lunes, 10 de septiembre de 2018

Mi padrino Andrés.

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Cuando era niño, el hermano de mi madre tomaba mi mano para ayudarme a caminar. Me enseñaba a sumar, restar y demás operaciones. Recuerdo que usaba frutas para explicarme la teoría de los conjuntos. Aplaudía mi gusto por la historia y la lectura, siempre resaltaba mi buena memoria. Al tío Andrés, nunca le hizo falta tiempo para jugar conmigo o enseñarme alguna cosa que sirviera para distraerme. Hizo mis dibujos escolares y algunos trabajos que resultaban difíciles para mí. Cuando en la noche la oscuridad me daba miedo el venía a acompañarme.

En su viejo Ford del 48 conocí las playas del sur, la Planicie y sus lagos artificiales, los campos de Huachipa o algún lugar de Lima en los años 70. Cuando algo en casa se malograba, era él quien lo arreglaba. Componía mesas, sillas, pintaba y remodelaba todo lo que le pedían. El ingresó a la universidad a estudiar medicina veterinaria cuando yo estaba pequeño. Luego me contaría porqué.

Después de concluir el colegio, se puso a trabajar de ayudante de mecánica por un tiempo y luego entró a Seguros Pacifico,  trabajo que abandonó para tentar suerte en México, hasta donde viajó para ingresar a la facultad de medicina veterinaria. Después de un tiempo se regresó al no lograr su cometido y decidió prepararse para ingresar a la universidad San Marcos. Se demoró en hacerlo, pero ingresó finalmente. Y con los años se hizo médico veterinario.

Andrés Sandoval Guillén, era querido por todos, recuerdo una vez cuando toda su promoción universitaria se apareció en un largo abrazo ocupando todo el ancho del solar en el que vivíamos para saludarle por su cumpleaños. Aquella noche cantaron y celebraron por el amigo más querido. Y todos nosotros sus sobrinos disfrutamos de su alegría.

En mi adolescencia estuvo conmigo en mis primeras decepciones amorosas aconsejándome, invitándome a mejorar y dar mi mejor esfuerzo en los estudios. Cuando terminé el colegio me llevó a su casa en Sicuani – Cuzco para ayudarme en mi preparación para la universidad. Con él conocí el Cuzco, Sacsayhuaman, el valle del Vilcanota, Ullurmiri y sus aguas termales. Gustaba de brindar conmigo con una cerveza y una larga conversación.

Podría enumerar tantos recuerdos y extenderme largamente. Y aun así no me alcanzarían las palabras para expresar todo lo que mi tío, mi padrino y amigo Andrés, significo para mí.

Siempre tuvo la palabra precisa y el consejo certero. Muchas de sus frases marcaron el rumbo de mi vida. “Tienes hijo que darle un giro a tu vida”, “olvida es lo mejor para ti” y la frase que siempre me repitió. “Tienes talento no lo desperdicies, has lo que te gusta”, no solo eran palabras. En los momentos más tristes y solitarios el estuvo allí. Me llevo al hospital en mi derrame cerebral. Me cuido con su esposa. Como a un hijo. Nunca me juzgó o sentenció. Ni abandonó a pesar de mis errores.

Hace unos meses, conversamos como siempre. Le conté de mis proyectos, me escuchó. Sugirió que buscara un medio para sobrevivir. Pero que siguiera mi destino, que hiciera lo que me apasionaba. Y así lo hice...

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Y ahora ya no estás y necesito que tomes mi mano, porque este camino aún es sinuoso e inseguro.

Voy a extrañar tu voz, tus palabras, tu llamado a tomar café. Cada vez que prepare un lomo al jugo te recordaré con más intensidad. No tenías que irte sin ver mis versos impresos, sin leer historias, en las que fuiste un personaje. Me harás falta tío Andrés. Sin ti la vida deja de tener ese aire que le dabas con tu sencillo andar y caminar. Con tu risa, y nuestras bromas y recuerdos de mi abuelo Antonio y nuestra Luca. No eras perfecto, pero para mí siempre serás un gran hombre. El mejor que he conocido. Quien me dio amor y amistad.

Mucho de lo que soy como hombre, padre y amigo. Lo aprendí de ti. Con tu ejemplo, al verte en un abrazo con mis primos. Con tu esposa y tu cariño para mí. Me harás mucha falta.

En nuestro último café de hace dos domingos, me dijiste "eres un hijo para mí".

Gracias por llamarme así. Padrino. 

Me harás mucha falta.


Me harás falta
mis lágrimas no te merecen
mis palabras mudas, gritan pena
mis sentimientos quebrados, te acompañan
mis latidos sollozan,
mi amor te llama.

Hablabas, yo escuchaba
hacías, yo aprendía
aconsejabas, y hallaba el rumbo
soplabas, y yo era vela al viento
me abrazabas, y encontraba abrigo
me mirabas, y no habían palabras
callabas, y aún así te escuchaba
caminabas, y te seguía
eres grande decías, y te creía
tu puedes, exigías, y vencía al día
olvida, dijiste, y mi amor escuchó
hijo, dijiste, y tu paz me alcanzó
ven conmigo, llamaste, y aquí estoy

Soy, tu hijo
eres un padre
mi amigo
mi padrino

De tu mano aprendí la vida

Me harás falta
tu voz que ya no dirá mi nombre





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