viernes, 15 de octubre de 2021

Tengo...

 




Tengo un oído sordo 

que escucha solo murmullos 

es algo así como un cuchillo sin filo

tengo un ojo que ve espejismos 

en horas que los gatos ven almas perdidas 

tengo la palabra que endulza 

pero no convence,.solo seduce 

tengo las ansias inconformes

de quien merece un amor correspondido

una melancolía 

que rima con abandono

tengo un dolor en la piernas 

que compiten con la pena  del alma por aquellos que ya no están conmigo


Tengo también el cabello largo

señal de mi rebeldía con la vida que tuve 

tengo un verso inocente crucificado en alguna sábana, 

tengo el temor de ser el pequeño 

que no alcance la inmensidad y llegue solo a mediocre

tengo muchos motivos para terminar el libro 

y uno solo para continuar la trama.


Tengo hambre 

tengo ganas 

tengo un ritmo que no es el de todos

tengo el don de decir, sin explicar el porqué


Tengo la soledad y el silencio por íntimos amigos 

todo lo demás que tengo, 

viene con la vida 

 








jueves, 14 de octubre de 2021

Un edificio con 14 gatos, dos pericos, un perro enano, un perro viejo, una paloma muerta... Y yo


 

Un edificio con 14 gatos
dos pericos, un perro enano, un perro viejo
Una paloma muerta...
Y yo.

En realidad somos los inquilinos de una historia que no se escribió. Perdona si el enunciado sonó a adivinanza o parecía el preludio de una historia y la intriga quedó flotando. Pero es mejor explicarlo así, de la única forma que sé hacerlo, contando el motivo de esos post.

Hace unos días desperté como siempre, extrañando a quienes ya no me acompañan, con esa melancolía pegada al alma como las rémoras a un escualo asesino. Tenía que ir a la feria de Chaclacayo y no tenía ganas, la pereza y la poca voluntad estaban conmigo. Como sea me dije que lo mejor era salir a quedarme entre cuatro paredes.

Había una paloma en lo alto del poste despreocupada, que llamó mi atención. Noté mucho silencio, algo extraño, los pericos de mis vecinos siempre están cantando por las mañanas. Desde mi ventana cada mañana los veo saltar y correr girando la rueda que tienen dentro de su jaula. Esta vez los vi acurrucados en un rincón, “el frío” pensé, mientras me preparaba para el día.

Luego de unos minutos salí, cerré la puerta con la mochila cargada en mi hombro, sentía que era observado, amarré mis zapatillas, alcé la vista y me asusté. Frente a mí desde la azotea contigua estaban 14 gatos (los conté) observando fijamente mi rutina. Qué sobresalto, nunca he visto tantos gatos juntos. Me moví a la izquierda y ellos siguieron mi paso moviendo a coro sus cabezas, retrocedí, caminé a la derecha y ellos movieron otra vez sus cabezas. ¿Qué pasa? les pregunté en voz alta retador, no hubo respuesta. Solo sus fijas miradas sobre mi. Caminé despacio, tomé la escalera y ellos me observaron bajar desde las cornisas. Qué extraña sensación. No sé porqué pensé en Edgar Allan Poe, que tanto le gusta leer a Mauricio. Traté de explicarme la razón de ese seguimiento, recordé que cuando era niño y llegaba a la casa de mi abuela en Miraflores, sus gatos se escondían cuando me veían entrar. De niño me encantaba tirarlos al techo sujetando sus colas, aunque arañaran mis manos. Era para saber si eso de que caen parados era cierto.
¿Sabrán eso estos gatos que miran?

Crucé el corredor hasta la recepción, no estaba el anciano conserje, salí a la calle y lo encontré paseando a su viejo perro que apenas puede caminar. Me han contado que en sus buenos años ese perro viejo era un gran cazador de gatos y ratas, terror de los amigos de lo ajeno. Será por eso el cariño que le guarda el anciano al perro. Me acerco y acaricio su cabeza en señal de respeto, el canino intenta mover la cola, veo en sus ojos tristeza y resignación, camina con dificultad, mira con nostalgia la calle y se queda quieto como recordando. Lo entiendo, a veces los recuerdos me alcanzan como a él. Me despido de los dos y camino al paradero.

