jueves, 15 de febrero de 2018

Mi amigo Ñoño...



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Le decíamos Ñoño, como el personaje del Chavo del 8. Era blanco como un marshmelo, de cabello castaño, gordito y pecoso, sumamente ingenioso para bromear y jugar con los compañeros del aula. Caminaba con los muslos pegados, como aguantando las ganas de orinar, y cuando corría, hacía un esfuerzo físico o se molestaba, ponía la lengua a un costado. Ese era el aviso para correr cuando quería pegarnos, si Ñoño te alcanzaba fastidiado, lo más seguro era que cobraras una buena paliza.  

Pero siempre fue un buen amigo, leal, solidario, humilde, de buenos sentimientos. Era muy raro que se molestara, siempre estaba sonriendo y contando chistes, haciéndonos reír. Ñoño, era parte del grupo, como nosotros llamábamos a nuestra pequeña pandilla de amigos del colegio. Nos protegíamos y cuidábamos durante el tiempo que fuimos escolares y luego adolescentes y ahora maduros, nos frecuentamos y seguimos siendo amigos. Sin embargo como los buenos amigos, había veces que se nos pasaba la mano en las bromas.

Era una mañana de primeros de  Abril de 1,980, recién  habían terminado las vacaciones de verano, todos regresamos a las aulas, comenzábamos el 4° de secundaria, el ambiente era  expectante, todos queríamos saber cómo estaban los amigos, si habíamos cambiado, que novedades traíamos, las risas, los abrazos y bromas estaban a la orden del día…. “oye, mira el gusano ha crecido”, “el chino, tiene casaca nueva, de Japón seguro, pero los zapatos del año pasado”, “la rata y su corte de pelo, parece Ultraman”, “el Cholo José, ya tiene enamorada”, “el Loco, sigue chato”….si alguno se molestaba perdía, pues sería incordiado  por largo tiempo. “Mira llegó el Ñoño, con su pantalón cuete, como torero y es de gabardina”. Y las bromas no cesaban hasta que entraba el tutor del aula, el buen profesor “Mitzuo”.

Nadie sabe quién empezó con el juego, pero fue en el recreo.  Alguno colgaba detrás del pantalón de alguien un pedazo de hoja o papel arrancado de algún cuaderno, luego otro encendía dicho papel asustando a la víctima. Esa inocente broma se trasladó del patio de recreo al aula.

El profesor aún  no entraba al aula, todos seguían alborotados,  el Ñoño conversaba con alguien, absorto y distraído. Detrás se sentaba el Chino quien, sin que se diera cuenta el Ñoño, había colgado un pedazo de papel en el pantalón de él. Cuando acercó el encendedor, el papel se cayó, sin embargo el Chino, creyó que era buena idea acercar la llama directamente al fondillo del pantalón del inocente  Ñoño, craso error.  El pantalón de gabardina, se encendió ante la sorpresa de todos. El Ñoño sintiendo el calor, saltó sorprendido, todos se reían y el pobre saltaba sin comprender porque se quemaba su pantalón. Las llamas que salieron fueron creciendo y la risa se apagó dando lugar al temor. Alguien golpeó con su cuaderno el trasero encendido del pantalón y el Ñoño se arrastró por el suelo sofocando así el fuego. Nadie decía nada.

Finalmente  el Ñoño se incorporó, ante el silencio de  todos, con la lengua al costado. “te jodiste, ya verás a la salida”… A la salida del colegio, frente a todos, el Chino cobró  una gran cachetada y la vergüenza de que todos supieran cual había sido tu torpeza. Al día siguiente, luego de una gran reprimenda en casa, el Ñoño apareció con el mismo pantalón, pero con un gran parche, que hizo reír a todos. Solo el Chino no se rió por temor  y vergüenza. Todo el año fastiaron al Ñoño por su pantalón quemado y parchado.

A la semana, el incidente quedó  olvidado y todos  siguieron siendo los mismos amigos de siempre.
Todos terminaron la secundaria. Luego cada uno se preparó para su ingreso a la universidad, alguno eligió ser abogado, algún otro decidió ser economista, otros,  médicos, contadores, etc.etc. El Ñoño, que no se caracterizaba por ser muy aplicado y concentrado en los estudios, decidió ser ingeniero civil, “¿pero si sufrías con las matemáticas?...” “Me gusta” dijo colocando la lengua al costado. Nadie dijo más…

Después de tres intentos el Ñoño ingresó a la universidad, a estudiar Ingeniería Civil, por aquellos años, ya jóvenes universitarios, nuestras reuniones eran los fines de semana, fiestas, juergas y todo lo que caracteriza los años de juventud, nos acompañaron por largo tiempo. Pero a veces alguno del grupo desertaba porque tenía examen en la universidad, compromisos con la enamorada o debía trabajar al día siguiente, pero el Ñoño era infaltable los fines de semana. Su conocimiento del mundo, de la vida, de la noche fue creciendo, distrayéndolo del camino universitario. Era nuestro experto bohemio. Sabía de la última fiesta y de  los mejores lugares para conocer chicas.

Con los años algunos nos casamos, otros concluyeron la universidad, casi todos encontraron trabajo. Pero el Ñoño, seguía siendo universitario. Alguna vez comentó que eso le fastidiaba, al punto que a veces nos evitaba. Para ayudarse  económicamente, comenzó a hacer taxi.

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Una mañana de sábado se despertó de una borrachera, tanta era su resaca que le dolía fuertemente la cabeza. Sonó el teléfono, y a lo lejos escuchó la voz de su padre, que le llamaba. Contestó y su compañero de universidad, Virgilio, le anuncia que el lunes es el último día para presentar un trabajo. Si desaprobaba ese curso sería la cuarta vez que lo llevaría.  El Ñoño, aquella mañana decidió dejar de lado todo y se sentó a estudiar, a preparar el trabajo y la exposición del mismo. Aprobó y con la mejor nota.

