- ¿Eres poeta o escritor? - preguntó cuando levantaba el vaso de pisco, dibujando en sus labios una sonrisa irónica.
- No lo sé, a veces lo dudo - le respondió el aludido amablemente - pero hay quienes me llaman así.
Y la persona frente a él se rio, con esa sonrisa sarcástica que ensayan los que desean herir sin sentirse culpables de lo que pueden ocasionar.
- Te lo dirán porque tienes amigos que lo son y tú eres un desconocido - dijo entre carcajadas.
- Quién con lobos anda, termina aprendiendo a aullar, algo aprendo de ellos - le respondió con educación y una sonrisa serena, el escritor.
En la sala donde estaban varios amigos y algunos conocidos compartiendo una reunión, la tensión se percibió de pronto.
- No sigas, porque el poeta tiene un pasado. Hubo un tiempo que por reírte así ya estarías con el labio quebrado y remojando tu nariz en sangre, saliendo por la ventana.
Intervino uno de los amigos, de esos que jugaron con él fútbol en la calle, esquivando autos, cuando los arcos lo marcaban con dos piedras y la diversión era correr tras un balón.
- Nah, ese fue el tiempo en que era un infeliz, haciendo de todo para sobrevivir, lejos de lo que quería realmente hacer. Con el tiempo aprendí que todos tienen algo que decir, y que yo decido qué es importante para mí y que no - contestó levantando su copa el hombre al que le decían poeta.
El hombre frente a él, se sirvió otro vaso de la botella de pisco que había llevado a la reunión y de la que él sólo bebía.
- ¿Y de qué vives?
- De la poesía y de las historias que escribo. No es fácil, pero hago lo que me gusta, y algunas otras cosas por allí - explicó con serenidad.
Y el interrogador impertinente volvió a reír en un tono más burlón está vez.
- Por eso andas sin dinero, ahora se explica.
- Nunca te he pedido prestado ¿Sabes acaso algo qué yo no sé? - le contestó el interrogado.
Quiénes escuchaban se rieron. Su amigo Manolo, que estaba de pie intervino otra vez, y señalando al hombre de tez morena que con insolente actitud interrogaba al invitado, dijo,
- Este no es capaz de hacer nada por nadie, a su propio padre le cobra los taxis. ¿Va a prestar dinero? ¿Este?- afirmó riendo, para luego agregar con ironía - primero se muere, y si te presta te cobra a través de las redes sociales. O te hace un escándalo en la calle con la familia presente, es un llorón.
Todos los presentes se rieron de lo que dijo y el hombre de piel oscura desde su asiento lo fulminó con la mirada.
- ¿Eres taxista? - le preguntó el escritor- también hice taxi un tiempo, pero lo dejé, solo fue un trabajo temporal, tenía que perseguir mis sueños - afirmó el poeta - no nací para taxista.
- Pero gano más dinero que un poeta - respondió ofendido y agresivo el insolente.
- Ya, pero estudiaste administración en la Universidad Católica y creo que cocina en la Gordon Blue. ¿Qué pasó? ¿Por qué no trabajas en lo que estudiaste?.
El moreno insolente se arremolinó en su asiento incómodo por mi pregunta.
- El negro hizo quebrar una empresa, fracasó con su negocio, y siempre quemaba el arroz. No le quedó más remedio que ser taxista, luego se hizo llorón y envidioso.
Contó otro de los presentes, de nombre Jaime, entre risas.
- Y todavía vive en casa de su “apá”, sin pagar alquiler - agregó.
La risa fue general, y a él no le quedó más remedio que sumarse a ella.
- Ser taxista no es ninguna vergüenza - dijo él.
- Pero ser creído y bocón si - dijo el papá del dueño de la casa el más respetado por todos los presentes - por lo menos no le cobres el taxi a tu viejo, pues no seas ridículo.
Y todos volvieron a reír.
- Salud - dijo el poeta y se puso de pie dejando al taxista insolente con su vergüenza.
Ha estás alturas de su vida hay batallas que no valen la pena entablar, pensaba sonriendo. Los años enseñan que es mejor dejar a los mediocres en su mundo.
El taxista, con evidente incomodidad terminó su trago, tapó su botella de pisco, la tomó entre sus manos con inocultable fastidio, cruzó la sala y salió sin despedirse a la calle.
- Deja el pisco, Shrek - le dijo Manolo - vete, pero deja la botella.
Y todos se rieron de la broma y de la ridícula actitud del hombre.