miércoles, 6 de marzo de 2024

ELLA x 2

 


Antonio llegó a casa totalmente transformado, ilusionado con los días que vendrían, había renovado su fe en Dios, se había entregado a él, ya no se sentía abandonado y lejos del padre eterno, había escuchado su mensaje, sabía que no sería fácil pero ahora tenía a quien aferrarse, a su fe en Dios. 

 

- Estoy muy alejado de Dios  - le había confesado al joven sacerdote colombiano.

- La distancia entre Dios y tu, es la distancia que hay entre tus rodillas y la tierra - contestó el “padrecito”.

- Soy muy arrogante, parcerito - contestó compungido el pecador

- Dios es humilde, te recibirá - contestó el parcero investido del espíritu santo.


Antonio se derrumbó con el peso de las culpas que cargaba sobre su espalda y la conciencia del pecado atormentando sus pensamientos. Se arrodilló en el pequeño templo de la casa de retiro en Chaclacayo, junto a otros seglares arrepentidos. Abrió sus brazos en cruz y exclamó.

 

- Padre perdóname - y saltaron las lágrimas como si un dique se quebrara dentro.


Cuando abrió los ojos se sorprendió de encontrar a su pequeño hijo de siete años que lo miraba desde el umbral de la puerta con cara inocente y expectante.

 

- ¿En qué piensas papito?, ¿Te vas a quedar con nosotros? ¿Ayer hice un gol en la canchita? - preguntaba ansioso el pequeño Cristiano.

- Claro que me quedaré, solo fui de paseo para encontrarme con Dios y traerlo de vuelta a casa pequeño Cristiano - le contestó ofreciéndole los brazos.


El niño dibujando una gran sonrisa se acercó a su padre quien lo cargó y le abrazó con ternura.

 

- Hice un gol  jugando con mis amigos, pero te diré papito una cosa, no me gusta el fútbol, prefiero jugar a las espadas. En televisión vi una película de piratas. Mi padrino dice que estudie Kendo, ¿Sabes qué es eso?. - le habló el niño contento de la respuesta que recibió y que disipó sus miedos.

- Buena idea, mañana vamos y averiguamos en el club nikkei ¿ok? Ahora ve a dormir, que mañana hay colegio.

- Mi mamá dice que rezaremos juntos antes de ir a dormir, - contestó su hijo.


Fueron al comedor, allí estaba la esposa con el padre de Antonio conversando, todos sonrieron, se tomaron de las manos y oraron juntos. Cristiano miraba a su padre feliz, parecía que el hombre grande, cariñoso, protector, su amigo fiel, había vuelto a casa. Todos se fueron a dormir, Antonio a la habitación que ocupaba desde que se habían separado de la madre de Cristiano.

 

- Toma tu tiempo, pero haz las cosas bien hijo - le había dicho su padre con una mano en el hombro y Antonio solo asintió con la cabeza en silencio.

 

Habían pasado cuatro meses o algo más desde que ella lo había dejado otra vez justo cuando estaba a punto de abandonar su hogar y el amor por su hijo e ir detrás de ella, a quien consideraba el amor de su vida por eso su corazón se había quebrado en mil pedazos cuando lo dejó sin ninguna explicación. 

 

El motivo, después lo supo por otras personas, su ex esposo la estaba buscando y acosando para regresar y ella no decidía si era mejor regresar con el padre de su hijo o  aceptar al hombre que le juraba amor y le ofrecía la expectativa de una mejor vida, mayor tranquilidad y la posibilidad de tener la estabilidad económica que tanto deseaba. Sus amigos más cercanos le aconsejaban - olvídate de ella, esa mujer solo calcula con quién estará mejor, no le interesas, solo le importa lo que le puedes ofrecer - pero él sufría sin aceptar los consejos de quienes veían lo evidente de lo que sucedía.

 

Fueron semanas atroces, de insomnio, de dolorosa melancolía, de caída vertical a una profunda depresión, el apego a una relación tóxica, insana y clandestina le había estallado en la cara, no lo dejaba razonar, en su trabajo no era el mismo, ese sentimiento lo consumía poco a poco.  Ella era, eso creía Antonio, la persona que lograría sacarlo del tedio, de la rutina, de la vida plana que tenía, sin emociones y sin amor. A veces entendía que sus amigos tenían razón, y en esos momentos de lucidez se daba cuenta que era manipulado, pero todo lo olvidaba cuando ella lo llamaba para brindarle un poco de la atención que en su hogar él ya no encontraba. 

 

Muchas veces se apartaba y colocaba distancia, cuando ella lo ignoraba o encontraba otros motivos y otras personas para la diversión que él no podía ofrecer. Entonces guardaba silencio o reclamaba y ella solía responder con indiferencia y palabras duras - sigues casado - le respondía, pero siempre por algún motivo ella volvía a buscarlo, se aparecía en su trabajo, o lo esperaba en la esquina, o llegó a tocar la puerta de la casa donde vivía y él otra vez caía en el torbellino de sus emociones y sin defensas ante lo que el iluso inmaduro en que se convertía, llamaba amor. Volvía cuando ella quería, o cuando buscaba que fuera el adicto  que recibía un poco de cariño y sexo que le brindaba.

