jueves, 14 de octubre de 2021

Un edificio con 14 gatos, dos pericos, un perro enano, un perro viejo, una paloma muerta... Y yo


 

Un edificio con 14 gatos
dos pericos, un perro enano, un perro viejo
Una paloma muerta...
Y yo.

En realidad somos los inquilinos de una historia que no se escribió. Perdona si el enunciado sonó a adivinanza o parecía el preludio de una historia y la intriga quedó flotando. Pero es mejor explicarlo así, de la única forma que sé hacerlo, contando el motivo de esos post.

Hace unos días desperté como siempre, extrañando a quienes ya no me acompañan, con esa melancolía pegada al alma como las rémoras a un escualo asesino. Tenía que ir a la feria de Chaclacayo y no tenía ganas, la pereza y la poca voluntad estaban conmigo. Como sea me dije que lo mejor era salir a quedarme entre cuatro paredes.

Había una paloma en lo alto del poste despreocupada, que llamó mi atención. Noté mucho silencio, algo extraño, los pericos de mis vecinos siempre están cantando por las mañanas. Desde mi ventana cada mañana los veo saltar y correr girando la rueda que tienen dentro de su jaula. Esta vez los vi acurrucados en un rincón, “el frío” pensé, mientras me preparaba para el día.

Luego de unos minutos salí, cerré la puerta con la mochila cargada en mi hombro, sentía que era observado, amarré mis zapatillas, alcé la vista y me asusté. Frente a mí desde la azotea contigua estaban 14 gatos (los conté) observando fijamente mi rutina. Qué sobresalto, nunca he visto tantos gatos juntos. Me moví a la izquierda y ellos siguieron mi paso moviendo a coro sus cabezas, retrocedí, caminé a la derecha y ellos movieron otra vez sus cabezas. ¿Qué pasa? les pregunté en voz alta retador, no hubo respuesta. Solo sus fijas miradas sobre mi. Caminé despacio, tomé la escalera y ellos me observaron bajar desde las cornisas. Qué extraña sensación. No sé porqué pensé en Edgar Allan Poe, que tanto le gusta leer a Mauricio. Traté de explicarme la razón de ese seguimiento, recordé que cuando era niño y llegaba a la casa de mi abuela en Miraflores, sus gatos se escondían cuando me veían entrar. De niño me encantaba tirarlos al techo sujetando sus colas, aunque arañaran mis manos. Era para saber si eso de que caen parados era cierto.
¿Sabrán eso estos gatos que miran?

Crucé el corredor hasta la recepción, no estaba el anciano conserje, salí a la calle y lo encontré paseando a su viejo perro que apenas puede caminar. Me han contado que en sus buenos años ese perro viejo era un gran cazador de gatos y ratas, terror de los amigos de lo ajeno. Será por eso el cariño que le guarda el anciano al perro. Me acerco y acaricio su cabeza en señal de respeto, el canino intenta mover la cola, veo en sus ojos tristeza y resignación, camina con dificultad, mira con nostalgia la calle y se queda quieto como recordando. Lo entiendo, a veces los recuerdos me alcanzan como a él. Me despido de los dos y camino al paradero.

Unos metros después, de un jardín me salta un perro chusco enano, esos de cabeza desproporcionada y cuerpo pequeño, lo esquivo a duras penas. Reconozco al mismo perro que sorprendí en el edificio hace unos días orinando las bicicletas que dejan algunos vecinos. El mismo perro que espanté a gritos y pateé cuando quiso morderme. Lo había olvidado, por lo visto él no me olvidó. Repuesto de la sorpresa, mientras el pequeño atacante me ladra y me enseña los dientes, ensayo un puntapié pero resbalo en la acera húmeda y caigo sin poder sujetarme de nada.

Sobre la acera, con los brazos en cruz, me siento ridículo peleando con un perro y comienzo a reirme a carcajadas ante la sorpresa de los que pasan a comprar su pan, entre ellos la venezolana de anchas caderas y curvas endiabladas que hace taxi (creo que ahora no aceptará mi invitación al Cuzco). El perro enano me mira como satisfecho con la lengua afuera. Ya se vengó y yo hice el ridículo en la calle.

Me incorporo adolorido como puedo, riéndome, miro hacia el cielo, respiro hondo, me siento vivo. Necesitaba reír.

Llego a la plaza Bolognesi, tomo la custer que me llevará a Chaclacayo, me siento detrás del conductor, son tres horas de viaje, saco el libro de Madame Bovary, que leo. Me concentro en la lectura. Adoro a Emma Bovary, su melancólico aburrimiento y su deseo de inmensidad y amor, de aventuras, de pasión.

Tocan mi hombro, absorto como estoy, me sobresalto

- Pasaje, me dice el joven cobrador toscamente.

Risueño le entrego 10 soles, él los toma, le haré la broma de siempre, digo.

- ¿A dónde vas?
- A ver joven, le digo de buen humor, voy a una feria, soy escritor….
- ¿A dónde vas, tío?, me corta la explicación.
- A vender mis libros, insisto riendo con las personas a mi alrededor.
- ¿Dónde baja señor?, dice cuando entiende mi sarcasmo.
- Ahora si, le digo, en Chaclacayo.

Me entrega mi cambio y sigo con mi lectura.

Llego a la feria sonriendo, decidido a vender.

Por la noche, regreso animado, he vendido 10 libros de mi poemario “ El lento caer a la vida”, me detuve en la tienda, compré yogurt y cereales. El perro enano me mira desde su ventana con rabia. Le hago muecas. Entro al edificio saludo al viejo conserje que se despierta cuando cierro la puerta. El perro viejo duerme a sus pies.

Cuando llego a mi puerta, antes de colocar la llave, encuentro una paloma muerta en el piso. Le han mordido el cuello, hay sangre alrededor y plumas. Estoy sorprendido.

Miro alrededor, me acerco a la terraza. Mi mirada encuentra dos ojitos brillantes en la oscuridad, enciendo la luz del celular, es una gata blanca majestuosa. Detrás de ella iban apareciendo los demás gatos. Vuelvo a pensar en Allan Poe y en mi hijo Mauricio, retrocedo. Quiero sacar una foto pero todos huyen en la oscuridad.

Entro a casa, me sirvo el yogurt, y comienzo a reír. Miro por la ventana, los pericos ya no están, la jaula está vacía.
Amanece, estoy animado, me voy a la feria. Hoy es otro día, me sigo riendo de los gatos que me siguen mirando desde la azotea.

¿Entiendes ahora mi comentario?

Un edificio con 14 gatos
dos pericos, un perro enano, un perro viejo
Una paloma muerta...
Y yo.




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