domingo, 2 de diciembre de 2018

Katona


    Quienes la conocen se preguntan como yo, como alguien puede cultivar tanta ternura, transmitir tanta dulzura e inspirar a decirle solo cosas bonitas. Por donde camina atrae miradas de admiración y cuando habla te das cuenta que no es de aquellas guapas “calabazas” o de esos maniquís con almas vacías que abundan por allí. Ella es una mujer sencilla, que te espera con un café y una sonrisa que no la abandona nunca. Se sonroja constantemente y siempre te dice la verdad.
Katona, le decimos los que la queremos y ella disfruta que se lo digan. Es madre, economista, escritora, pintora, ilustradora y mi amiga. Sé que me odiará, pero esta es una anécdota de ella.
                    ---------------------------------------------------------------------------------------
Una mañana se despertó tarde y cansada a preparar el desayuno para su hija, entre sueños la llevó al colegio. Regresó y mientras tomaba un café pensaba qué hacer con su vida. “Me gusta la pintura, quiero hacer poesía. La vida no es solo ser madre, quiero sentirme viva, realizar mis sueños. Tengo derecho a ser mujer exitosa y realizada…” así meditaba, cuando su mirada contempló la lonchera de su niña, dudo un momento en armonizar las ideas.
- ¡La lonchera!!! – exclamó de pronto dejando caer la taza de café sobre la mesa
- ¿Qué va a almorzar la niña? Si se va de paseo – pensó mientras al vuelo tomaba la mochila.

Salió apresurada, cerró la puerta como pudo, camino a prisa por la calle, sus pasos cortos y presurosos le llevaron rápidamente a cruzar el parque. “Tengo que llegar” se dijo a sí misma. Alcanzó a dos mujeres maduras que iban lentamente por la acera conversando, estás le impedían el paso. La otra opción era caminar por el jardín, la ramada se lo impedía. Desesperada les pide permiso. No le escuchan y siguen con pasos rengos conversando. Katona se desespera. A unos 30 metros del paradero ve como aparece el bus que la lleva al colegio. No lo piensa, ya no les pide permiso y olvida sus modales. Empuja a las ancianas y corre alzando la mano. Las mujeres le reclaman con gritos que ella no escucha por la prisa. Está corriendo hacia la parada del bus que ya se detuvo y vuelve a partir.
Katona grita y el cobrador la ve, este golpea la puerta y el bus aminora la velocidad, ella ve la oportunidad de alcanzar el transporte, apura el paso, corre más de prisa, vuela.
A escasos 10 metros, Katona no deja de mirar al cobrador que la espera y anima con la mano a que se apure, el bus casi detenido. Ella siente que su pie derecho golpea con un obstáculo, trastabilla, pierde el paso, sus ojos se conectan con los del cobrador, suplicando alguna respuesta de lo que pasa. Sus manos como aspas de molino buscan un apoyo en el aire, sus piernas ya no están en el suelo. Katona está volando.
Cae y golpea su pecho toscamente con alguna piedra, que dolor, rueda sobre si unos metros, las palmas de las manos le escuecen por la piel que se rasga, suelta la mochila. Su barbilla toca el suelo causándole más dolor. Se detiene casi a 2 metros del bus. Levanta la mirada con los ojos acuosos por el ardor que siente en todo el cuerpo, el cobrador la mira sorprendido y dice:
- Habla ¿vas?
- Que vas….conch….. – responde la dulce Katona desde el piso totalmente magullada, perdiendo la elegancia, mientras observa impotente al bus partir.

Guarda la cabeza entre sus brazos, tomando fuerzas para levantarse y recuerda que la niña llevaba otra mochila. Frustrada guarda silencio cuando las ancianas a las que empujó pasan por su lado iracundas exclamando.
- “Dios es justo”
Katona regresó a casa, se puso a pintar y a escribir.
Ahora es mi socia.





No hay comentarios:

Publicar un comentario