Sebas estaba quebrado, había perdido el trabajo hacía un mes, su auto necesitaba ser reparado, las deudas se acumulaban una tras otra, hacía días que no dormía. Caminaba por la casa desvelado por la preocupación que llevaba, pagar el colegio de su hijo era lo más urgente, sabía que no podía dejarlo para después, sus padres jamás se atrasaron con el pago de la escuela y él no podía fallar de esa manera, el reloj marcaba las tres de la madrugada, cavilaba sobre la forma de conseguir el dinero de la pensión, “Felizmente está Amelia, ella me ama y pasarán estos días, todo se arreglará”. Ese pensamiento lo calmaba y algo de sosiego hallaba en esa certeza. Estaba enamorado, lo sabía, cuando estaba con ella, todo a su alrededor se detenía; aunque ella estaba algo distante por esos días “Quizás está preocupada como yo” se decía en un intento de justificar la frialdad que percibía de su pareja. Entró a la cocina, se sirvió un café, no había azúcar, buscó en toda la alacena y nada, por la mañana le pediría víveres a su amigo del mercado, seguro de que le prolongaría el crédito, pues era un buen cliente. Su hijo dormía en la otra habitación, ignorante de lo que sucedía, solo sabía que su padre ya no trabajaba. “Pero papá siempre soluciona, él es inmortal” se dijo el muchacho abrazando el muñeco de Thor que su chica le había obsequiado, antes de dormirse más temprano.
Por la mañana, luego de regresar del mercado, mientras decidía qué hacer con las últimas monedas que le quedaban, Sebas recibió una llamada, era una amiga de Amelia que le pedía que pintara su casa, ella lo había recomendado.
Aceptó inmediatamente, quedaron en una hora y él se presentó en la dirección. Convinieron en un precio después que Sebas calculó la cantidad de pintura que utilizaría y sus honorarios. La amiga de Amelia luego de regatear el precio y de solicitar un descuento, convino en pagar un adelanto. Comenzaría a pintar esa misma mañana y entregaría la casa pintada al día siguiente, “Una habitación grande donde duermen las hijas y una sala comedor se pintan rápido”, se dijo él, “pagaré el colegio y quedará algo para la comida de la semana”.
Sebas se organizó, compró la pintura y todo el material necesario, fue a casa a cambiarse. Encontró a su hijo leyendo en su habitación, le contó del trabajo que haría y le dijo que lo acompañaría a pintar. El muchacho arguyó que no sabía, su papá le dijo que debía de aprender para que le sirviera en la vida, el muchacho aceptó medio obligado, le ofreció darle una propina por su ayuda, juntos fueron a pintar.
El sábado al mediodía Sebas entregó la obra terminada, la dueña de la casa satisfecha canceló el saldo. Con el dinero obtenido Sebas se dirigió a casa de la mamá de su hijo y le entregó el importe de la pensión del colegio, ella sorprendida lo recibió.
Cuando caminaba recibió una llamada,
- Hola Sebastián - era Amelia.
- ¿Todo bien cariño? - pregunta él, sabe que cuando le habla con su nombre completo algo pasa.
- Bueno más o menos, estoy en la peluquería - dice Amelia apresurada - no tengo zapatos y el vestido está en la lavandería. Es mediodía y no me depositas lo que prometiste. Ay Sebastián, siempre te olvidas de mí.
- Cariño sabes que no es así, estuve trabajando, ya sabes.
- Si, ya me contaron que te pagaron; ¿no me vas a depositar? Quiero estar arreglada para el matrimonio de Jessy. Eres mi marido, tienes que hacerlo.
- Ahh, claro, el matrimonio, estee…
Sebas dudó, comenzó a pensar qué decir, cómo hacer, había olvidado el compromiso. Miró el dinero en sus manos, y resignado dijo.
- Voy al banco y lo depositaré en tu cuenta.
- Gracias - dijo Amelia, el amor de su vida y colgó.
Sebas suspiró y se dirigió al banco, se quedaría sin dinero, pero ella estaría contenta. Su hijo comprendería, su felicidad era importante.
