jueves, 11 de enero de 2018

La niña...



El hombre asía con ambas manos la pala, cavaba y cavaba, por su frente resbalaban las gotas de sudor, sus venas marcadas en la sien, parecían a punto de explotar, la rabia le impulsaba a continuar a pesar del dolor en sus manos, tenía las palmas enrojecidas y llagadas pero continuaba a pesar del dolor.

Frente a él, estaba una niña, su hija, de año y medio. Le miraba, sin comprender  lo que el hombre hacía.  En una mano, su muñeca... en la otra, un chupete que su padre le había dado para que se calme y dejara de llorar.

Caía la tarde en Sicuani, era casi de noche,  las penumbras dificultaban la labor del hombre, que no se detenía, él quería terminar cuanto antes lo que estaba decidido a hacer. De rato en rato observaba  a la pequeña, quien le miraba atenta con el chupete en la boca, que sacaba cada tanto.

-          ¿Estás bien, cariño? – preguntó el hombre.
-          Shi – contestó la niña.
-          ¿Quieres agua? – preguntó el padre.
-          Leche – contestó ella, en su media lengua.
-    Espérate, termino aquí y te atiendo. Mamá tuvo que irse – respondió él, controlando las lágrimas que brotaban.

Y la niña asintió con la cabeza, sin dejar de mirar el saco de papas que estaba detrás del hombre.

Al cabo de unos minutos, el hombre considero que la altura de su excavación era lo bastante profunda, levantó las manos, se sujetó del borde y salió a la superficie. Se acercó a la niña, que jugueteaba con su muñeca sentada al borde del huerto. El padre tomó a su hija en brazos y juntos entraron a la casa. Le sirvió  leche y él tomó un jarrón de agua, tenía la ropa mojada por el sudor e impregnada de tierra. Llevó a la niña a su cuarto, mientras el sollozaba sin poder controlarse. La niña en sus brazos, le miraba sin comprender, con sus pequeños dedos, secaba las lágrimas de su padre. La dejó sobre la cama y el salió cerrando la puerta tras de sí. La niña se acercó a la ventana que daba hacia el huerto y desde allí siguió mirando a su padre en su labor.

El hombre, tomó el saco de las papas,  con dificultad lo arrastró hacia el hueco de la fosa, y lo arrojó mientras su sollozo aumentaba, con las mangas secaba lágrimas y mocos. Pasados unos minutos se controló y comenzó a echar tierra al pozo, hasta cubrirlo. Antes de concluir, dejó caer unas semillas sin saber bien de qué eran.

La niña observó a su padre, desde la ventana apoyada en sus brazos y así quedó dormida. Cuando él subió a verla, se preguntó que estaría pensando ella, que preguntaría luego. Se dijo así mismo, “es muy niña…no comprende”. Y con esas reflexiones se tiró en la cama, sucio y cansado, se durmió al instante.

Se levantó como siempre muy temprano, antes de que amaneciera, se preparó el desayuno y el biberón de la niña, quien se lo tomó aún dormida. Luego la despertó, la cambió sin asearla y salió con ella en dirección a la casa de su madre. Llegó, tocó la puerta; la viejita preguntó asustada por la hora en que tocaban a su puerta.

-          ¿Quién es, todavía es temprano? – se escuchó una voz detrás de la puerta.
-          Soy yo, madrecita – contestó el hombre.

La viejita, al escuchar la voz de su hijo, abrió la puerta presurosa, haciendo ruido mientras quitaba los seguros  y los goznes de la vieja puerta.

-          ¿Qué ha pasado hijo? – preguntó la mujer mientras tomaba a la niña dormida en sus brazos.
-          Nada mamá, la Casilda no  ha regresado. Se ha llevado sus trapos y cosas. Lo que ha dejado lo enterré en el huerto. Se acabó madrecita – contestó el hombre compungido y triste.
-          Ya hijo, quizás sea lo mejor. ¿Qué clase de madre deja a su hija? – dijo con fastidio -  Pasa a tomar desayuno.
-          No mamá, me voy a trabajar, así no pienso en la Casilda. Cuídame a Marita, ella no entiende nada. – dijo el hombre mientras giraba sobre sus pasos y se marchaba.


Pasaron los días, y la vida transcurrió sin sobresaltos. El hombre llevaba a Marita a casa de su madre en las mañanas y la recogía por las noches. Cuando estaba en casa, se quedaba con ella y la atendía lo mejor que podía hacerlo. Una mañana de domingo, tocaron a su puerta, abrió y era su suegro, con su cuñada, la cadete de la policía nacional.

