El hombre se quitó la gorra nike con ademanes y golpes en el aire, con la palma de la mano derecha golpeó el cristal que separa a los empleados de las personas que hacen una fila larga que me recuerda a las fotos en blanco y negro que he visto de los judíos en campos de concentración en la enciclopedias que mi padre me regaló cuando era niño.
A la izquierda, una fila para entregar las recetas firmadas, con el DNI y un número telefónico y luego sentarse - si hay suerte - esperar oír su nombre para acercarse a otra ventanilla y recoger la medicina, recoger es una palabra que no encaja, debería decir, que arroja con desdén el obeso individuo parado detrás del cristal que lo separa de los condenados a arrastrar los pies por alguna enfermedad.
El obeso vestido de azul, grita - Seguridad - cuando el anciano del gorro nike vuelve a golpear el cristal reclamando un poco de respeto.
- Me hablas bien, soy una persona que ha pagado su seguro sesenta años (¿es posible?) y tu miserable gordo no vendrás a insultar. Soy viejo y anciano pero igual te puedo romper los dientes, cobarde, eres valiente detrás del vidrio. Sal y enfréntate conmigo hijo de mala madre.
- Señor, no le he faltado el respeto, solo le he dicho que no hay la dichosa crema. Aún no ingresa a farmacia y no se la puedo entregar. No hay ¿Cómo se lo explico?
- ¿Decir que me eche “agüita” no es un insulto?. Miserable marrano.
Diez personas detrás estaba yo escuchando atento a la discusión, la curiosidad ya se había apoderado de mi. Algunas personas increparon al anciano - ya señor, no haga problema - decían - señor otros desean dejar sus recetas, apúrese - lo apuraban otros ansiosos de llegar a la ventanilla.
- El problema es que nadie reclama y cuando alguien lo hace. Nosotros mismos lo callamos - levanté la voz en defensa del anciano del gorro nike que reclamaba su medicina - en lugar de apoyar, somos egoístas… - dije elevando la voz un poco más.
Una anciana me miró con desprecio, un señor en silla de ruedas levantó su pulgar en señal de apoyo, mientras el airado anciano seguía hablando con autoridad.
- “Agüita” dices payaso, que me eche “agüita”. Dos semanas y no hay la bendita crema. Ya me cansé de echarme chuño miserable… - increpaba al empleado del seguro con indignación el hombre mientras se agarraba una nalga.
El gordo vestido de azul se sonrió irónico con la expresión y el ademán del hombre que gritaba. Quien volvió a golpear el vidrio, mientras exclamaba con rabia.
- Me pica el culo, tengo hemorroides y el seguro no tiene mi crema, carajo - gritó el hombre - ¿entiendes marrano? Me pica el culo - repitió golpeando el vidrio una vez más, siendo sujetado por dos pequeños hombres vestidos de marrón y camisa amarilla, que le llegaban al hombro al anciano.
- Me pica el culo, carajo - repitió otra vez, forcejeando con los gnomos de seguridad, zafando su brazo de uno de ellos y golpeando el cristal por enésima vez.
- A mi también me pica el culo - repitió una viejita sentada en una silla azul apoyada contra la pared.
- Me pica el culo - dijo el señor que levantó su pulgar.
- Me pica el culo - repetí alzando la voz, ahogando la risa que pugnaba por salir.
- Me pica el culo - gritó una pareja frente a mí, controlando la risa.
- Me pica el culo - exclamó la señorita de jeans apretado que formaba su silueta, tuve que despejar los malos pensamientos cuando camino delante de mí.
- Me pica el culo, me pica el culo, me pica el culo… - repetimos al unísono las 20 o 30 personas en el segundo piso del policlínico Chincha. Mirándonos entre nosotros con una cara de complicidad y riéndonos con libertad por unos minutos.
La sorpresa paralizó a los gnomos de marrón que sujetaban al anciano del gorro nike, él se zafó de sus captores. Y aplaudiendo gritaba con todos
- ¡Me pica el culo!
Y allí estaba yo, formando parte de una protesta espontánea en una entidad desorganizada, manejada por corruptos de turno, feudo de incontables políticos ladrones. Aplaudía e invitaba a que otros se unieran a nuestros gritos. La joven de linda figura que me sonreía divertida, mudo su expresión cuando la miré a la cara, ella vio venir por detrás mío a dos fornidos hombres de marrón y camisa amarilla, estos no eran gnomos.
- Así que te pica el culo ¿no? ven con nosotros - dijeron sujetándome de los brazos tan fuertemente que no pude moverme.
- No, a mi no me pica, es al señor - señalé con el mentón al anciano de gorra nike.
Y no pude decir nada más cuando me bajaban casi en vilo por las escaleras, entre los aplausos de la gente solo pude observar que el anciano me quiso ayudar, pero también lo sujetaron entre varios gnomos..
A las diez de la noche sentado en una banca en la comisaría después de siete horas, escuché una voz.
- A ver, ese al que le pica el culo, se puede ir. ¡Ya! si no se queda hasta mañana.
Me faltaron pies para salir, entre las risas de los policías.



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