A los 7 años mi abuelo Antonio me contaba la
historia del Perú sentado en sus rodillas como un cuento, por eso mis héroes no
fueron los Tres Chanchitos o Peter Pan, Superman o Batman. Mis primeros héroes
fueron Ollantay y su fortaleza, Cahuide
y la defensa de la torre, Manco Inca y su rebelión inca, Bolognesi y el morro de
Arica, Grau, el caballero de los mares y el Huascar, Leoncio Prado y su vida
aventurera y así de otros personajes de
nuestra historia. Recuerdo que los primeros libros que leí con mi abuelo Antonio, fueron las
Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma y los Comentarios Reales del Inca
Garcilaso de la Vega, fue allí que nació mi afición por la lectura. Por ello, me gusta
hasta hoy la historia del Perú, la
historia de cada país del mundo, la historia universal y todo libro que tenga
una buena narrativa. A los 12 años había leído la biblia como una forma de
entender la historia de Israel, pero no como la palabra de Dios. Mi padre
cuando tenía 13 años, dejó olvidado en la sala dos libros. Uno de poesías de
Pablo Neruda y “Papillon” de Henry Charriere. Ellos marcaron mi vida. Neruda y
su poema XX y las aventuras del fugitivo francés, Papillon. A partir de ese momento
fueron horas y horas de interminables lecturas con toda clase de libros que
llegaban a mis manos. Toda la colección de la enciclopedia Ariel Juvenil, y
todo libro que mi padre y abuelo me alcanzaban. Alguna vez mi hermana Carolina
preguntó…
-
¿Por qué lees tanto?...
-
No lo sé…así conozco sitios y viajo sin viajar –
respondí
-
¿Y eso te servirá de algo? - volvió a preguntar
-
No lo sé
– volví a responder – ya veremos
Y seguía leyendo….Cuantas
noches de insomnio. Cuantas noches en el baño o cualquier lugar privado e
íntimo, para leer en paz y tranquilidad. Viajando y conociendo de muchos
lugares.
Claro que otra cosa era la
imagen que de mí se tenía. En la escuela y en el barrio, yo era el Chino Iván, que con todos se peleaba, algo
así como el matoncito del aula y de la esquina. Pero en casa por las noches,
era el empedernido lector, con la inquietud de hacer historias propias y con
ganas de hacer versos. Solo me frenaba la creencia popular absurda de que los
“hombres machos” no desnudan sus sentimientos y escriben tristezas.
Cuando cumplí los 16 años en junio
del 81, una noche en mi habitación me senté en mi viejo
escritorio. Creo que había peleado (cuando no), con mi enamorada, los
sentimientos que me embargaban eran tan confusos, que no alcanzaba a explicarme
porque la vida me presentaba esos trances. Existían sentimientos de rebeldía,
amor, inconformidad con mi presente, todo aquello que pasa un adolescente y que
se repite hasta hoy en cada joven que deja la pubertad. Preguntas sobre el amor y el desamor. Eran tantas
las cosas que no entendía de la vida y
que necesitaba expresar de alguna manera…me sentía diferente a los demás, no
encajaba en nada, estaba cansado de ser el agresivo, que muchos veían. Cansado
de que mis gustos personales fueran diferentes a los chicos de mi edad, yo
quería los libros, los demás tenían otras aficiones. Mi forma de hablar difería
con la de ellos. Creía todo lo que me decían, era sano, inocente y bastante
crédulo. Por ello cuando se burlaban de esas características, lo resolvía a
golpes. Aquella noche, mi necesidad de desahogarme era muy profunda. Cansado y
agobiado de pronto se me ocurre una idea.
Frente a mí había un cuaderno de espiral, gastado, con hojas cuadriculadas,
que en su momento se usó para la teoría y las
tareas de trigonometría que mi buen maestro “Mitsuo” (ahora mi amigo),
nos dejaba y que yo a regañadientes cumplía. Sin pensarlo mucho, arranqué,
destrocé digo mejor, las hojas con la teorías trigonométricas y los ejercicios
por resolver que allí estaban. Debo darte ahora mis disculpas querido “Mitsuo”,
pues ahora sabes en que quedaron tus conocimientos, tan amablemente vertidos en
este saco roto, que era mi cabeza a los 16 años.
Lo mío no eran los números, lo
mío eran las historias, los versos, las letras. Aunque el buen profesor de
literatura señor Torres (que debe estar
en el edén de los docentes) vaticinó que yo era un firme candidato a
pandillero, delincuente y probable violador o psicópata sexual (todo porque se
derramó pasta dental en mis pantalones muy cerca al cierre de la bragueta). Si
me encontrara con mi profesor de Literatura y lengua ahora, le abrazaría y le
agradecería su terca obsesión porque comprendiéramos, lo que era un símil, una
metáfora, una rima, una epopeya, una elegía y demás conocimientos sobre las
letras, el castellano y la literatura.
