Sentado en la plazuela del puerto de Eten, él contemplaba el crepúsculo que caía, aquel hermoso atardecer hacía que su melancolía se acentuara cada vez más. No sabía qué hacer con su vida, su mujer lo había echado de casa. No regresaba más por temor a sus cinco violentos hermanos, que por coraje y cariño a sus niños y aunque él comprendía y sabia las razones que ella tenía, no dejaba de dolerle por los hijos que tenía con ella, los quería con toda el alma, pero no sabía cómo ser su padre, él tenía sus sueños y estar allí, le hacía pensar que quizás nunca podría realizarlos y eso le asfixiaba, hasta ese día trabajaba en algo que no le gustaba, vivía una vida jamás soñada, vivía para otros, no para él.. Ya tenía 25 años y no tenía profesión alguna, solo sabía tocar la guitarra como nadie más, no era un gran cantante, pero sabía tararear bien las letras, su magnetismo y encanto hacían el resto. Pero quien le daría trabajo solo por ello, se preguntaba, como se ganaría la vida con ese simple talento. No sabía qué hacer, el miedo y el temor al futuro le embargaban.
Desempleado ahora y sin lugar donde vivir, a donde iría, que haría, pensó. Buscó en sus bolsillos y solo encontró unas monedas, que le alcanzaron para comprar una coca cola y unos cigarros. Mirando el sol que caía cada vez más rápido hacia el mar, recordaba su vida. Había dejado la universidad y se casó, se vino al norte, a este sitio olvidado de Dios a trabajar en el negocio de la familia de ella. Lejos de todos, de su familia, de sus amigos de la taberna, se había preguntado más de una vez, si ese era el final de su vida, si eso haría todo el resto de su vacía vida. Ahora mirando sus bártulos, se daba cuenta que hasta ese momento, no tenía nada de lo que pudiera sentirse orgulloso; hasta su guitarra la había dejado en Lima, solo había engendrado hijos de los que no sabía cómo hacerse responsable…. No es que no los quisiera, los amaba, solo que no sabía cómo era ser padre. Si no era feliz, como hacía feliz a estos niños. Su vida estaba en esas dos maletas viejas y su mochila, todo lo que poseía estaba allí y ciertamente no había mucho, se sentía un don nadie.
Ya la noche le rodeaba y el seguía en el mismo lugar, desde donde estaba podía ver los buses interprovinciales que salían uno tras otro para la capital. Pero como irse sin dinero, regresar derrotado, sin nada, que diría, se dijo para sí. Y una lágrima rodó por su mejilla y luego otra y escondió su rostro entre las piernas sollozando.
Cuando se calmó secando sus lágrimas se prometió hacer algo, no sabía qué, pero algo haría, miró las maletas, las abrió, cogió su mochila y en ella metió lo que creyó era más importante. Y allí dejó las maletas, a la espera de que alguien las encuentre. Puso la mochila en su hombro y cruzando la plazuela tenuemente iluminada por los faroles se dirigió hacia donde el bus esperaba a sus pasajeros.
- Que tal – contestó el hombre con desconfianza mientras le observaba de pies a cabeza.
- Mire usted, quería pedirle un favor – dijo haciendo una pausa, mientras intentaba ver la reacción del hombre – Soy de Lima, no tengo dinero, me acaban de echar de mi casa, mi mujer y sus cinco hermanos… - agregó intentando conmover al hombre.
- Y que hay con eso – dijo este secamente.
- No tengo donde ir….podría llevarme a Lima, hago lo que sea, limpio el bus, lo lavo si es necesario, haré lo que me pida, pero por favor ayúdeme a llegar a Lima…. - dijo con ansiedad.
- Ya no hay sitio, amigo. – dijo más suave el hombre y subió al bus, dejándole parado en la penumbra.
Pero, él ya había tomado una decisión, irse a Lima.
Esperó pendiente de cuanto pasaba alrededor del bus, los pasajeros siguieron llegando, siendo recibidos por el chófer y su ayudante, quien parecía más joven y alegre. En un momento en que ambos revisaban las ruedas traseras el joven abordó el bus dirigiéndose rápidamente hacia el final del mismo, sentándose en un asiento vacío, cubriéndose el rostro con una frazada que encontró allí, y fingiéndose dormido espero que el bus partiera.
Cuando el bus empezó a moverse, él supo que lo había logrado. Estaba camino a Lima.
Por la mañana, se despertó por la voz de una muchacha con acento argentino quien cantaba una samba de Mercedes Sosa. El sol ya estaba casi en su zenit, había dormido por horas, cubierto con la frazada. Fredy, notó que las notas de la guitarra que acompañaba a la rubia cantante, no era de las mejores. Las notas básicas y simples hacían que la melodiosa voz de la chica se perdiera y no fuera apreciada. Fredy los observaba, mientras no dejaba de pensar en lo que haría si tuviera la guitarra en sus manos. Cuando terminaron la canción algunos aplaudieron con desgano. Y la chica sonrió tímidamente.
- Amigo - dijo Fredy con timidez - podrías prestarme tu guitarra.
- Che, porque no – contestó quien había estado tocando, también de acento argentino y con una sonrisa, agregó – ¿sabés tocar? Yo no lo hago muy bien.
- Algo sé, amigo – contestó Fredy, mientras afinaba la guitarra y la estudiaba.
- ¿Te sabes Solo le pido a Dios de la Negra Sosa? – preguntó a la chica de ojos azules.