Unos metros después, de un jardín me salta un perro chusco enano, esos de cabeza desproporcionada y cuerpo pequeño, lo esquivo a duras penas. Reconozco al mismo perro que sorprendí en el edificio hace unos días orinando las bicicletas que dejan algunos vecinos. El mismo perro que espanté a gritos y pateé cuando quiso morderme. Lo había olvidado, por lo visto él no me olvidó. Repuesto de la sorpresa, mientras el pequeño atacante me ladra y me enseña los dientes, ensayo un puntapié pero resbalo en la acera húmeda y caigo sin poder sujetarme de nada.

Sobre la acera, con los brazos en cruz, me siento ridículo peleando con un perro y comienzo a reirme a carcajadas ante la sorpresa de los que pasan a comprar su pan, entre ellos la venezolana de anchas caderas y curvas endiabladas que hace taxi (creo que ahora no aceptará mi invitación al Cuzco). El perro enano me mira como satisfecho con la lengua afuera. Ya se vengó y yo hice el ridículo en la calle.

Me incorporo adolorido como puedo, riéndome, miro hacia el cielo, respiro hondo, me siento vivo. Necesitaba reír.

Llego a la plaza Bolognesi, tomo la custer que me llevará a Chaclacayo, me siento detrás del conductor, son tres horas de viaje, saco el libro de Madame Bovary, que leo. Me concentro en la lectura. Adoro a Emma Bovary, su melancólico aburrimiento y su deseo de inmensidad y amor, de aventuras, de pasión.

Tocan mi hombro, absorto como estoy, me sobresalto

- Pasaje, me dice el joven cobrador toscamente.

Risueño le entrego 10 soles, él los toma, le haré la broma de siempre, digo.

- ¿A dónde vas?
- A ver joven, le digo de buen humor, voy a una feria, soy escritor….
- ¿A dónde vas, tío?, me corta la explicación.
- A vender mis libros, insisto riendo con las personas a mi alrededor.
- ¿Dónde baja señor?, dice cuando entiende mi sarcasmo.
- Ahora si, le digo, en Chaclacayo.

Me entrega mi cambio y sigo con mi lectura.

Llego a la feria sonriendo, decidido a vender.

Por la noche, regreso animado, he vendido 10 libros de mi poemario “ El lento caer a la vida”, me detuve en la tienda, compré yogurt y cereales. El perro enano me mira desde su ventana con rabia. Le hago muecas. Entro al edificio saludo al viejo conserje que se despierta cuando cierro la puerta. El perro viejo duerme a sus pies.

Cuando llego a mi puerta, antes de colocar la llave, encuentro una paloma muerta en el piso. Le han mordido el cuello, hay sangre alrededor y plumas. Estoy sorprendido.

Miro alrededor, me acerco a la terraza. Mi mirada encuentra dos ojitos brillantes en la oscuridad, enciendo la luz del celular, es una gata blanca majestuosa. Detrás de ella iban apareciendo los demás gatos. Vuelvo a pensar en Allan Poe y en mi hijo Mauricio, retrocedo. Quiero sacar una foto pero todos huyen en la oscuridad.

Entro a casa, me sirvo el yogurt, y comienzo a reír. Miro por la ventana, los pericos ya no están, la jaula está vacía.
Amanece, estoy animado, me voy a la feria. Hoy es otro día, me sigo riendo de los gatos que me siguen mirando desde la azotea.

¿Entiendes ahora mi comentario?

Un edificio con 14 gatos
dos pericos, un perro enano, un perro viejo
Una paloma muerta...
Y yo.




miércoles, 4 de agosto de 2021

El amor y sus esmeros

 


Mauricio, mi hijo, vive en Brasil. 

Un día siguiendo ese impulso que tenemos los Adrianzén, decidió emigrar hace poco más de tres años. Antes de despedirse me dijo en un tierno abrazo ”viejo haz tu camino, ya te abandonaron y yo me voy, estás solo” lo escuché, lo miré a los ojos y pensé en ese momento “¿A qué me vine de España?”. Ahora que lo pienso me da risa.