 

Pero esta vez se alejó, dejó de buscarla, quería volver al padre, retomar sus creencias y la relación con Dios, ser el padre que su hijo admiraba y seguía. Recuperar eso de ser un buen ejemplo para su niño. Por eso había aceptado ir a ese retiro. 


Habían transcurrido dos semanas desde que llegó del retiro, iba a misa todas las mañanas a las seis y media, comulgaba y luego lloraba con pena cuando caminaba a su casa, le pedía a Dios que lo ayudará a olvidar y lo sanará de esa pasión adictiva. Tomaba desayuno con el pequeño Cristiano, lo llevaba al colegio y se iba a la oficina donde trabajaba. Un día, casi a las doce del mediodía cuando bajaba del tercer piso en el edificio del Poder Judicial, su celular sonó, Antonio contestó presumiendo que era de la oficina que lo llamaban.

 

- Hola - dijo una voz femenina.


Él guardo silencio al reconocer la voz de ella, habían pasado varios meses sin escuchar esa voz que lo seducía.

 

- Hola ¿Qué deseas? Estoy trabajando, me sorprende que llames

- Es que te extraño - dijo con sensualidad la voz - ¿Podemos vernos, mi hijo está con su padre?

- No creo que sea bueno, perdona, espero lo entiendas. Tu te fuiste sin avisar, sin decir nada. 

- Por favor ven a mi casa - insistió ella - te necesito

 

Antonio colgó, caminó por las calles pensando, luchando con su corazón, con esas emociones que lo aturdían hasta el extremo de no dejarlo razonar con coherencia. Había prometido ser un buen padre, estar con su hijo e intentar arreglar las cosas con la madre de Cristiano. La promesa a Cristo, sus conversaciones con el sacerdote, sus intenciones de ser un ejemplo para su familia y ser un hombre íntegro. Todo eso lo cuestionaba, por un lado su amor y la pasión que lo subyugaba, y por el otro lado una vida recta y consecuente, que a él le aburría o le parecía plana. 

 

Con estas reflexiones llegó hasta la av., Alfonso Ugarte,  subió a un bus casi sin ver a donde lo llevaba, se dedicó a mirar por la ventana las calles y después de un rato comprendió que el bus lo llevaba a la casa de ella. Se había equivocado al subir sin mirar bien.

 

La mente siempre encuentra una manera de justificar las acciones tontas en las que caemos - Dios decidió por mí entonces - se dijo engañándose una vez más. Sellando en ese momento su vida, haciendo que la victoria y el poder no fuera de Cristo, si no de ella sobre él. Llegó a la puerta de la casa de la mujer, tocó, ella le abrió, lo miró, sonrió, besó sus labios y él entró cerrando la puerta detrás, cambiando así el destino de su vida y también la del pequeño Cristiano, que no estudió Kendo y tuvo que ver como se divorciaban sus padres.


En Brasil, en Curitiba, en el 2022 en marzo, 24 años después, Antonio estaba sentado en un concurrido bar con un joven de cabello largo sedoso, atlético, seguro de sí mismo, con ese carácter curtido por la experiencia de quien ha corrido por momentos turbios, y ha  caído en soledades inmensas logrando salir adelante. Ese joven sonreía con él alegre y confiado, sujetando en la mano una inmenso vaso de cerveza.

 

- Después de todo papá estamos aquí, tú y yo - decía Cristiano a su padre - y mañana nos iremos a las cataratas de Iguazú…

- Así es hijo, estoy orgulloso de ti, del valor que tienes y de que seas mi hijo - contestó el aludido mientras sorbía un poco de cerveza.

- Papá, a pesar de que mi mundo se rompe cuando te fuiste con ella, la que creías era el amor de tu vida, pude hacerme fuerte, crecer, aceptar que te habías ido y madurar para comprender que eras mi padre a pesar de que me abandonaste.

- No te abandoné hijo, perdóname - ensayó una disculpa Antonio.

- Lo hiciste viejo, así fue - dijo Cristiano con cariño, posando su mano sobre la de su padre - y sabes lo irónico de toda la historia, que luego ella te abandonó y no luchó contigo como lo hace una esposa. Su cariño, si lo hubo, le duró lo que duró la posibilidad de que tengas éxito. Cuando estuviste mal se fue detrás de quien le dio seguridad y estabilidad económica y como buena narcisista te echó la culpa de todo a ti, porque no cumpliste sus sueños.


Antonio avergonzado asentía, sabía que las palabras de su joven hijo encerraban mucha verdad y sabiduría, Cristiano siguió  hablando con afecto a su padre.

 

- Pero quiero brindar por ti, porque aunque nos abandonaste a mi madre y a mí, siempre me buscaste, siempre me perseguiste, me obligaste a escucharte y siempre estuviste para mí. Ese amor que me tienes te salvará. Si algún día tengo hijos yo quisiera ser la mitad de padre de lo que tú has sido conmigo.

- Gracias hijo, yo… -  dijo Antonio, al borde de las lágrimas.

- Recupera tu dignidad papá, nada más. Salud - lo cortó Cristiano su hijo.

- Salud - respondió Antonio derramando una lágrima, lleno de orgullo en su pecho.


Dios, escribe sobre renglones torcidos, dijo para sí la bella camarera venezolana que los escuchaba pensando en su hijo. 







 

 


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