Soy Iván Adrianzen un resucitado en la vida...un hombre común que solo desea usar la palabra para contar lo que ve y conoce. No deseo enseñar y sí mucho aprender...Lo que aquí leas serán palabras, serán sentimientos y experiencias en versos e historias, que bien podrían ser tuyas.... Te invito a adentrarte en "La palabra de Lázaro" tus aportes y comentarios serán bienvenidos
sábado, 13 de enero de 2024
EL PESO DEL ZAGUÁN
jueves, 11 de enero de 2024
NOSOTROS LOS ADRIANZÉN
sábado, 6 de enero de 2024
UNA HISTORIA SINGULAR: RATER, "HIGHWAY TO HELL"
![]() |
Rater se recuperó pronto de sus heridas y en las semanas siguientes se compró un Chevrolet Printmaster descapotable de 1946 que reparó a su gusto, le puso ruedas nuevas y cambió la faja de distribución. En el auto se paseaban junto con él tres amigos más, al parecer contagiados de la misma locura por hacer cosas singulares. Después de haber agotado todos los lugares en Pueblo Libre por donde pasear e ir a tomar, además de visitar a todas las chicas que conocían y subirlas en el descapotable, una tarde de jueves se vieron aburridos todos ellos. Luego de deliberar decidieron viajar a Huaraz en el Chevrolet. A Rater la aventura le seducía, más aún cuando la vez anterior no había llegado a Huaraz.
Salieron muy temprano en dirección a Huaraz, entusiasmados y contentos, alguno se quejó de la hora pues aún estaba oscuro. A nadie le importó, ya estaban en la carretera al norte cuando comenzó a amanecer. En la cassetera sonaba a todo volumen “Highway to hell”, Rater conducía lleno de adrenalina.
Desayunaron en Huaral y se quedaron comprando fruta un par de horas, luego retomaron el camino, sin detenerse hasta Barranca, en donde almorzaron, tomándose unas cervezas. Después de descansar iniciaron la subida a la sierra. Todo marcha bien, la carretera a la sierra de Huaraz es una de las pocas bien conservadas del Perú, se detenían a tomar fotos o tan solo a contemplar los hermosos paisajes que encontraban en el camino. Cuando pasaron Catac y se dirigían hacia Recuay, el auto se apagó, al parecer el relé que regula el paso de electricidad del auto se quemó. Revisaron la batería que estaba bien y nada más pudieron hacer.
Allí estaban los cuatro amigos en medio de la carretera hacia Huaraz, eran las cinco y treinta de la tarde ya comenzaba a oscurecer y el frío se iba acentuando, de sus mochilas sacaron polos y casacas, se cubrieron las cabezas con gorros y pasamontañas. Nadie paraba para auxiliarlos, los confundÍan con ladrones de caminos. Como sea, la noche cayó sobre ellos y el frío de la sierra los abrazó.
- Tengo frío - dijo uno - estoy con un buzo sobre el jeans, pero igual me congelo
- Acércate que yo estoy igual - dijo otro de ellos - abrázame para entrar en calor
- Déjate de mariconadas - dijo el tercero
- Carajo si nos pegamos quizás el calor de nuestros cuerpos nos caliente - dijo lúcido Rater, recordando una clase de física del colegio.
Y eso hicieron, se sentaron los cuatro en el asiento de atrás.
- Corre aire, sigo con frío - dijo uno
- Es cierto - contestó el otro
- Abrázame más fuerte - afirmó el tercero
- ¡Carajo! Parecen mariquitas - reclamó otra vez Rater - saquemos el relleno del asiento y nos metemos allí, será mejor.
Y así lo hicieron, cortaron el asiento y fueron sacando el relleno acumulando todo alrededor lo mejor que pudieron, fue una agradable sorpresa encontrar debajo del asiento una botella de pisco olvidada con la mitad del contenido. Se alegraron y procedieron a consumirla en la oscuridad de la carretera. El cielo que tenían sobre ellos estaba tapizado de estrellas lo que hacía de la experiencia algo que no olvidarÍan por mucho tiempo. Fumaron un cigarro tras otro. El auto descapotable no los abrigaba mucho.
- Rater - le dijo el tercero después de dos largos tragos de pisco.
- ¿Qué? - preguntó el aludido.
- Creo que te quiero amigo, abrázame fuerte por favor - contestó con melosa voz el tercero.
- ¡Calla mierda! - contestó secamente Rater.