Hace días mientras iba camino al Queirolo sonó el celular. Era Mauricio, después de saludarme me dijo,

- Mientras moldeaba las carnes preparando unas hamburguesas aquí en mi casa, recordé esa mañana que me levantaste de madrugada y me dijiste “cámbiate que nos vamos a caminar”, renegando lo hice y caminamos a oscuras por las calles de Pueblo Libre. Cuando amaneció me llevaste a la “Chicharroneria Kio”, me presentaste a tus amigos los dueños y me dijiste pide lo que quieras. Y yo pedí una hamburguesa papá y reclamaste porque esperabas que pidiera un chicharrón y te reíste viejo. ¿Sabes papá? ese día comí la mejor hamburguesa de mi vida. Estaba contigo y nos divertíamos. Quería que lo supieras...

Recordé esa mañana y disimulé mi voz quebrada, ocultando la emoción. Él me contó de sus días en Curitiba y luego se despidió como siempre, con cariño.

- Te amo papá 

- Y yo a ti hijo - le contesté

La distancia no es impedimento para expresar sentimientos o afectos por mi hijo, pensé entonces, la relación que tengo con él debe ser mejor que la que tuve con mi padre llena de distancias y desconfianzas mutuas. Lo único que debo hacer, me dije, es no repetir patrones que traigo a cuestas. Demostrar y decirle lo orgulloso que me siento de él, de su camino, del valor que tiene y que sepa que no está solo.

Meditaba así mientras estaba sentado con los audífonos puestos en mi mesa favorita, en el bar que frecuento y que a veces me sirve de oficina. ¿Pido un café o un chilcano?, me pregunté cuando escuché la letra de una canción. 

"El amor con sus esmeros al viejo lo vuelve niño y al malo sólo el cariño lo vuelve puro y sincero"; cantaba la negra Sosa. Disculpen los amigos argentinos si digo “Mi” negra Sosa, la siento mía. Pedí el trago ya era más de mediodía.

Lo que mi negra Sosa no sabía, pensaba, era que las letras de Violetta Parra (que yo escucho desde mi adolescencia) antes sólo tenían sentido cuando la dulce voz de la mujer que amaba en ese entonces me lo decía en ese lugar del final de la avenida Brasil. Ella acercaba sus labios y decía “Te amo” suavemente en el único oído que me sirve desde que nací y yo sentía en ese instante que nada me era imposible y que el Olimpo era mi casa, que Alejandro Magno no había conquistado nada, que yo había vencido al Cid, que Napoleón era un niño a mi lado, que Silvio cantaba tonterías, que Sabina era un borracho que no conocía la calle como yo, que la vida me llenaba de amor y nada importaba, ni las riquezas, ni el futuro...Que mi profesor de literatura, el pobre y burlado señor Torres, se hubiera desmayado leyendo mis versos de amor.

Que despertaría siempre con ella a mi lado.

Que era bueno, creyente, católico y nada me pasaría.

Sucedía que en esos tiempos llamaba amor a lo que era una simple pasión, hasta que un día sin fecha en mi memoria, cuando el camino se puso cuesta arriba, desperté sin nadie, rodeado de soledad, sin esa voz etérea y falsa. En medio de la nada, estaba sin monedas en los bolsillos, sin razones en el alma, con un gran vacío en el corazón pues había perdido los silencios, la conciencia, la paz y estaba con viento en contra. Cargando culpas y remordimientos. Recordaba mirando el vaso y pensando en mi hijo.

" Y al malo sólo el cariño…" repetía otra vez la negra Sosa, y yo que me pongo a pensar,

- Y si, fui malo…- apuro un sorbo.

- Pero no he muerto, aún sigo aquí - y termino el chilcano.

Con los años he aprendido, reflexiono, que “el amor y sus esmeros”, solo es un sueño que se debe conquistar, del que debes aprender y luego dejar pasar. El verdadero amor llega cuando cierras los ojos y escuchas tu voz interior y entiendes que todo lo que te ha sucedido solo fue un momento del que se debe aprender y que no se debe olvidar.

Que además todas las lágrimas derramadas solo han sido una liberación a lo largo del camino. 

Que la pasión tiene un nombre que es mejor no repetir. 

Que la indiferencia, esa fría mirada vacía, no te daña.

Que el amor no existe “si tú estás allá y yo aquí”, diría quien nunca entendió el amor.

Que la burla es de otros, no mía.

