El hombre asía con ambas manos
la pala, cavaba y cavaba, por su frente resbalaban las gotas de sudor, sus
venas marcadas en la sien, parecían a punto de explotar, la rabia le impulsaba
a continuar a pesar del dolor en sus manos, tenía las palmas enrojecidas y
llagadas pero continuaba a pesar del dolor.
Frente a él, estaba una niña,
su hija, de año y medio. Le miraba, sin comprender lo que el hombre hacía. En una mano, su
muñeca... en la otra, un chupete que su padre le había dado para que se calme y
dejara de llorar.
Caía la tarde en Sicuani, era
casi de noche, las penumbras
dificultaban la labor del hombre, que no se detenía, él quería terminar cuanto
antes lo que estaba decidido a hacer. De rato en rato observaba a la pequeña, quien le miraba atenta con el
chupete en la boca, que sacaba cada tanto.
-
¿Estás bien, cariño? – preguntó el hombre.
-
Shi – contestó la niña.
-
¿Quieres agua? – preguntó el padre.
-
Leche – contestó ella, en su media lengua.
- Espérate, termino aquí y te atiendo. Mamá tuvo
que irse – respondió él, controlando las lágrimas que brotaban.
Y la niña asintió con la
cabeza, sin dejar de mirar el saco de papas que estaba detrás del hombre.
Al cabo de unos minutos, el
hombre considero que la altura de su excavación era lo bastante profunda, levantó
las manos, se sujetó del borde y salió a la superficie. Se acercó a la niña,
que jugueteaba con su muñeca sentada al borde del huerto. El padre tomó a su
hija en brazos y juntos entraron a la casa. Le sirvió leche y él tomó un jarrón de agua, tenía la
ropa mojada por el sudor e impregnada de tierra. Llevó a la niña a su cuarto,
mientras el sollozaba sin poder controlarse. La niña en sus brazos, le miraba
sin comprender, con sus pequeños dedos, secaba las lágrimas de su padre. La
dejó sobre la cama y el salió cerrando la puerta tras de sí. La niña se acercó
a la ventana que daba hacia el huerto y desde allí siguió mirando a su padre en
su labor.
El hombre, tomó el saco de las
papas, con dificultad lo arrastró hacia
el hueco de la fosa, y lo arrojó mientras su sollozo aumentaba, con las mangas
secaba lágrimas y mocos. Pasados unos minutos se controló y comenzó a echar
tierra al pozo, hasta cubrirlo. Antes de concluir, dejó caer unas semillas sin
saber bien de qué eran.
La niña observó a su padre,
desde la ventana apoyada en sus brazos y así quedó dormida. Cuando él subió a
verla, se preguntó que estaría pensando ella, que preguntaría luego. Se dijo
así mismo, “es muy niña…no comprende”. Y con esas reflexiones se tiró en la
cama, sucio y cansado, se durmió al instante.
Se levantó como siempre muy
temprano, antes de que amaneciera, se preparó el desayuno y el biberón de la
niña, quien se lo tomó aún dormida. Luego la despertó, la cambió sin asearla y
salió con ella en dirección a la casa de su madre. Llegó, tocó la puerta; la
viejita preguntó asustada por la hora en que tocaban a su puerta.
-
¿Quién es, todavía es temprano? – se escuchó una
voz detrás de la puerta.
-
Soy yo, madrecita – contestó el hombre.
La viejita, al escuchar la voz
de su hijo, abrió la puerta presurosa, haciendo ruido mientras quitaba los
seguros y los goznes de la vieja puerta.
-
¿Qué ha pasado hijo? – preguntó la mujer
mientras tomaba a la niña dormida en sus brazos.
-
Nada mamá, la Casilda no ha regresado. Se ha llevado sus trapos y
cosas. Lo que ha dejado lo enterré en el huerto. Se acabó madrecita – contestó
el hombre compungido y triste.
-
Ya hijo, quizás sea lo mejor. ¿Qué clase de
madre deja a su hija? – dijo con fastidio - Pasa a tomar desayuno.
-
No mamá, me voy a trabajar, así no pienso en la
Casilda. Cuídame a Marita, ella no entiende nada. – dijo el hombre mientras
giraba sobre sus pasos y se marchaba.
Pasaron los días, y la vida transcurrió sin sobresaltos. El hombre llevaba a Marita a casa de su madre en las mañanas y la recogía por las noches. Cuando estaba en casa, se quedaba con ella y la atendía lo mejor que podía hacerlo. Una mañana de domingo, tocaron a su puerta, abrió y era su suegro, con su cuñada, la cadete de la policía nacional.
