El viejo y el niño caminaban tomados de la mano. El pequeño le hablaba de sus fantasías infantiles, de los juguetes que quería para navidad, de sus amiguitos, de sus juegos y también del miedo que sentía a la oscuridad. El abuelo le miraba con cariño y ternura, le mimaba sintiendo en sus arrugadas manos las suaves manitas de su nieto. Caminaban por las calles grises y polvorientas de Lima. La lluvia persistente había humedecido el trayecto de retorno a casa. El viejo se acomodó su viejo sombrero gris, se subió las solapas del abrigo, arropó al niño y apuraron el paso. La noche estaba al caer y el mismo frío que se colaba entre sus ropas, espantaba a los transeúntes de las calles.
La oscuridad les envolvía cuando llegaron al rancio callejón en el que vivían, el viejo portón crujió cuando el abuelo le empujó:
- Abuelito… - dijo el niño con temblorosa voz.
- Tranquilo Daniel solo es la puerta – tranquilizó el viejo a su nieto – le falta aceite para que no suene así.
Entraron y se dirigieron presurosos al número cuatro, el abuelo sacó de su bolsillo la llave, sin soltar al temeroso niño, quien tiritaba de frío y de miedo por lo oscuro que era el callejón, acercó la llave a la ranura y cuando iba a abrir la puerta vio la figura por el rabillo del ojo.
La presencia blanca les observaba desde el viejo portón, el abuelo controló el sobresalto para no asustar a su nieto. Giro de pronto y con rapidez la cabeza y la figura blanca desapareció. “Debo de estar imaginando cosas…” pensó y volvió a colocar la llave en la cerradura, acercándose para ver mejor. Otra vez por el rabillo del ojo le vio. Pero esta vez más cerca. El abuelo giró rápidamente y la figura, otra vez desapareció:
- ¿Quién esta allí? – dijo con voz fuerte controlando el temor.
- ¡Abuelito tengo miedo! – dijo el niño, apretando su pierna.
El abuelo esta vez con prontitud intentó abrir la puerta., sujetó la llave con sus temblorosas manos, la puso en la cerradura y la giró. La puerta se abrió y casi cayendo entró con el niño. En el mismo instante en que por el rabillo observaba que la figura blanca avanzaba como flotando hacia ellos con mucha prisa.
Ya en la sala, su hija les vio sorprendida por la escena. El viejo sudaba y se cogía el pecho, el niño sollozaba sin comprender bien lo que había pasado. El viejo dejó caer el sombrero gris y se sentó en la silla más cercana. El niño recogió el polvoriento sombrero y se quedo mirándole, entre sus manitas.
- ¡Hija! Sabes que no creo en fantasmas, ni animas, ni apariciones…pero lo de hoy no puedo explicarlo – dijo con voz jadeante y el rostro pálido.
- Pero padre ¿Qué a sucedido? – dijo la sobresaltada madre mientras le ofrecía un vaso con agua.
- Abuelito… – dijo el nieto.
- ¡Un alma en pena!!! – exclamó el hombre. Persignándose la hija al oírle.
- Abuelito… – interrumpió el niño otra vez, jalando su solapa.
- ¡¡¡Oh Dios mió!!!…aún no es mi momento… - agregó alzando las manos al cielo.
- Abuelito… – interrumpió el niño con premura, intentando llamar su atención…
- ¿Qué pasa Daniel? – dijeron a la vez papá e hija, con ansiedad.
Y el pequeño mostrando el viejo sombrero gris del abuelo dice:
- Tu sombrero se está rompiendo – dijo con voz queda el niño.
- ¿y?..- pregunto el abuelo casi pálido…
- Que tu sombrero se rompe – y señalando con su dedito – mira…se le ha salido un hilo blanco.
Colgando del ala, colgaba una hilacha blanca.
- He allí tu fantasma papá - dijo la hija sonriendo, mostrando el hilo blanco.
El abuelo que mira a su hija y a su nieto solo sonríe avergonzado.
Santiago, Chile 2013


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