Que el egoísmo ahora debe ser la cárcel de las emociones que negaron y yo que todo lo di, estoy en paz.

El amor por una mujer es una falacia llena de pasión (digo y alzo mi copa para brindar) que se debe vivir para conocerlo, y que luego de sobrevivir a ese momento, si es verdadero seguirá conmigo. Ya después con el tiempo me llenaré de calma y del gusto por un buen pisco. 

La felicidad hoy, es verme sonreír frente a un espejo y pensar en mis días venideros. 

Ese amor por uno mismo, sana, y el amor por mi hijo es perfecto. 

Solo eso cuenta

Por eso pedí otro chilcano y ahogué los pensamientos que no sirven. Pues quizás muchos no estén de acuerdo conmigo. Porque cada uno con sus vivencias personales crean su mundo, sus paradigmas, y se guían por sus propias experiencias. 

En mi único oído que sirve, la negra Sosa daba paso a la voz de Sabina.

"El amor que no muere mata" dice con esa voz aguardientosa que gusta.

Y el recuerdo de la musa pasada que se acerca. Lo confieso.

Sonreí entonces, contemplé una vez más la calle, entonces le dije al mozo que ya me conoce.

- Trae una botella, que aun no aprendo. Soy solo un escritor sin logros (dice un pobre diablo) con ganas de beber sin recordar.

Y reímos juntos. 


                            






PD. Te extraño hijo, te amo.





domingo, 18 de julio de 2021

Flores de abril

 


Escondidos entre unos árboles estábamos los dos. Ella me miraba intrigada, con esos grandes ojos pardos que me ponían nervioso, me encantaba su larga cabellera negra que hacía que se parezca a Pocahontas. El vestido rosa, que se ponía los domingos para ir a la misa de las 11.00 am, hacía que la imaginara como un ángel. Amparo se llamaba la niña que inquietaba mi corazón a los 9 años, por eso le pedí que me acompañara a ese lugar. Ella impaciente por mi prolongado silencio, me preguntó,


-   ¿Qué quieres, por qué me traes aquí?

-   Es que quiero decirte algo, y no sé cómo - dije nervioso.

-   Ay, me quiero ir, dímelo rápido - dijo ella.

-   ¿Quieres ser mi chica? - dije casi susurrando, escondiendo el rostro con    la mirada hacia abajo.

-  No te entiendo, habla fuerte y mírame por favor - Amparo parecía una   niña mayor, cuando hablaba así.

-   ¿Que si quieres ser mi chica? - le dije por fin, mientras mi cuerpo temblaba y me turbaba la emoción.

-   Voy a misa - dijo sin responder mi pregunta, entonces giró y empezó a caminar.

-  ¡Amparo responde! - grité agónicamente sin poder moverme de la   vergüenza.

-     Cuando salga de misa - gritó y siguió caminando.

Durante la misa, no dejaba de mirarla, mi corazón latía a prisa. Sudaba como si estuviera jugando fulbito en la calle entre los autos. Pero esta vez estaba perdiendo por goleada, yo esperaba que ella me mirara, pero no lo hizo, yo sufría y rezaba. Por esos días en casa no comía normalmente, mi hermana decía que me escuchó decir su nombre mientras dormía, mi tío dijo algo de un hombre llamado Platón que hablaba sobre ideas y demás cosas que no entendía en esos momentos. Mi madre censuraba todo y decía “solo eres mi niño”. 

Así recuerdo que fue la primera vez que olvidé los juguetes, los amigos, la pelota, mi familia y me enamoré de una niña que me dijo esa mañana que sí y por la tarde me dijo que no. Es decir, ella aceptó ser mi enamorada al mediodía y a las cuatro horas me partió el corazón diciendo que yo era feo y que no le gustaba, que dolor al escucharla. Regresé caminando con la mirada perdida, entré a casa y no dije nada, lloré hasta tarde. 

A esa edad la tristeza siempre es efímera y volátil, rápido olvidé la decepción y el rechazo que había sufrido. Aunque debo reconocer que también ayudó la paliza que me dieron sus tres hermanos mayores por haber osado robarle un beso a su hermanita. De ellos me encargaría después. Cuando crecí y los volví a encontrar.

