viernes, 2 de febrero de 2018

Querido lector...




 A los 7 años mi abuelo Antonio me contaba la historia del Perú sentado en sus rodillas como un cuento, por eso mis héroes no fueron los Tres Chanchitos o Peter Pan, Superman o Batman. Mis primeros héroes fueron  Ollantay y su fortaleza, Cahuide y la defensa de la torre, Manco Inca y su rebelión inca, Bolognesi y el morro de Arica, Grau, el caballero de los mares y el Huascar, Leoncio Prado y su vida aventurera y así de otros  personajes de nuestra historia. Recuerdo que los primeros  libros  que leí con mi abuelo Antonio, fueron las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma y los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, fue allí que nació  mi afición por la lectura. Por ello, me gusta hasta hoy la historia del Perú,  la historia de cada país del mundo, la historia universal y todo libro que tenga una buena narrativa. A los 12 años había leído la biblia como una forma de entender la historia de Israel, pero no como la palabra de Dios. Mi padre cuando tenía 13 años, dejó olvidado en la sala dos libros. Uno de poesías de Pablo Neruda y “Papillon” de Henry Charriere. Ellos marcaron mi vida. Neruda y su poema XX y las aventuras del fugitivo francés, Papillon. A partir de ese momento fueron horas y horas de interminables lecturas con toda clase de libros que llegaban a mis manos. Toda la colección de la enciclopedia Ariel Juvenil, y todo libro que mi padre y abuelo me alcanzaban. Alguna vez mi hermana Carolina preguntó…

-          ¿Por qué lees tanto?...
-          No lo sé…así conozco sitios y viajo sin viajar – respondí
-          ¿Y eso te servirá de algo? - volvió a preguntar
-          No lo sé    volví a responder – ya veremos

Y seguía leyendo….Cuantas noches de insomnio. Cuantas noches en el baño o cualquier lugar privado e íntimo, para leer en paz y tranquilidad. Viajando y conociendo de muchos lugares.

Claro que otra cosa era la imagen que de mí se tenía. En la escuela y en el barrio, yo era  el Chino Iván, que con todos se peleaba, algo así como el matoncito del aula y de la esquina. Pero en casa por las noches, era  el empedernido lector, con la  inquietud de hacer historias propias y con ganas de hacer versos. Solo me frenaba la creencia popular absurda de que los “hombres machos” no desnudan sus sentimientos y escriben tristezas. 

Cuando cumplí los 16 años en junio del 81, una  noche  en mi habitación me senté en mi viejo escritorio. Creo que había peleado (cuando no), con mi enamorada, los sentimientos que me embargaban eran tan confusos, que no alcanzaba a explicarme porque la vida me presentaba esos trances. Existían sentimientos de rebeldía, amor, inconformidad con mi presente, todo aquello que pasa un adolescente y que se repite hasta hoy en cada joven que deja la pubertad.  Preguntas sobre el amor y el desamor. Eran tantas las cosas que no entendía de la vida  y que necesitaba expresar de alguna manera…me sentía diferente a los demás, no encajaba en nada, estaba cansado de ser el agresivo, que muchos veían. Cansado de que mis gustos personales fueran diferentes a los chicos de mi edad, yo quería los libros, los demás tenían otras aficiones. Mi forma de hablar difería con la de ellos. Creía todo lo que me decían, era sano, inocente y bastante crédulo. Por ello cuando se burlaban de esas características, lo resolvía a golpes. Aquella noche, mi necesidad de desahogarme era muy profunda. Cansado y agobiado de pronto se me ocurre una idea.

Frente a mí había un cuaderno  de espiral, gastado, con hojas cuadriculadas, que en su momento se usó para la teoría y las  tareas de trigonometría que mi buen maestro “Mitsuo” (ahora mi amigo), nos dejaba y que yo a regañadientes cumplía. Sin pensarlo mucho, arranqué, destrocé digo mejor, las hojas con la teorías trigonométricas y los ejercicios por resolver que allí estaban. Debo darte ahora mis disculpas querido “Mitsuo”, pues ahora sabes en que quedaron tus conocimientos, tan amablemente vertidos en este saco roto, que era mi cabeza a los 16 años.
Lo mío no eran los números, lo mío eran las historias, los versos, las letras. Aunque el buen profesor de literatura señor Torres  (que debe estar en el edén de los docentes) vaticinó que yo era un firme candidato a pandillero, delincuente y probable violador o psicópata sexual (todo porque se derramó pasta dental en mis pantalones muy cerca al cierre de la bragueta). Si me encontrara con mi profesor de Literatura y lengua ahora, le abrazaría y le agradecería su terca obsesión porque comprendiéramos, lo que era un símil, una metáfora, una rima, una epopeya, una elegía y demás conocimientos sobre las letras,  el castellano y la literatura. Que injustos fuimos con ellos, nuestros abnegados maestros, nos dieron lo mejor de sí y que poco correspondimos algunos.