- Che, como no saber esa canción – dijo mientras miraba extasiada los dedos de Fredy que rasgaba las cuerdas al empezar con los acordes de la canción.
Ella comenzó a cantar, y Fredy le acompañaba con la segunda voz, mientras suavemente sus dedos acariciaban las cuerdas de la guitarra, parecía que esta hablaba, uniéndose con armonía a las voces. Aquella canción fue cantada con emoción por la chica y acompañada por las palmas de los pasajeros, quienes agradablemente sorprendidos, poco a poco se fueron uniendo en ello. Cuando terminaron, muchos aplaudieron y alguno que otro pidió una repetición. Fredy, con timidez intento devolver la guitarra a su dueño, quien la rechazo….
- Sos un maestro, seguí tocando… -dijo el joven con una gran sonrisa.
Y Fredy siguió tocando canciones argentinas, chilenas y como no, peruanas…y también se animó a cantar algunos valses y marineras en solitario. Para ese entonces el bus ya era una fiesta en la que todos participaban y pedían canciones; algún espontaneo pedía una canción y Fredy le acompañaba.
Todos se sorprendían de la facilidad para tocar y la buena memoria que tenía, se sabía muchas canciones y melodías. El ayudante del chófer ya le había reconocido de la noche anterior, pero poco importaba, a él le gustaba cantar y Fredy le acompañó en dos canciones. La fiesta estaba generalizada, unos niños hicieron un coro con las indicaciones de Fredy, hasta el chófer también pidió su canción y desde el volante se animó a cantar.
A esas alturas ya no importaba que Fredy fuera un polizonte que viajaba sin pagar pasaje. El chófer y su ayudante no recordaban tanta diversión en alguno de sus viajes.
Llegaron a Chimbote, en donde pararon para almorzar, todos los pasajeros bajaron con prisa, pero Fredy no lo hizo, no tenía dinero. Pensaba además que si bajaba ya no le dejarían subir y no quería arriesgarse. Estaba con sus pensamientos cuando golpearon la ventana.
- Trovador ¿Qué haces allí? – preguntó el chófer con ademanes - ¿No bajas a almorzar?...
- No tengo dinero, maestro – contestó avergonzado Fredy.
- No te preocupes por eso, nos alegras el viaje… ¿y no te lo vamos a agradecer? Vamos baja ahora…
- Gracias maestro… - dijo Fredy son una sonrisa, incorporándose del asiento.
Luego del almuerzo, reanudaron el viaje, el ambiente era de cordial camaradería, parecía que todos eran parte de un viaje de excursión. Al cabo de un rato, un joven con acento español le preguntó si conocía una canción…
- Concierto de Aranjuez, chaval - dijo mientras sacaba una flauta traversa.
- Claro, me gusta mucho…¿Le damos? - contestó Fredy con sonrisa casi de niño.
Ambos tocaron aquella pieza musical en medio del silencio de todos, con tanta maestría y destreza que cuando concluyeron los gritos y los aplausos de conocedores y neófitos musicales fueron tan atronadores que el chófer detuvo el bus para unirse al reconocimiento.
Y luego la fiesta continuó….
Al llegar a Lima, Fredy ya sabía lo que haría, había decidido que se dedicaría a seguir su sueño, ser músico, y ese don que poseía le haría vivir para quienes él quería con todo el alma. Comprendía que si no era feliz haciendo lo que él deseaba, no podría hacer feliz a nadie. Dejaría todo lo que le impedía realizar su sueño, se dedicaría a ello. Sin olvidarse de sus niños a quien había dejado en el norte.
- Cada vez que quieras viajar trovador a cualquier parte del Perú, búscame yo te llevo – le dijo el chófer, quien le dio un fuerte abrazo.
Y Fredy cogiendo su mochila se encaminó a la puerta de la estación. Salía ya cuando escuchó una voz que le llamaba…
- ¡Chaval…! ¿Cómo te llamas?... ¿Te gustaría conocer España? – le preguntó el joven de la flauta traversa…
- Soy Fredy M. y lo de España…bueno creo que si me gustaría conocer España… – dijo humildemente….
Y sonriendo cogieron la calle, conversando de la música que les permitió conocerse…
Lo demás, de lo que conoció y vivió luego… es una larga historia que algún día me la contará….Solo me adelantó que tuvo muchas experiencias y que todas ellas , buenas o malas siempre le dejaron algo, me prometió contarme la historia de sus viajes y de quienes conoció, sin embargo me dejó algunas fotos como muestra de aquel largo periplo que es su vida, no sin antes decirme “amigo, haz lo que te gusta, lo que amas, lo que te apasiona….si eso haces.... estas condenado a tener éxito…”…y yo aún sigo pensándomelo…me dedico solo a escribir...
Tengo que vivir de algo, me digo (cuando camino buscando clientes) como muchos que intentan en la vida hacer algo con la suya, pero en esas largas caminatas, voy aprendiendo, escuchando, observando, guardando historias, acuñando frases para algunos versos y me acuerdo de Fredy. Para él no fue fácil, para nadie es fácil, somos lo que pensamos, somos lo que atraemos, somos lo que sembramos y luego cosechamos….somos lo que estamos dispuestos a sacrificar y a entregar…
Fredy es un ejemplo…persiguió su sueño y lo llevó lejos.
¿Tú que crees?....
Con Tania Libertad
Con Joaquin Sabina






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