-          ¿Mi hija? – preguntó el anciano, sin saludar. La cuñada le miró fijamente a los ojos.

El hombre dudó unos segundos y luego respondió cortante.

-          Pregúntale al Hugo, su amante. Se fue con él. ¿No sabes acaso…si se veían en tu casa?
-          Yo no sabía  - respondió el viejo avergonzado.
-          Yo tampoco – dijo la cuñada.
-          No les creo, porque él les llevaba a comer a todos juntos. Y a ti, te ayudo a entrar a la policía – dijo con cólera.

Dicho eso, ambos bajaron la mirada, avergonzados, confirmando las palabras.

-          ¡Fuera de mi casa! – gritó el hombre, ante la confirmación de lo que ya sospechaba.
-          ¿mi nieta? – preguntó el viejo
-          ¡Fuera de mi casa! – fue la respuesta del hombre, mientras cerraba la puerta con fuerza.

Le aconsejaron al hombre que denunciara la huida de Casilda en la comisaria, hizo eso y luego se dedicó a trabajar y cuidar a su hija.

La niña, había cambiado, ya no reía, ni jugaba tanto, estaba más callada. Con su abuela comía todo lo que le ofrecía la vieja, pero con el padre no quería comer. Llamaba a su madre, constantemente. “Mamá, Mamá” repetía por la casa. Cuando salía al huerto, y caminaba sobre las rosas que brotaban, “Mamá, Mamá” decía sin parar, constantemente.  Apenas entraba a su casa con el hombre. Eso hacía llorar a este, quien la cargaba y la callaba con besos.

La cuñada y el viejo, fueron a otras veces a la casa del hombre, a preguntar por Casilda y recibieron el mismo trato. Sin embargo una tarde le rogaron al hombre que les permitiera asistir al cumpleaños de Marita. Tantos fueron los ruegos y las disculpas, que terminó accediendo.

Llegó el domingo, día del cumpleaños de Marita, a la casa llegaron, por la tarde, la madre y los cinco hermanos del hombre, con sus esposas e hijos; una antigua amiga de Casilda, quien le advirtió del engaño de ella. El anciano padre de Casilda y la cuñada, la cadete de la policía nacional.

La cuñada, estuvo toda la tarde sentada en un rincón observando a la niña, le llamaba la atención que está se dirigiera a las rosas y las mirara diciendo “Mamá”. Se paraba en mitad del huerto y repetía “Mamá” señalando a las rosas. Todos la miraban con pena y chismeaban de Casilda, señalando lo mala madre que era por dejar a su hija sin su presencia.

Alguien arrancó una rosa, intensamente roja y se la alcanzó a la niña, quien la miró y dijo “Mamá”…algunos escondieron la cara con pena para disimular alguna lágrima, otros maldijeron a la madre.

Solo la hermana, continuo mirando a la niña y observando las reacciones de su padre. Quien estaba callado y pálido. Mirando a su hija en el huerto y rogando que todos se fueran.

Transcurridos dos días del cumpleaños de la niña, por la esquina de la calle en donde esta vivía con el hombre, entró una comitiva de seis personas. El comisario,  dos policías, un fiscal, la cuñada, cadete de policía y un peón con una pala. Tocaron a la puerta, nadie salió y nadie contestó a los llamados. Los vecinos se aglomeraron alrededor curiosos, algunos preguntaban que querían allí, otros les decían que el hombre estaba trabajando, algunos otros, los pocos, increpaban a la cuñada su presencia. Transcurridos algunos minutos, el fiscal ordenó a un policía el ingreso a la fuerza. Los dos uniformados aplicaron sus hombros y rompieron la puerta, ingresaron y tras de ellos entraron los vecinos y curiosos. Alguien avisó a la madre del hombre lo que sucedía y la vieja llegó con Marita, la niña, en brazos.

Una vez en el huerto, la cuñada exigió al fiscal que la vieja dejara a la niña sola. El fiscal accedió y solicito a la mujer, “déjela señora nada va a pasar”. La niña bajo de los brazos de su abuela y se dirigió a las rosas y dijo…”Mamá”.


Luego de cavar por largo rato, debajo de las rosas, el peón, dijo con miedo…

-          Aquí hay una mujer…Dios mío…

La niña desde el borde, señaló con su mano…. “Mamá”…

La abuela se desmayó.







 



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