaron de creerme....he allí la locura que llevo ahora...Ellos, se quedan aquí, yo salgo...para continuar con mi vida y escribir otra historia”

Y así, mientras caminaba esta mañana de enero comprendía algunas cosas, una repentina epifanía se apoderaba de mí ser. Mi historia la hago yo...

 Finalmente llegué a mi cuarto, que por ahora, llamaré hogar. 

Cosas de locos, digo yo.







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