Los cuatro rieron de la ocurrencia y se dispusieron a pasar la noche allí, juntándose uno al otro, abandonando todo perjuicio.
El amanecer los sorprendió a los cuatro abrazados y temblando por el frío que sentían, sin ganas de hacer bromas salieron del cubil improvisado que los protegió de la helada. Caminaron y corrieron como locos por el campo para entrar en calor. Ya de día pidieron ayuda a un camión que acertó pasar por allí y que está vez se detuvo. Luego de explicarle al chófer lo sucedido, este accedió a llevar a uno hasta la ciudad de Huaraz, fue el tercero el elegido para ir. Allí con la ayuda de otros amigos consiguió una grúa y luego de darles alcance a los varados remolcaron el Chevrolet Printmaster descapotable hasta la ciudad de Huaraz. Encontraron un mecánico que los ayudó.
La aventura concluyó después de reparar el auto y regresar a Lima sin hacer escala. No querían más contratiempos
A las dos semanas Rater vendió el auto y la moto Honda 125 y con el dinero obtenido viajó en compañía de su amigo Eduardo para Arica. Allí compró una Yamaha con la que regresaron a Lima haciendo ruta por Tacna, Arequipa, Ica hasta Lima.
Estaba contento pues luego de unos días vendió la Yamaha por un buen precio. Había descubierto que su afición por las motos también era el tipo de negocios que quería hacer en su vida. Estaba haciendo planes para comprar dos motos más, estaba entusiasmado.
Pero recibió una llamada que cambiaría su vida.
- Justo ahora que todo va bien - dijo sujetando el crucifijo que colgaba de su cuello.
CONTINUARA...
miércoles, 3 de enero de 2024
UNA HISTORIA SINGULAR, RATER
Alguien le dijo un día Ratero cuando el Pollo buscaba su lapicero, y él solo se rio o creímos que lo hizo, pues solo fue un rictus imperceptible de sus labios, parece que frunció algo la frente y dejó escapar un lacónico “ja”. Para su compañero de carpeta, el Perro - quien descifraba sus gestos - él se había reído a carcajadas.
Nunca aparecieron el lapicero del Pollo, la cartuchera y sus plumones, literalmente fue desplumado de sus útiles. Pero desde aquel día le llamaron Ratero y el Pollo siguió siendo el Pollo.
Un día, Ratero, que con el tiempo devino en Rater, porque era más “cool” y más corto. se dedicó a engrapar los cuadernos de los compañeros del aula a las carpetas de madera en las que se sentaban,
- ¿por qué lo hiciste? - le preguntó el tutor del salón
- Quería ver sus caras..- dijo sin inmutarse - para reírme un rato - agregó luego.
El tutor y el auxiliar se sujetaron entre ellos para no caerle encima y molerlo a palos, fue suspendido por algunos días. Nosotros lo veíamos como alguien extraño y singular. Las intervenciones y comentarios de Rater en las clases, siempre hacía que los demás nos riamos por lo descabelladas y graciosas que sonaban.
- Profesor yo recuerdo que - de pronto como si recordara algo guardaba silencio - …ya, ya recordé - agregaba como si no le importara nada, tomando asiento.
- ¿Puedo continuar alumno? - preguntaba nuestro profesor de geografía a quien llamábamos “linterna verde”, por sus grandes anteojos verdes.
- Si claro profe - decía muy serio Rater entre las sonrisas de todos nosotros.
O cuando debía responder, su ansiedad le ganaba
- Alumno -dirigiéndose a un distraído Rater - ¿Cómo hallamos la distancia que recorre una manzana que dejamos caer desde una altura?...
Y el aludido perplejo mira a su compañero el Perro en busca de ayuda y este le dice algo y Rater repite de inmediato, sin razonar la respuesta.
- ¡Convertimos kilómetros en segundos…!!!”
Risa general, el profesor anuncia que la respuesta le significará un desaprobado y luego el sonido de un golpe en un hombro y una queja lastimera del Perro “ay” y otra vez la risa de todos.
“La luna de atrás que no tiene luna” dijo un día …“milímetros de pulgadas” dijo otro día, “entré a una cochera… que no era cochera”....y así sus expresiones se fueron haciendo memorables entre todos nosotros.
Con el tiempo Rater comenzó a pelearse con cualquiera que se le pusiera delante retándolo, ganara o perdiera su contrincante siempre se llevaba un buen recuerdo, una camisa rota, un pantalón desgarrado o la cara magullada. Desde entonces hasta el más matón del aula comenzó a cuidarse de él, pues decían que estaba loco.
