martes, 5 de septiembre de 2017

Un lunes.....




Se despertó con el cansancio de todos los días,  con la pereza  que le invadía cuando comenzaba a  pensar en todo lo que tenía que hacer durante el día. Era lunes y para él,  era el peor día.  Miró la hora y pensó que aún tenía tiempo.  “Un ratito más”  rumió y cerró los ojos, abrigándose hasta la nuca con la frazada.

Cerca de las ocho, se despertó de pronto con la ansiedad de enfrentar la realidad.

-          ¡Carajo!... – exclamó – me quedé dormido, ¡diablos!!!...la conciliación es a las ocho y media, ¡no llego, carajo, no llego!….

Como pudo se lavó la cara, los dientes y se mojó el cabello. Sacó el traje de color verde petróleo que usaba cuando tenía que ir al palacio de justicia, se acomodó la camisa azul que ya le ajustaba mucho, buscó una corbata, la azul estaba sucia y cogió la amarilla, aquella que no le gustaba, se hizo el nudo con prisa, quedó malhecho. Cogió un par de  medias negras y se los puso casi al vuelo, saltando en un pie y haciendo malabares cuando bajaba la escalera,  faltando un escalón se puso los zapatos negros sin lustrar.  Y así salió a la calle, iniciando la semana. 

Camino al paradero sintió la extraña sensación de libertad de uno de sus dedos dentro del zapato, le acompañaba además la interrogante ¿me cambie de calzoncillo?, duda que le acompañaría en todo el día. Al llegar a la esquina distinguió el microbús anaranjado que le dejaba cerca del vetusto palacio de justicia de Lima. Corrió para alcanzarle, y la extraña sensación en su dedo se fue acrecentando.



Al llegar hasta la puerta del vehículo, se encontró con una anciana que al mirarle le sonrió amablemente, sin embargo él mal educadamente solo se adelantó a la anciana que pugnaba por subir,  haciéndole a un lado con brusquedad.  Puso un pie en el estribo y después el otro, la anciana casi colgándose subió detrás de él, con tanta prisa que le pisó por detrás el zapato derecho,  ocasionando que este se quedara en el peldaño y él subiera finalmente descalzo con la media negra que se había puesto al vuelo.

Las risas de las  personas que indignadas censuraban su descortés actitud le hicieron  mirar hacia abajo su calcetín.

Y allí estaba su dedo gordo con la uña negra por los hongos, mirándole de hito en hito, sobresaliendo y destacándose  por su blancura y por el  largo de la uña.

Detrás de él,  la anciana indignada solo pronunció…

-          Por fuera flores y por dentro temblores…. ¡Y como huele! – agregó tapándose la nariz.

Arrancando la risotada general de todos los que observaban la escena. 


 

Rubén, avergonzado solo cogió su zapato y fue a sentarse en el último asiento que felizmente estaba vacío. Desde allí intercambiaría furibundas miradas con la ofendida anciana que le contemplaba con sorna e ironía. Nadie se sentó a su lado, solo le observaban con burlona actitud haciéndole sentir con ello su reprobable actitud.

Al llegar a su destino, cerca de las nueve de la mañana, el hombre del  traje verde petróleo y corbata amarilla, salto del microbús aún antes de que este  detuviera su marcha y sin esperar  alcanzar la acera,  emprendió veloz carrera, sin percatarse del lustrabotas que afanoso pugnaba por sacar brillo de las botas de un policía.

 La ansiedad y la prisa que le distraía se evaporó cuando Rubén de pronto se sintió por lo aires, cayendo aparatosamente sobre un charco de agua acumulada y orines malolientes. Cuando consiguió reaccionar, se sorprendió mirando el cielo gris de Lima.  Y cuando se ponía de pie en medio de sus propias maldiciones pudo escuchar las risas a carcajadas de los pasajeros del microbús.



Como pudo se arregló el traje y apuró el paso hasta el palacio sorteando los coches que cruzaban la ancha avenida, cuando llegó hasta el imponente lugar subió las escalinatas e ingresó  a  donde, dicen algunos, se prostituye la justicia en el Perú.  El hombre del  traje verde petróleo y corbata amarilla, pasó los controles bajo la atenta mirada de los policías, quienes comentaron entre ellos sobre el extraño olor que despedía.  Corrió  entre los pasillos, sorteando  un sin número de personas, subió las estrechas escaleras hasta la oficina en donde se llevaría la conciliación judicial e ingresó sin mayores preámbulos, presentándose e indagando por la reunión.

-          Doctor  el comparendo se efectuará el día de mañana, se ha confundido, no es hoy… – le dijo entre gestos de desagrado la secretaria de incipiente bigote.

Rubén la miró entre sorprendido y furioso, contempló su desaliñada figura reflejada en los cristales de la puerta, pensó en todo lo que le había sucedido en el trayecto. Sentía la mirada burlona de la anciana del microbús, revivió la vergüenza sufrida frente a los desconocidos por su calcetín roto, se tocó la cadera y sintió el dolor de la caída, percibió el olor  desagradable de los orines que despedían sus pantalones y volvió a mirar de frente a la desagradable mujer que le miraba con descarado desdén. En tan solo un instante se dio cuenta de que hacía años quería dejar  todo, y sintió pena de sí mismo, de la depresión que lo perseguía hacía mucho tiempo. De su falta de decisión,  de lo aburrida y triste en que había  convertido su propia vida.



Acercó su rostro hacia la cara de la mujer de mirada desafiante y dejó escapar la palabra que quemaba su garganta…

-          Mierda – dijo una sola vez y retrocedió hacia la puerta mirándola fijamente.

Salió del lugar, bajó las escaleras y se enfrentó de nuevo a la calle.

Me voy del país…pensó…

Y a los pocos meses se fue a Europa…Y no regresó más…

Algunos dicen que ahora es feliz y que ya no apesta más,  otros que aún conserva el calcetín roto, para no olvidar quien fue….


Mayo 2013, Madrid - España



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