Por la noche, en la recepción, después de la ceremonia matrimonial, Amelia y Sebastián salieron al jardín a fumar y conversar. El local de recepción era grande y espacioso, habían muchos invitados. En el salón principal decorado con una gran cantidad de flores, los mozos y azafatas, elegantemente vestidos iban y venían con grandes bandejas con copas de vino y champagne. Abundantes bocadillos se ofrecían entre los invitados que conversaban. Alrededor del gran salón las mesas estaban dispuestas con manteles blancos, arreglados con relucientes cubiertos y copas de vino cristal, todas las mesas estaban adornadas con esculturas de hielo, iluminadas tenuemente y en el centro del amplio salón, un espacio para quienes quisieran bailar. Amelia estaba hermosa, con un traje entallado negro, que hacían juego con sus zapatos, suavemente maquillada, y su cabello azabache, laceado, imposible que pasara desapercibida. Había parejas que bailaban al ritmo de una orquesta que tocaba entretenidas canciones. Todo era alegría.
Mientras fumaban en el jardín Sebas le preguntó al amor de su vida, qué tenía, por qué estaba tan distante, tan fría, por qué no bailaba con él y si con el amigo del novio de esa forma coqueta. Ella que lo mira con rabia, sus ojos denotaban una ira desconocida, se suelta de la mano de Sebas, da un paso atrás y de sopetón le dice que no lo soporta, que está aburrida de él, que ya está harta que sea un pobre tonto que sobrevive en la vida, que ella merece mejores cosas.
Sebas sorprendido por las palabras tan hirientes que escucha, del amor de su vida, la sujeta por los brazos, ella intenta zafarse de ellos, él trata de sujetar su rostro, de abrazarla, intenta pedirle que no le hablé de esa manera, rogarle que no lo deje después de todo lo que hace por ella. De pronto recuerda su llamada de hoy, su exigencia fría de dinero, sin importar los sucesos con los que carga él hace semanas, “Eres injusta” alcanza a decir, ella lo empuja, forcejean, ella pugna por soltarse, él por retenerla.
De pronto un golpetazo lo sorprende en la cabeza, algo estalló dentro, otro golpe, luego una patada, gira y recibe más impactos en el rostro, cae sobre el camino de piedra en el jardín. Lo patean en el piso, alguien dice “no entiendes que no quiere nada contigo imbécil”, lo siguen pateando cuando intenta ponerse de pie para defenderse. Tropieza con un árbol, sangra de la nariz, más golpes en el rostro. Amelia ha desaparecido, se incorpora y dos hombres arremeten contra él, intenta defenderse, no le dan tregua, recibe más golpes, rompen su ropa.
Alguien lo abraza fuertemente desde atrás, lo protege de la agresión, lo arrastra hacía la calle, “tranquilo” le dice, “no puedes contestar”, Sebas lo reconoce es el mismo hombre con el que Amelia coqueteó cuando bailaron, el amigo del novio; sale a la calle, “cálmate” escucha que le dice, para un taxi este se detiene y el hombre lo ayuda a subir al auto, “ya perdiste flaco, mejor ve a tu casa”. Sebas no entiende lo qué ha pasado, quiere bajar y hablar con el amor de su vida. El hombre le indica al chófer que lo saque de allí, sujeta la puerta, le repite, “ya perdiste”, el taxista le aconseja irse, “son varios flacos” adolorido le da la dirección al chofer y alcanza a ver a Amelia en la puerta del local acercándose al hombre que lo sacó del local, con el que coqueteó bailando.
Cuando despierta al día siguiente está en su cama, su hijo lo observa desde la puerta de la habitación con una expresión de pena y desagrado, Sebas no sabe qué decir, “hijo” dice y se incorpora torpemente, le duele la cabeza, tiene un pómulo hinchado, la nariz inflamada, sangre en la ropa, un corte en un brazo, el pantalón del traje está roto en el lado de la pierna derecha, la camisa sin botones. Se toca el cabello donde le duele y siente su pelo apelmazado por la sangre de su cabeza rota. “Para eso tomas papá” le recrimina el muchacho de trece años, desde el umbral donde se encuentra.
El padre no contesta, toma el teléfono y marca el número del amor de su vida, timbra varias veces, no hay respuesta, insiste hasta que una grabadora le indica que está apagado, vuelve a insistir, no hay señal, lo apagó. Imagina que ella se quedó con el hombre que lo sacó de la recepción, el mismo que bailó con ella. Recuerda que los vio juntos en la puerta.
- Para eso tomas papá - repite su hijo desde donde lo observa decepcionado, preocupado.
- Hijo - dice - nunca te enamores - atina a decir Sebastián, mientras hunde su rostro entre las manos y solloza con dolor.
La vergüenza lo invade, la decepción, su corazón se quiebra con la comprensión de que lo sucedido en el matrimonio de Jessy, no fue casualidad.
“Ya perdiste flaco” recuerda que le dijo el hombre, y es cierto ha perdido todo.
Hasta la dignidad.
Dos días después le da un derrame cerebral en la madrugada.
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