Que injustos fuimos con ellos, nuestros abnegados maestros, nos dieron lo mejor
de sí y que poco correspondimos algunos.
Aunque debo decir, que hubo un improbable aspirante a maestro, que
estoy seguro, tiene el boleto reservado para el purgatorio de los maestros, por
su calidad como persona y profesor que eran totalmente nulos. Un odontólogo sin
vocación docente, enseñando historia, nunca aprendimos nada de él. En fin…
Aquella noche, decía, volviendo
al relato que traigo, la vieja radio a transistores que me había dado mi madre,
traía emisiones de canciones románticas de los Bee Gees (Too much heaven), Al Stewar (Year the cat), y los cantantes de
moda de los 70´s y primeros años de los 80´s. Luego de arrancar las hojas y
destrozar mi cuaderno de trigonometría. Comencé
sin mucha convicción, a plasmar los primeros versos que escribí en mi
vida. Recuerdo que eran preguntas a la vida, recuerdo que eran preguntas al
amor. Apasionados versos e inflamadas palabras que le cantaban toscamente a la
enamorada juvenil, sobre mis sentimientos y los sueños, que ella me generaba.
No recuerdo ciertamente si
alcance a entregarle luego aquella hoja, o si los versos, se los leí. Recuerdo
sí que terminó conmigo después. Y esa tristeza generó que escribiera luego más
y más versos en aquel cuaderno. Encontré sí que escribir esos sentimientos,
liberaban en mí muchas de las preguntas y cuestionaban muchas realidades que
observaba. Era mi secreto, yo leía y escribía versos, luego vinieron las
historias, y luego las aventuras, la vida buena y bonita, los sinsabores, las
penas, los viajes y todo aquello que
trajo la vida. Esa afición la mantuve toda la vida, solo que durante mucho tiempo, solo escribía para mí. Algunos cercanos sabían de mi secreta afición, alguno de ellos me aceptaban así, otros demostraban fria atención y algún otro censuraba mi perdida de tiempo. Con los años la tecnología se desarrolló y esa es historia que supongo puedes deducir. Un día me animé a compartirlo contigo a través de las redes....
Ahora, con mis 52 años,
después de tanto caminar, comienzo a hacer lo que realmente me agrada,
escribir, plasmar versos y contar historias. Soy un anónimo aún, un humilde
desconocido que juega a ser escritor, siempre digo eso cuando conozco a reconocidos
poetas y escritores. Me encuentro personas con tanto talento a mi alrededor y
tan llenas de la ilusión de ser
escritores, que transmiten y contagian esa pasión por las letras. Al lado de
ellos yo me siento aún en el capullo, decidiendo si salgo y extendiendo las
alas o continúo cómodamente instalado. Me pregunto entonces de qué forma puedo
lograr transmitir aquello que mi pensamiento elabora, me pregunto además, si
las cosas que hago me conducen hacia la realización de mi sueño, tantas veces
postergado, publicar un libro. Divago en elucubraciones y pensamientos tales, que parece un sueño lejos
de alcanzar.
Sin embargo, una mañana
desperté y decidí dar un paso, y luego de ese, dar otro, por eso quiero ahora dirigirme a ti…
Querido y apreciado lector, a ti
que me conoces a través de estas líneas, a ti que eres mi cómplice en estas
aventuras que nacen de mí, tú que acompañas las soledades, las nostalgias, las
melancolías de mis versos, la bravura, el tesón y empeño por perseguir el sueño
de convertirme en escritor y poeta, a ti que con paciencia lees mis letras…te
quiero pedir algo.
Solo continua leyéndome…por
que las cosas que escribo las comparto contigo, con nadie más…
Que lejos está aquella noche
en la habitación, que diferente es el presente hoy. Con alegría te comparto que
se han publicado algunos versos escritos por mí, en una revista literaria de
nombre Poesis Abditus, Poesía Escondida, no es mucho para algunos. Para mí es
un paso importante. Y te lo cuento, a ti, querido lector anónimo.
No es el final del camino, es
el inicio de esta aventura. Por qué he aprendido que la vida, la vivo una sola
vez y que los sueños están para realizarse. Que no hay límites para soñar y que
soy y seré lo que piense. Por ello te invito a que me acompañes, si por allí
vez por casualidad un libro de alguien llamado J. A. Iván Adrianzén Sandoval,
solo léelo y luego obsequialo, mi libro como el de tantos otros escritores
tendrá vida propia y seguirá su curso en la vida….
Después de todo, y en este
momento que cierro mis ojos e imagino los tuyos, solo me queda agregar querido
lector unas palabras para ti. Que espero lleguen a tu corazón.
Muchas gracias por estar
cerca, que la energía o la fuerza o el Dios en quien tú creas te llene de
bendiciones.
Ya tendrás noticias de mí.
Hasta pronto.





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