martes, 17 de enero de 2023

LOS TIEMPOS CAMBIAN

 




Caminar por la calle Mapiri en el Cercado de Lima en los años 70s era toda una experiencia para un niño próximo a cumplir seis años, todas las personas lo reconocían y lo saludaban con afecto y cordialidad. 


  • Oye chinito como estás creciendo - decía el hombre que pintaba autos en la calle

  • Chinito, dile a tu abuelita que hoy almuerzo con ella, que me separe un menú - decía el mecánico

  • Hey chino chiquito, saluda a tu viejo - saludaba hosco el barrendero.

  • A dónde vas muchacho todo distraído - preguntaba la señora que vendía  tamales en la puerta de la panadería 

  • A comprar pan señora - respondía educado el chinito.

  • Pero guarda el billete no lo debes llevar así - decía la mujer quitándole el dinero de la mano y guardándolo en el bolsillo del pantalón.


El niño se dejaba hacer, había visto a su abuela conversar con la mujer y suponía que era de confianza. El niño entra en la tienda, un chino de verdad, nacido en China lo saluda, pide veinte panes, diez franceses y diez cariocos.  


El mismo chino de la China le dice cuánto es, el niño saca el billete y paga.


  • Soblino - le grita luego el chino de la panadería - no puere tlaelme billete falso pue.

  • No señor chino, ese billete me lo dió mi abuelita responde el infante.

  • Anda dile a tu abuelita Luca  que es falso pue - dijo gesticulando y en sus modos el chino - lleva pan después me tlaes.


El niño regresó asustado  a casa con los panes, devolvió el billete a la abuelita y le contó lo que el chino panadero le dijo. 


La abuelita Lucrecia, salió rauda con su nieto de la mano a la panadería a pagar el pan. Iba angustiada e indignada, sentía vergüenza de que el chino de verdad, de la China, creyera que ella sabía del billete. Por el camino todos quienes la conocían la saludaron, ella con cara de pocos amigos, sonrojadas sus mejillas, contestaba con un movimiento de su cabeza. Llegó a la panadería, entró y el chino la saludó con alegría. 


  • Señola Luca, no hay ploblema ¿pala que venil?…le dije al soblino que después pagal pue

  • No chino, este billete no es mío, discúlpame, no sé que ha pasado - contestó la abuela.

  • No ploblema amiga, yo sabel, tu honesta


Ella pagó explicando varias veces que no se había dado cuenta que el billete era falso. El chino se rio y despidió deseando salud y felicidad para el nuevo año chino que comenzaba en esos días.


Cuando la abuelita salió del lado local de la mano de su nieto, miró a la tamalera para disculparse por no haber respondido su saludo por la vergüenza que llevaba. La tamalera esquivó la mirada y bajó la cabeza frente a la abuelita Lucrecia.


  • Casera disculpé no contesté su saludo estaba apurada, véndame unos tamales para la casa - dijo la abuela que ya había recuperado la serenidad.

  • Si señora Lucrecia, la entiendo pero tengo que decirle algo - contestó con voz nerviosa la mujer -  hoy no he vendido nada y mi esposo está enfermo ¿sabe? Estoy desesperada. Yo le cambié el billete a su nieto - confesó de pronto mirando al niño - Estoy avergonzada señora, necesito comprar medicinas para mí esposo enfermo y llevar comida para mis hijitos.


La abuela la miró en silencio, mientras la mujer rompía en llanto balbuceando palabras que no entendía. 


  • Casera yo entiendo que la necesidad es grande, pero aprovecharse de mi nieto me molesta - dijo después de unos segundos.

  • Perdone señora por favor - imploró la mujer con los ojos llorosos 

  • Véndeme diez tamales, toma. - le dijo ofreciéndole un billete de cien soles.

  • Llévelos señora, no me debe nada.

  • No me ofendas más, cóbrate y ve a casa a cuidar de tu familia, no me des el cambio, quédatelos.

 

La tamalera quiso besar las manos de la abuela, ella no se dejó. La abuela Lucrecia tomó la mano de su nieto y regresó a su casa.


 

Cincuenta años después estoy en una panadería comprando pan para mí desayuno, cuando busco mi billetera recuerdo que la dejé sobre mi mesa y solo tengo mi celular en la mano. 


  • ¿Tiene yape? - me pregunta la chica venezolana de ojos verdes.

  • Sí, claro - respondo inmediatamente y saco el celular para pagar. 


 La chica que despacha el pan, una chaparrita con acento de la selva me sonríe y yo que me desarmo allí parado.


Yapeo y le muestro la operación a la chica que me entrega el pan mientras me acuerdo de mi abuela Lucrecia y cuando compraba el pan para la casa.


Como cambiaron los tiempos me digo de regreso a casa.



 





No hay comentarios:

Publicar un comentario