- ¡Chino, el Rater me está molestando…!
- Defiéndete Perro, ya estás grande… - contestaba el aludido.
- Pero yo te llevo a la YMCA… - dijo casi sollozando el muchacho al que todos llamaban Perro.
- Rater está rayado, con él no me meto, no lo jodas Perro - contestaba el Chino.
Pero el Rater tenía buen corazón, no era abusivo, era muy ingenioso en sus bromas y más que molestarse, los demás se reían de su ingenio… famosos eran sus sonoros golpes en el pecho o espalda, cuando lo molestabas o te burlabas demasiado de él. La "Mancha" lo trataba con respeto y cariño, pero él prefería estar con el Perro.
Siempre fue leal y sencillo, amigo confiable, mientras algo tuyo no le gustara. Eso sí, te advertía que desaparecería si te descuidabas, esa era su cortesía , eso decía él.
Conforme crecimos, su afición por las motos y el alcohol, aumentó exponencialmente.
Llegó al colegio contándonos que escuchaba a AC/DC y desde allí se convirtió en fanático del rock clásico, los fines de semana sus exhibiciones de baile - cuando estaba bebido - al ritmo de la emblemática Thundertracks, fueron apoteósicas. Rater danzaba hasta quedar en cueros para risa de todos sus amigos, que nada podían hacer para impedir que se fuera desnudando, él tenía que bailar y lo hacía a su gusto. Luego cuando le recordaban lo que había hecho el fin de semana, sólo hacía ese rictus imperceptible que interpretamos como su sonrisa.
Al poco tiempo terminamos el colegio y dejamos de vernos, pues muchos hicieron su propio camino.
Supe después que un día se compró una moto, la cual desarmaba y armaba a su gusto, se paseaba con ella por todo Pueblo Libre enfundado en una chaqueta negra de cuero, jeans y botas negras, como todo un rebelde.
Me contaron que su pasión por las motos lo llevó a conocer a personas con su misma afición y con ellos organizaba paseos y viajes a sitios cercanos, así fue que se aventuró con sus amigos moteros en un viaje a Huaraz cada uno en su moto, Rater tenía una antigua Honda 125 reparada por él. Salieron todos juntos y enrumbaron por la carretera panamericana norte sin ningún contratiempo. A la altura de Huarmey, al norte de Lima, tomaron la carretera en dirección hacia los Andes, camino a la ciudad de Huaraz. Rater poco a poco se iba quedando rezagado, ya que su moto no subía hacia la sierra con la misma fuerza y velocidad que en la costa. Cuando se encontró solo y a distancia del grupo, decidió detener un camión de carga y le solicitó que lo llevarán. La moto siendo tan pesada no pudo ser colocada en la tolva del camión, entonces le pidió al chofer del camión que lo remolcara. Amarraron entonces una soga al camión y otra a la moto. La tarde cedía y la noche estaba por caer, así fueron subiendo hacia la sierra con Rater cansado por el esfuerzo se queda dormido, justo cuando el camión toma una curva. Sin reacción de parte del piloto la moto siguió recta hacia el barranco mientras el camión giraba hacia la izquierda.
Rater se despierta cuando siente el vacío de la caída, la moto por un lado, él por otro. Un barranco lleno de piedras lo recibe y rueda cuesta abajo.
Perdió el conocimiento.
Casi es de noche, no sabe dónde está. Solo ve una luz a lo lejos y hacia allí camina, luego de recuperar la moto que por suerte no está descompuesta. Le duele todo el cuerpo, está sangrando del brazo un poco, le duele la cabeza, el casco lo ha salvado.
Le abre un hombre que desconfiado lo mira de pies a cabeza. Lo ayuda cuando lo ve magullado y sucio. Ponen la moto a un costado de lo que parece ser un gallinero. La noche ha caído, la oscuridad lo envuelve todo. El hombre aún desconfiado le da dos frazadas y le señala un espacio junto a la puerta. Se acomoda allí y cubre su adolorido cuerpo. Allí lo sorprendió la mañana, luego de agradecer al buen samaritano se fue. Cómo pudo regresó a Lima. Sus compañeros lo vieron después de varios días totalmente magullado.
CONTINUARA...











.jpeg)
.jpeg)