martes, 26 de diciembre de 2017

El Galpón de Machín...



Chiquito, estaba erizado totalmente, las plumas de su largo cuello, le daban un aspecto agresivo, amenazante, su cabeza inclinada hacia adelante, cual flecha, en tensión, le hacían verse intimidante, más grande de lo que era realmente; tenía la mirada fija en su oponente, su hermoso plumaje de color ajiseco, brillaba como si tuviera un aura fosforescente. Era un bello ejemplar del galpón de Machín, él le había criado, le había entrenado con paciencia, le había mantenido vivo a pesar de que por su tamaño, hubiera sido mejor destinarlo a ser parte de un riquísimo arroz con pollo, preparado por Mamá Olga.

Machín le observa, sereno, impertérrito, sin demostrar emoción alguna, solo acomodaba su mostacho blanco, él sabía que su gallo de pelea era capaz de ganar. Sabía que Chiquito, era capaz de  defenderse, esquivar y atacar.

Su adversario, igual de erizado, de mayor porte y tamaño, paso a paso ganaba terreno dentro del ruedo. De pronto este da un paso agresivo y se eleva con las patas hacia adelante, con las puntiagudas espuelas en ristre, buscando el cuerpo de Chiquito. Este, agazapado, sin dejar de mirarle, dobla sus cortas patas y se escabulle por debajo de su contrincante, quien desconcertado clava las espuelas en el aire...Chiquito, más ágil, gira y aparece por detrás de él. Aletea con fuerza y se eleva grandemente, moviendo las patas armadas con las espuelas, clavando ambas en el cuello y cabeza del gallo moro, que no tiene tiempo de reaccionar y esquivarle, cayendo muerto inmediatamente en el centro del ruedo. Solo habían transcurrido treinta segundos, del inicio del combate, !Pollón!!!...se rompe el silencio, estruendosa ovación y gritos destemplados…

Machín sonreía, sabía que chiquito ganaría…” Así se cria un gallo, señores…”...gritó

Chiquito, era hijo de Chiqui, quien era de un galpón oculto de la ciudad de Virú, en el norte del Perú...cuando rompió el cascarón, era el más lerdo de todos, siempre a la zaga de sus hermanos, era el último en llegar a picar el maíz, relegado constantemente, no se acercaba al grupo de polluelos, pero algo le vio Machín, que le interesó, le observaba con atención, quizás llamó su atención, la terquedad, la tenacidad con que insistía cuando llegaba la hora de comer...no retrocedía, insistía, una y otra vez, finalmente lograba comer. Así fue creciendo, ya joven fue separado junto a su hermano en una jaula, terminaron peleando.  El más grande, lo picó y Chiquito no retrocedió, por el contrario, replicó, atacó…

Machín decidió separarlo y prepararlo, prometía ser una sorpresa...pero no creció mucho, era un poco más bajo que el promedio de todos, pero su tamaño era compensado con su agresividad, con la altura de sus saltos, con la inteligente forma de pelear, esquivaba ágilmente los embates de sus rivales, la potencia de sus patas le permitían ser rápido y atacar sin previo aviso. Su virtud era escabullirse por debajo y atacar de sorpresa, antes que su oponente estuviera listo para defenderse. Machín le tomó cariño, estaba orgulloso de su  gallo…. después de un año y medio ya estaba listo…y así ganó su primera pelea. Antes de los cuarenta y cinco segundos….era un pollonero, así llaman al que gana con rapidez. Ganó siete peleas en los primeros segundos. Ganaba siempre, Machín y Chiquito comenzaron a hacerse conocidos, en el medio gallero. Le ofrecieron comprarlo, se negó, insistieron y él siguió negándose. Le había tomado aprecio al animal, y él respondía a ese cariño ganando sus peleas.



Pero llegó un día, que a uno de los socios de Machín, le ganó la ambición y decidió enfrentarlo con un gallo, más joven, más alto, de mayor envergadura, con muchas más posibilidades por su procedencia. Era de un galpón limeño, que traía gallos de otros países, era un gallo moro, de Colombia. Aquella tarde Machín, no estaba, llegaría tarde. Chiquito no debía pelear, era un gallo de otra categoría, más grande. Pero la apuesta y el reto era fuerte y tentador y el socio se aprovechó de la ausencia y lo llevó a pelear...

Chiquito, se plantó como sabía hacerlo, erizo el plumaje del cuello e hincó las patas en la tierra rojiza del ruedo, su oponente saltó de pronto, Chiquito le esquivó, como sabía hacerlo, se escabulló por debajo y apareció como solía hacerlo, por detrás, listo para atacar. Pero esta vez, el moro, le esperaba, también era rápido. Se encontraron en el aire, con las puntas por delante. Chiquito sintió la punzada, en el cuello, retrocedió, bajó la cabeza, parecía perdido...sin reacción, sus alas no le respondían, el moro atacó de nuevo, esta vez la punzada fue cerca de su ala derecha. Chiquito abrió el pico, en señal de cansancio....quería enterrar el pico, entregarse…

Pero su estirpe, le negó tal decisión, levantó la cabeza justo cuando el gallo moro caminaba hinchando el pecho aleteando en señal de triunfo. Chiquito saltó de pronto con fuerza, movió las alas como pudo, con las patas por delante y como muchas veces lo había hecho, clavó las dos espuelas en el cuello del moro, que cayó muerto en el acto.

El coliseo quedó en silencio, por unos segundos, en ese momento Machín entraba, se preguntaba sorprendido, que sucedía, miró hacia el ruedo y vio a Chiquito sangrando, con el ala caída, intentando mantener el porte con gallardía. Corrió hacia él y lo tomó en brazos, justo cuando el estruendo de los aplausos y los gritos se apoderaban del lugar... buscó con la mirada a su socio, quien cobraba la apuesta triunfante, se acercó a este, cerrando el puño...lo que sucedió luego era previsible. Machín salió, con chiquito en los brazos, su socio quedó sentado en un rincón, privado, con el ojo morado.

Todos le decían que lo mejor era sacrificar a Chiquito, Machín ni siquiera lo pensó, se empeñó en curarle, cuidarle, le inyectaba antibióticos, tenía una fuerte herida en la cabeza, había perdido el ojo, Machín preocupado masticaba la comida primero y le daba de comer en la boca,  el ave estaba realmente mal. Machín se desvelaba en atenderle, tanto que su familia le reprochaba que dejara de trabajar por dedicarse a ese  “pajarraco”.

Una madrugada como todos los días, Machín sube a las cinco de la mañana a ver a sus gallos, y encuentra a Chiquito, de pie, hinchando el pecho, aleteando en señal de triunfo, cantando a la aurora…! Pollón!!! Una vez más Chiquito había vencido.



Pasaron los  meses y Chiquito fue fortaleciendo el cuerpo, poco a poco iba recuperando peso y prestancia,  ya no era el guerrero pollonero, estaba tuerto, pero seguía siendo el gallo astuto y ágil en los topes de entrenamiento con los gallos jóvenes, Machín lo utilizaba como sparring,  para las nuevas camadas, que tenían tres cuartos de su sangre. Pues era obvio, que Machín prolongaría su descendencia. Y ambos se tomaban eso muy en serio…

Machín Alberto, te compro ha Chiquito, te doy dos mil soles…
Chiquito no se vende, es de la familia…- Contestaba Machín, acariciando sus mostachos canos, sonriendo....

No lo vendería, le dejaría vivir y lo cruzaría con una buena gallina, y sus hijos serían guerreros, como el padre...

Así se cría a un gallo... carajo…pensaba….mientras miraba a Chiquito aleteando....





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