Desde aquel fin de semana, se produjo un cambio en él, dejó de salir y frecuentarnos, estudiaba y hacia taxi, le buscábamos o llamábamos para reunirnos. Pero el Ñoño, se excusaba cortésmente que ya tenía compromisos o debía quedarse en casa a estudiar. Nadie le creía, a veces tocábamos su puerta y salía con la lengua al costado, todos entendíamos. “Ya se molestó, corre…”

Por largo tiempo le extrañamos en las reuniones. Y así llegó Agosto del 96, el Ñoño, salió de casa con traje y corbata, en un maletín de cuero su tesis, en las manos algunos planos. Paró un taxi, llegó a la universidad, ingresó a la sala de grados y tras de él se cerró la puerta. Por espacio de dos horas sustentó su tesis (algunos lo imaginamos con su lengua al costado), luego de un breve tiempo, le anunciaron que ya era ingeniero civil.

Cuando salía del claustro estudiantil, su corazón estaba exultante y rebosante de una mezcla de orgullo y satisfacción. Pero de pronto, una duda ensombreció esa alegría. “Nunca he practicado y trabajado como ingeniero”, “Ahora que haré”, “Cómo y por donde empiezo”….y así caminó toda la avenida, cargando esos temores y dudas sobre él.

Llegó a San Isidro, no recuerda como, solo camino sin rumbo. De pronto levantó la mirada y esta encuentra una placa que dice “Aspillaga Ingenieros Contratistas S.A.” y una idea le vino a la cabeza. Sin dudarlo entró en el edificio, preguntó, séptimo piso. Tomó el ascensor, ingresó a la recepción y preguntó por el ingeniero Aspillaga.

-          ¿Tiene cita, caballero? - preguntó la secretaria.
-          En realidad, no - dijo el Ñoño.
-          Veré si puede atenderlo, tomé asiento - y lo anunció por el anexo telefónico.

Y allí estaba él. En el living de una empresa de construcción con su maletín y sus planos, esperando al ingeniero Aspillaga. Le temblaban las manos. La secretaria le anunció que lo recibirían y que podía pasar al despacho. Así lo hizo.

-          Buenas tardes, Ingeniero Aspillaga, soy…. – se presentó el Ñoño.
-          Buenas tardes joven, en que puedo servirlo – dijo el adusto ingeniero consultando su reloj.
-          Sabe ingeniero, he terminado la universidad, hoy por la mañana he sustentado mi tesis, y se me ha otorgado el título de Ingeniero Civil. Pero le confesaré ingeniero Aspillaga, que nunca he practicado, ni trabajado en algo que tenga que ver con mi carrera profesional. Sinceramente no sé cómo empezar o donde ir. Vi la placa y sin pensar que iba a decirle. Entré y lo busqué. Estoy aquí con mis planos y mi tesis en el maletín….
-          Y qué puedo hacer yo por usted… -  le interrumpió el ingeniero.
-          Quiero trabajar o practicar señor – dijo el Ñoño, resueltamente, pero con mucha humildad y convicción – haré lo que me digan, iré donde me envíen, quiero aprender en la práctica todo lo que he estudiado.
-          Humm – murmuró el adulto ingeniero -  está bien, me gusta esa actitud. Me recuerda a mi cuando empecé hace años. Venir aquí y presentarse de esa manera habla mucho de usted. Venga mañana, practicará con nosotros ¿Sabe metrar?
-          Si señor – dijo el Ñoño sonriendo.

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El Ñoño practicó sin sueldo por tres meses, luego le pagaron 50 soles semanales y así poco a poco fue haciendo lo que le gustaba y aprendiendo a ser ingeniero. Ahora después de 24 años tiene su propia empresa.

Han pasado muchos años de  aquel día. Una tarde estábamos en la sala de la casa de La Rata compartiendo unas cervezas, nuestros hijos ya jóvenes reunidos en el dormitorio de uno de los hijos del anfitrión. Conversábamos de nuestras vidas y como habíamos cambiado, cuanto habíamos vivido.

-          Ñoño…  - dice el gusano – ¿y tú pantalón te lo pagó el Chino? – pregunta riendo.
-          Nunca hermano – contestó el Ñoño y todos se rieron a carcajadas.
-          Dice que contará mi historia, ahora que regresó del extranjero y se cree escritor  - agrega entre las risas de los amigos.
-          Y serás famoso Ingeniero Ñoño – contestó el aludido.

Todos nos miramos, sabiendo que el Ñoño es un ejemplo de tesón, de terca voluntad y valor para llegar a cumplir un sueño. Tomó una decisión y mantuvo su palabra hasta lograrlo. Se apartó de todos y de todo lo que lo distraía de mejorar su vida. Se encomendó a Dios, dice el mismo, y procuró ser mejor persona. Decidió ser ingeniero y lo logró en base a esfuerzo, constancia y mucho sacrificio. Es una inspiración para todos los que conocemos aquella historia. Lo mejor es que sigue siendo el mismo personaje que conocí a los 9 años, leal, solidario, humilde, amigo. No se ha nublado por el éxito, ni trata a los demás por encima del hombro, es un hombre que tiene el respeto de quienes le conocen. Defectos debe tener, yo le conozco algunos, sobre todo cuando pone su lengua  al costado. Aún salimos disparados, cuando hace eso.

Es el ingeniero, pero para nosotros es el Ñoño, nuestro amigo.

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