Recuerdo que cada 15 de abril mi abuelo destapaba un vino o una cerveza en su almuerzo “un día como hoy murió César Vallejo” decía y desde mis seis años yo lo miraba extrañado. Luego él con mucha ceremonia levantaba su copa sobre la mesa y comenzaba a decir “Por el poeta del Perú” luego declamaba unos versos como si bendijera sus alimentos. Yo preocupado por mis juegos infantiles no entendía nada.
Cuando años después leí en la universidad "Los Heraldos Negros" algunos años después, entendí por qué aquellos versos y Vallejo tenían que ver con mi vida. Esos eran los versos que mi abuelo Antonio, declamaba en casa y comprendí por qué el abuelo lo admiraba tanto. Don Antonio Sandoval Honorio, mi abuelo materno fue un hombre humilde que no terminó el colegio porque era el hermano mayor y debía trabajar en el huerto de su abuela, él había nacido en Otuzco, provincia cercana a Santiago de Chuco. Alguna vez algo bebido nos dijo sobre la mesa, “yo lo conocí, lo escuché en la plaza de mi tierra” , por supuesto, el pobre viejo fue ignorado. Siempre que bebía, decía lo mismo, “soy un ignorante debí terminar el colegio” pero lo recuerdo siempre con libros y periódicos en sus manos. Hablaba de Vallejo, del Inca Garcilaso de la Vega y personajes de la cultura peruana y cuando podía declamaba los versos de Vallejo. Ese viejo que se decía ignorante, me contó la historia del Perú sentado en sus piernas cuando solo tenía seis años, como si me contara cuentos, e hizo que mis héroes fueran Cahuide, los hermanos Ayar, Ollantay, él me leyó los "Comentarios Reales del Inca Garcilaso" y me regaló regaló revistas de 1940 que relataban la caída de la línea Maginot en Francia.
Cuando me llevaba al barrio del Porvenir donde su amigo de la infancia, Abel, para cortarme el pelo. Sentado a su lado lo escuchaba.
“Hay golpes en la vida”, hijo - decía mientras hacía un cambio en la marcha de su viejo Ford celeste del 36, doblando por las calles de La Victoria - "¡tan fuertes...! - y luego más alto exclamaba - ¡yo no sé!"
Sí abuelito - contestaba yo preocupado.
Y a mí la vida me ha golpeado mucho, pero aquí estamos hijo, listos para seguir - y de pronto volvía a declamar - "abren zanjas oscuras, en el rostro más fiero", mira mis arrugas y las canas que peino.
Y yo, desde mis siete años le miraba más preocupado y asustado por lo que sucedería con mi pelo cuando llegáramos donde su amigo Abel, peluquero y él continuaba hablando
Vallejo nació en Santiago de Chuco, cerca de donde nací, conocí su casa, alguna vez lo vi, él es el más grande poeta peruano..." - repetía una vez más, mientras aparcaba su viejo Ford, delante de la peluquería.
Y yo sentía crecer mis temores, cuando divisaba al pequeño hombre adulto de guardapolvo blanco, con cabello negro y corte de pelo al estilo militar nazi, tenía un bigote ralo bajo la nariz. Recuerdo que me preguntaba entonces ¿Me recuerda a alguien? ¿A quién? Dudaba yo.
Vallejo, era un grande, fue un grande, seguirá siendo un grande... Mientras no lo olviden las generaciones y tú no lo olvidarás...! ¡Promételo hijo! … - decía grandilocuente mientras cerraba las puertas de su auto.
Sí abuelito - contestaba aterrado mientras entraba a la peluquería de su amigo Abel
Mientras las tijeras cortaron mi cabello, los dos amigos recitaban a Vallejo como si estuvieran en trance, mirándose cómplices mientras se turnaban las estrofas.
“Serán tal vez los potros de bárbaros atilas” - decía mi abuelo ante la mirada de los que esperaban por el peluquero.
“O los heraldos negros de nos manda la muerte” - contestaba su amigo Abel.
Cerraba mis ojos hasta que terminaba de cortar mi cabello y luego dirigía mi odio al peluquero llorando cuando me miraba al espejo, pues me rapaban dejando solo un poco de pelo en la sesera. Mi abuelo calmaba esa frustración con suaves palabras, con dos chocolates Cua –Cua, una gaseosa Pasteurina y dos riquísimos Chancay.
Luego conducía a casa, declamando a Vallejo, otra vez.
Pasaron muchos años de esa escena, hasta que un día los compañeros con los que estudiaba en los talleres de literatura en el instituto "El Pontón" de Collado Villalba en Madrid, me pidieron que presentará a un poeta de mi país y expusiera su obra en unas tertulias de café que hacíamos en el parque central de Villalba, junto a la estación del tren. Mientras investigaba y preparaba la exposición sobre la vida y obra del poeta peruano Cesar Vallejo, recordé a mi abuelo Antonio con nostalgia.
Esa tarde mis amigos españoles se deleitaron con las separatas que les entregué y luego solicitaron que les leyera el que más me gustaba…
Cuanto recordé aquella tarde a mi abuelo Antonio Sandoval Honorio, y que difícil describir los sentimientos del momento.
Solo guardé silencio unos segundos, mis ojos acuosos delataron mi nerviosismo, mi sangre hirvió de orgullo y emoción cuando en voz alta pronuncié..."Hay golpes en la vida...tan fuertes ¡yo no sé!..."
Abuelo Antonio, no olvidé a Vallejo…
Ni a ti tampoco.
Permítaseme entonces hacer hoy un homenaje al gran Cesar Vallejo y al hombre que de alguna extraña manera también es “responsable” de que yo eligiera este camino. Ayer en una entrevista me acordé de él.
En dónde estés abuelo Antonio, gracias.






Un recuerdo como este nos invita a sumergirnos en los propios. Gracias por esa mirada benévola y contagiosa al pasado.
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