-
¿Mi hija? – preguntó el anciano, sin saludar. La
cuñada le miró fijamente a los ojos.
El hombre dudó unos segundos y
luego respondió cortante.
-
Pregúntale al Hugo, su amante. Se fue con él.
¿No sabes acaso…si se veían en tu casa?
-
Yo no sabía
- respondió el viejo avergonzado.
-
Yo tampoco – dijo la cuñada.
-
No les creo, porque él les llevaba a comer a
todos juntos. Y a ti, te ayudo a entrar a la policía – dijo con cólera.
Dicho eso, ambos bajaron la
mirada, avergonzados, confirmando las palabras.
-
¡Fuera de mi casa! – gritó el hombre, ante la
confirmación de lo que ya sospechaba.
-
¿mi nieta? – preguntó el viejo
-
¡Fuera de mi casa! – fue la respuesta del
hombre, mientras cerraba la puerta con fuerza.
Le aconsejaron al hombre que
denunciara la huida de Casilda en la comisaria, hizo eso y luego se dedicó a
trabajar y cuidar a su hija.
La niña, había cambiado, ya no
reía, ni jugaba tanto, estaba más callada. Con su abuela comía todo lo que le
ofrecía la vieja, pero con el padre no quería comer. Llamaba a su madre,
constantemente. “Mamá, Mamá” repetía por la casa. Cuando salía al huerto, y
caminaba sobre las rosas que brotaban, “Mamá, Mamá” decía sin parar,
constantemente. Apenas entraba a su casa
con el hombre. Eso hacía llorar a este, quien la cargaba y la callaba con
besos.
La cuñada y el viejo, fueron a
otras veces a la casa del hombre, a preguntar por Casilda y recibieron el mismo
trato. Sin embargo una tarde le rogaron al hombre que les permitiera asistir al
cumpleaños de Marita. Tantos fueron los ruegos y las disculpas, que terminó
accediendo.
Llegó el domingo, día del
cumpleaños de Marita, a la casa llegaron, por la tarde, la madre y los cinco
hermanos del hombre, con sus esposas e hijos; una antigua amiga de Casilda,
quien le advirtió del engaño de ella. El anciano padre de Casilda y la cuñada,
la cadete de la policía nacional.
La cuñada, estuvo toda la
tarde sentada en un rincón observando a la niña, le llamaba la atención que
está se dirigiera a las rosas y las mirara diciendo “Mamá”. Se paraba en mitad
del huerto y repetía “Mamá” señalando a las rosas. Todos la miraban con pena y
chismeaban de Casilda, señalando lo mala madre que era por dejar a su hija sin
su presencia.
Alguien arrancó una rosa,
intensamente roja y se la alcanzó a la niña, quien la miró y dijo
“Mamá”…algunos escondieron la cara con pena para disimular alguna lágrima,
otros maldijeron a la madre.
Solo la hermana, continuo
mirando a la niña y observando las reacciones de su padre. Quien estaba callado
y pálido. Mirando a su hija en el huerto y rogando que todos se fueran.
Transcurridos dos días del
cumpleaños de la niña, por la esquina de la calle en donde esta vivía con el
hombre, entró una comitiva de seis personas. El comisario, dos policías, un fiscal, la cuñada, cadete de
policía y un peón con una pala. Tocaron a la puerta, nadie salió y nadie
contestó a los llamados. Los vecinos se aglomeraron alrededor curiosos, algunos
preguntaban que querían allí, otros les decían que el hombre estaba trabajando,
algunos otros, los pocos, increpaban a la cuñada su presencia. Transcurridos
algunos minutos, el fiscal ordenó a un policía el ingreso a la fuerza. Los dos
uniformados aplicaron sus hombros y rompieron la puerta, ingresaron y tras de
ellos entraron los vecinos y curiosos. Alguien avisó a la madre del hombre lo
que sucedía y la vieja llegó con Marita, la niña, en brazos.
Una vez en el huerto, la
cuñada exigió al fiscal que la vieja dejara a la niña sola. El fiscal accedió y
solicito a la mujer, “déjela señora nada va a pasar”. La niña bajo de los
brazos de su abuela y se dirigió a las rosas y dijo…”Mamá”.
Luego de cavar por largo rato,
debajo de las rosas, el peón, dijo con miedo…
-
Aquí hay una mujer…Dios mío…
La niña desde el borde, señaló
con su mano…. “Mamá”…
La abuela se desmayó.



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