Desde donde se
encontraba podía ver el reflejo de las llamas en lo que quedaba de los árboles
de la plaza, la luminosidad alumbraba la noche con intermitencias, el olor a
chamuscado, a sangre, a carne quemada
era muy fuerte, tanto que le provocó nauseas. Intento moverse y no lo
consiguió, un fuerte dolor en la espalda se lo impidió, recorrió la mirada
hacia sus extremidades, le faltaba el brazo derecho, aterrado vio solo un muñón
que manaba sangre, sentía un dolor penetrante en todo el cuerpo que embotaba
sus sentidos y que a la vez le hizo despertar.
Trató de
recordar. Salía del café camino a casa cuando comenzaron las explosiones, no
pudo correr mucho, solo se sintió elevado por los aires antes de perder el
sentido, también recordó que el sonido y el estruendo era ensordecedor, como si
la tierra se abriera, tragándose el pueblo entero, como si el infierno de
pronto hubiera decidido conquistar la vida y destruir a todos. Se preguntaba
donde estaría María y el pequeño Felipe, su hijo.
Ahora tirado
como un despojo sobre la tierra ensangrentada solo miraba aterrado y sentía que
su vida se iba escapando agónicamente, abandonándole de a pocos, frente a él reconocía
los restos del caballo de su amigo Luis,
abierto de lado a lado, con las tripas regadas en la calle, la cabeza de un toro de
mirada desafiante más allá, los restos de unas piernas con los zapatos puestos.
¿No eran esos los zapatos que María le había regalado por su cumpleaños? Pensó.
Inmediatamente con la mano que aún le
quedaba intento tocar sus piernas. Soportando el dolor intenso, intento mirar.
Pero no logró mover el cuello, no sentía nada. Quiso pararse y correr a casa,
pero no pudo, las fuerzas le abandonaban.
Y pensó en
todo lo que aún hubiese querido hacer, darle un beso a Felipe antes de dormir,
decirle a su esposa María, lo mucho que la quería, abrazar a sus padres y
correr por los verde campos con la pequeña bebé que su mujer esperaba, ella le
había dicho que esta vez seria niña y que con la primavera llegaría trayendo
alegría a sus vidas. Tenía sueño y cansancio, no sentía las fuerzas y no sentía
las piernas.
Y pensó
entonces, “Dios ¿acaso te haz olvidado de nosotros? ¿Solo por pedir pan con
libertad?, y también pensó ¿Es cierto que la república es el gran Satán, como
dijo el cura Julián?, ¿seriamos condenados como aseguró? ¿Dios, es este tu
castigo?
Una llamarada
le permitió ver mejor, reconoció al pequeño Teobaldo debajo de una viga que aún
ardía, también alcanzó a ver el vestido de flores rojas de la abuela Juanita entre
los escombros de la iglesia; que ironía, allí estaba la sotana del cura también
y sintió pena por todos, también por él.
Y Pedro
también pensó, reconociendo que eran sus piernas las que miraba, “Dios, creó
que no existes…Te lo preguntaré cuando te vea."






Me ha gustado mucho, te encoge el corazón.
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