- Nunca la llevé al río, como lo hizo García Lorca - dijo el loco, en un desvarío - Ella no calló, ni estuvo ausente, como diría Neruda.
- Pero yo, que soy un simple mortal la quise con locura, con un amor que duele, con una pasión que rasgó mi alma, que dejó huellas y heridas abiertas - decía el hombre con dolorosos ademanes.
- Y tuve que esconder la tristeza de vivir sin su presencia, desde aquella noche, cuando dijo adiós cerrando la puerta de la habitación 303, sin mirar atrás, porque mi fusil se quedó sin balas, por la pena - entonces abrí los ojos sorprendido.
- La vida es así - exclamó lloroso - y lloré hasta el amanecer.
Lo escuchaba y sufría con él, la copa de vino estaba detenida entre mi sorpresa y los labios..
- Después de unos años la encontré caminando en el Olivar una mañana gris, - esta vez sonrió cuando hablaba -. Las golondrinas de Bécquer no volvieron a su balcón, el café se enfrió entre mis manos, el Azul cielo de Darío, nunca despejó, su sonrisa se congeló de indiferencia - y de pronto el mismo hombre encogió los hombros con pena, mientras hablaba.
- Era otra persona superficial, lejana, fría, egoísta - afirmó escondiendo el rostro entre sus manos
- Pero este amor que tengo, terco, irracional, guardado en algún rincón olvidado de mi alma, se emocionó. Entonces me acerqué, la saludé, rocé su talle sin querer y ella me rechazó, se distanció, es más me empujó - el orate comenzó a llorar.
- El amor se ha ido, comprendí entonces - sentenció con voz temblorosa
- O quizás nunca estuvo - le dije.
- No lo sé - exclamó fuera de sí.
- Ya no “somos mucho más que dos” diría un decepcionado Benedetti. El buen Milanés lloraría porque no era “el amor de mi vida” - otra vez comenzó a delirar.
No quise escuchar más, abrí la puerta y me fui.
En el taxi camino a casa, Sabina cantaba en la radio “porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”, mientras el chofer hablaba de lo dura que es la vida.
- Yo caballero, camino con la mitad de mi corazón desde hace tiempo - dije - La vida es así.
Y él asintió dándome la razón.
- La vida es así, señor, nada dura para siempre



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