Pasó el tiempo, acabó el verano y mi madre me matriculó en un colegio mixto cercano a la casa, hice amigos y la vida cambió para mí. Mi tiempo se dividía entre las clases y las tareas escolares, Para salir los fines de semana a jugar tenía que limpiar los sábados las ventanas de la cocina, limpiar mi cuarto, acompañar a mi madre al mercado, luego comer el pescado frito sabatino, que no me gustaba. Cuando salía a la calle por fin daba rienda suelta a las energías que acumulaba durante días.

Por esos tiempos mi papá puso en mis manos un libro vetado para mí edad, "Papillon" de Henry Charriere, en esas páginas aprendí que había un país llamado Francia y que era el mismo de la línea Maginot de la que mi abuelo hablaba, que había una isla llamada “Del Diablo” y un hombre que buscaba libertad,  mi mamá intentó vetar el capítulo en donde Papillon conoció a dos indias guajiras, y cuando en un desayuno le conté donde escondían su dinero los presidiarios, se escandalizó y miró furiosa a mi padre y a mi tío que se reían a carcajadas.  Comencé a interesarme por la lectura ya que descubría historias, conocía lugares que no imaginaba hasta ese entonces, leí los libros que teníamos en la biblioteca de nuestra casa. Conocí la historia de Otelo y Desdemona, de Marco Antonio y Cleopatra, de Odiseo y Penélope, de Cupido y Psique. En mi fantasía quería encontrar a mi heroína caminando por las calles de Pueblo Libre. Cuanto más leía, más eran los sueños de una compañera de aventuras. Cuando me enteré que D´Artagnan perdió a Constance, el vacío duró semanas. Leer la poesía que Cyrano de Bergerac recitaba para Roxanne, me transportó al irreal mundo del romanticismo. Ver la película de José Ferrer en blanco y negro y su actuación de Cyrano, me llevó a  creer que los sueños se pueden hacer realidad, yo lo había leído antes y ahora lo veía en tv. 

Durante el día era un niño que iba al colegio, durante las noches después de las tareas, leía y soñaba. Claro que no podía contar eso a mis amigos, pues un día por alguna razón tuve una pelea con un compañero y me gané la fama de ser duro y peleador. Aparecer luego y contar historias románticas y de amor, no era bien visto. La única vez que lo intenté fue en la cima de la huaca Mateo Salado, desde allí contemplando el horizonte rojizo del atardecer comencé a contarles la historia de Ollantay y Cusi Coyllur. Me miraron de forma extraña, “¿oye qué tienes? no seas cojudo” me dijo “El Perro” y uno por uno fueron bajando por la pendiente en sus bicicletas. Esa tarde comprendí que debía de callar y guardar mi romántica ilusión por el amor y los libros.



Para mediados del año ya éramos una gavilla de muchachos revoltosos que pasaban muchas horas juntos dentro y fuera del colegio. Con los muchachos era fácil ser amigo y adaptarme. Volví a pelear, a pesar del temblor en mis piernas y el miedo que sentía, pero mi fama de defensor de mis amigos, se acentuó. Creo que en esos días había encontrado la historia del Hidalgo Cid Campeador y sus espadas Tizona y Colada y lo leí en dos noches, mi sentido de la justicia y la lealtad se comenzaba a formar de manera idealista. Mis problemas empezaban cuando alguna de las chicas del aula me hablaba en el colegio, no sabía qué decir o qué hacer, recordaba inmediatamente las palabras de la linda Amparo, eres feo.  Y los pensamientos huían de mi mente y contestaba alguna incoherencia, que nadie entendía.  Era tímido con las chicas, lo que se conocía como un “chuncho”.

Si me gané la fama de peleador, también la de ponerme nervioso cuando una de las chicas me hablaba. Cuando me cruzaba con ellas por alguna calle o las encontraba en el mercado, siempre miraba fijo un punto delante mío, sudaba y apuraba el paso. Me llamaban, pero no contestaba. Uno de mis amigos me dijo un día, “las mujeres creen que eres sobrado y malcriado, claro, aparte de feo” lo que provocó la risa de todos. No lo recuerdo, pero lo más probable es que le haya dado un golpe.

Acabó el año, pasaron las navidades, el verano y volvimos al colegio. Con la ilusión de siempre, creo. Pero no sabía que todo sería diferente.