Aunque debo decir, que  hubo un improbable aspirante a maestro, que estoy seguro, tiene el boleto reservado para el purgatorio de los maestros, por su calidad como persona y profesor que eran totalmente nulos. Un odontólogo sin vocación docente, enseñando historia, nunca aprendimos nada de él. En fin… 

Aquella noche, decía, volviendo al relato que traigo, la vieja radio a transistores que me había dado mi madre, traía emisiones de canciones románticas de los Bee Gees (Too much heaven),  Al Stewar (Year the cat), y los cantantes de moda de los 70´s y primeros años de los 80´s. Luego de arrancar las hojas y destrozar mi cuaderno de trigonometría. Comencé  sin mucha convicción, a plasmar los primeros versos que escribí en mi vida. Recuerdo que eran preguntas a la vida, recuerdo que eran preguntas al amor. Apasionados versos e inflamadas palabras que le cantaban toscamente a la enamorada juvenil, sobre mis sentimientos y los sueños, que ella me generaba.

No recuerdo ciertamente si alcance a entregarle luego aquella hoja, o si los versos, se los leí. Recuerdo sí que terminó conmigo después. Y esa tristeza generó que escribiera luego más y más versos en aquel cuaderno. Encontré sí que escribir esos sentimientos, liberaban en mí muchas de las preguntas y cuestionaban muchas realidades que observaba. Era mi secreto, yo leía y escribía versos, luego vinieron las historias, y luego las aventuras, la vida buena y bonita, los sinsabores, las penas, los viajes y todo aquello  que trajo la vida. Esa afición la mantuve toda la vida, solo que durante mucho tiempo, solo escribía para mí. Algunos cercanos sabían de mi secreta afición, alguno de ellos me aceptaban así, otros demostraban fria atención y algún otro censuraba mi perdida de tiempo. Con los años la tecnología se desarrolló y esa es historia que supongo puedes deducir. Un día me animé a compartirlo contigo a través de las redes....

Ahora, con mis 52 años, después de tanto caminar, comienzo a hacer lo que realmente me agrada, escribir, plasmar versos y contar historias. Soy un anónimo aún, un humilde desconocido que juega a ser escritor, siempre digo eso cuando conozco a reconocidos poetas y escritores. Me encuentro personas con tanto talento a mi alrededor y tan llenas  de la ilusión de ser escritores, que transmiten y contagian esa pasión por las letras. Al lado de ellos yo me siento aún en el capullo, decidiendo si salgo y extendiendo las alas o continúo cómodamente instalado. Me pregunto entonces de qué forma puedo lograr transmitir aquello que mi pensamiento elabora, me pregunto además, si las cosas que hago me conducen hacia la realización de mi sueño, tantas veces postergado, publicar un libro. Divago en elucubraciones y  pensamientos tales, que parece un sueño lejos de alcanzar.

Sin embargo, una mañana desperté y decidí dar un paso, y luego de ese, dar otro, por eso quiero ahora dirigirme a ti…

Querido y apreciado lector, a ti que me conoces a través de estas líneas, a ti que eres mi cómplice en estas aventuras que nacen de mí, tú que acompañas las soledades, las nostalgias, las melancolías de mis versos, la bravura, el tesón y empeño por perseguir el sueño de convertirme en escritor y poeta, a ti que con paciencia lees mis letras…te quiero pedir algo.

Solo continua leyéndome…por que las cosas que escribo las comparto contigo, con nadie más…

Que lejos está aquella noche en la habitación, que diferente es el presente hoy. Con alegría te comparto que se han publicado algunos versos escritos por mí, en una revista literaria de nombre Poesis Abditus, Poesía Escondida, no es mucho para algunos. Para mí es un paso importante. Y te lo cuento, a ti, querido lector anónimo.

No es el final del camino, es el inicio de esta aventura. Por qué he aprendido que la vida, la vivo una sola vez y que los sueños están para realizarse. Que no hay límites para soñar y que soy y seré lo que piense. Por ello te invito a que me acompañes, si por allí vez por casualidad un libro de alguien llamado J. A. Iván Adrianzén Sandoval, solo léelo y luego obsequialo, mi libro como el de tantos otros escritores tendrá vida propia y seguirá su curso en la vida….

Después de todo, y en este momento que cierro mis ojos e imagino los tuyos, solo me queda agregar querido lector unas palabras para ti. Que espero lleguen a tu corazón.

Muchas gracias por estar cerca, que la energía o la fuerza o el Dios en quien tú creas te llene de bendiciones.

Ya tendrás noticias de mí. 

Hasta pronto.

















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