Ayer me aventuré a la cocina después de mucho tiempo.
Desde hace días tenía ganas de comer unos espaguetis con salsa huancaína con una super milanesa de pollo encima, parecida a la que cené alguna noche en Buenos Aires. Decidido pasé por el mercado y compré lo necesario. Luego de saludar a mi amable casera de hermosos ojos pardos, de caminar cimbreante y cintura de huevo, le pedí dos milanesas, las más grandes que pudiera hacer. Amable como siempre me atendió con una sonrisa, preguntando por mis días, reclamando que le soy infiel y que seguro compro en otro lado.
- No casera, estoy trabajando mucho - le respondí.
- ¿Para qué trabaja tanto casero? Acaso tiene que mantener esposa e hijos. - preguntó con picardía.
- No, la esposa me abandonó y mi hijo se fue a Brasil - le dije sonriendo con ironía.
- ¿Está solo entonces? Seguro si corta su pelo consigue alguna mujer buena.- agregó.
- No - dije sonriente, acariciando mi coleta de la rebeldía.
- No qué, ¿Cortarse el pelo o está solo? - preguntó la casera.
No respondí, me entregó las milanesas, le pagué y entre risas me despedí, pues ella exigía una respuesta.
Luego compré dos ajíes limo, galletas, leche, queso fresco, almendras, espaguetis y me fui a casa. Pedí permiso para usar la cocina, "claro caballero", me dijeron. Luego de separar lo que iba a usar, mientras lavaba los utensilios, una mosca impertinente daba vueltas a mi alrededor
Puse a hervir agua, saqué la licuadora, lave los ajíes, los corté. En una sartén doré el ají, con las almendras y dos dientes de ajo. En la licuadora puse el queso, los ajíes, las galletas, las almendras, el ajo, un buen chorro de leche y a licuar. La mosca seguía allí, como esperando a que terminara. Destapé un poco la licuadora encendida y eché un chorro pequeño de aceite y probé. Delicioso, "Mi madre estaría orgullosa de su hijo" pensé entonces, "ella también, aunque ya no esté aquí", dije para mí, pero ese pensamiento lo aparté tan rápido como llegó. Dejé la licuadora encendida.
El agua ya hervía, puse los espaguetis y la mosca impertinente que se para osada en mi mano. La aparto con fastidio y le requinto la madre. Miro la licuadora encendida aún sin tapar. Y la mosca que ensaya cuál halcón en un río, un clavado perfecto.
Asqueado tomo una cuchara grande de palo y trato de sacarla de la licuadora. Craso error. Explotó todo.
Crema huancaína, en mi cara, en los zapatos, en mi ropa, en los reposteros, en la pared, en el techo, en toda la cocina.
Y la maldita mosca, girando alrededor feliz, como celebrando.
Deberé comprar una licuadora nueva y pintar la cocina.
Hoy, otra vez estoy en el mercado, se me antojó un lomo saltado montado con huevo frito.
La dueña de la casa dudó cuando le dije que cocinaría.
- Señor por favor tenga cuidado - dijo casi suplicante.
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