Ese año tuvimos una compañera nueva y nos revolucionó. Todos fuimos contagiados de una fiebre colectiva que nos mantuvo pendientes de ella por mucho tiempo. Ahora que lo pienso, era gracioso ver los cambios que generó en nosotros. De pronto, el que era el punto de las bromas por su mal olor, comenzó a llegar oliendo a colonia. El vago y siempre cansado, se transformó en alumno aplicado y era quien aportaba en las clases. El tardón llegaba temprano, el gordo se puso a dieta, el flaco desgarbado comenzó a caminar erguido y yo el peleón se calmó. De alguna manera tratamos de llamar su atención. Las conversaciones giraban en torno a ella, ¿de dónde viene? ¿Dónde vive? ¿Qué le gusta? ¿Es flaquita? ¿Su sonrisa es linda? y un sin fin de interrogantes que nos mantuvieron expectantes durante meses. Obviamente considerando que yo era el tipo rudo dije, “no me gusta, tiene piernas flacas”. Pero no dejaba de seguir al grupo y participar de todo.

Nuestras excursiones en bicicletas se acabaron. Por horas nos reuníamos en la esquina de su casa (que uno averiguó, cuando la siguió), esperando para verla por unos segundos en la ventana. Era gracioso ver a ese grupo de borregos afiebrados saltar y alborotarse cuando ella pasaba de una ventana a otra. Corrimos como locos cuando la vimos salir a comprar a la panadería para que no nos viera. Observar desde la esquina a hurtadillas su paso, fue algo que hicimos por meses.

Con el tiempo los más osados o frescos rompieron las barreras y se acercaron a conversar con las chicas y con las semanas ya hacíamos grupo con ellas. Pero yo seguía siendo el tímido de siempre, el alborotador y rebelde que se enfriaba cuando ella, la chica nueva, o cualquiera de ellas, ahora mis amigas, se dirigían a mí. La fiebre que despertó su llegada se fue calmando en algunos, desapareció en otros, pero en mi no. En silencio la seguía observando.

A veces regresaba solo a la esquina a verla pasar, y miraba esa ventana que sospechábamos era su cuarto, o caminaba más, para ir a comprar a la tienda que estaba cerca de su casa, con la esperanza de encontrarla. Una vez sucedió que, al entrar a la tienda, ella salía en ese momento. Me sonrió con su gran sonrisa y yo me turbé nervioso, moví la cabeza, hice un gesto con la boca intentando sonreír y bajé la mirada. Luego me quedé parado observando su caminar, imaginando a la heroína, a la musa, que había encontrado en las páginas de los libros. Para mí, un púber de 12 años, ella no tenía defectos. Pero no era capaz de decirlo. Así que seguí leyendo en casa y soñando a solas, cuidando de que mi imagen de duro no se perdiera. A los puños arreglaba cualquier diferencia y luego dejaba salir el miedo a escondidas.  

La fiebre del amor se esfumó el día que nos enteramos que ella, mi musa infantil, estaba enamorada de uno de los chicos estudiosos del salón, el clásico alumno que todo lo hace bien, el más pulcro, el educado y más carismático de todos. A todos los muchachos les dio igual, pero a mí no. No recuerdo el pretexto, pero encontré algún motivo y le rompí la boca. Ya sabes, amable lector, era el peleador. Solo recuerdo la mirada hosca de mi amor platónico, sus gestos censurando mi acción. No me volvió a hablar más. 

Terminó el año, inició otro y dejé de leer historias de amor. 

La chica nueva cambió de colegio y la olvidé.

Me aficioné a leer libros sobre la segunda guerra mundial, historias de guerrilleros como el Che, Mao y la revolución rusa, los guerrilleros yugoslavos, Vietnam y mucha historia. 

Descubrí a Vallejo, a Scorza, a Neruda, a Vargas Llosa. He recitado poemas de Benedetti, los míos propios en alguna plaza y calle, me encontré con Ken Follet,  con Miguel Rubio...conocí otras tierras, regresé, y publiqué mi primer poemario.

Cada uno hizo su vida. 

Ayer, después de muchos años, nos encontramos en una reunión. 

Me saludó con la misma sonrisa que recuerdo.

Pero esta vez, no tuve miedo y no guardé silencio.