Llegó antes que ella, se preguntaba cuál sería la razón de la llamada, le intrigaba saber por qué de la reunión, si solo se habían visto escasamente dos o tres veces en los días que su padre cayó enfermo, en la segunda ola de la pandemia. El trato entre ellos fue educado, cortante, frío. A ella le pareció un arrogante, malgeniado, a él le fastidio que sea una entrometida dando consejos cuando no se los pedían.
Entró al café frente al mar, se sentó en la mesa acostumbrada, pidió un desayuno, abrió el libro que había llevado y se dispuso a dejar pasar los minutos mientras leía.
Dos tazas de café después ella apareció, con una sonrisa de lado a lado, jovial y espontánea. Antonio sorprendido por el cambio de su actitud, admiró su sonrisa, sus ojos, la cordialidad en sus expresiones y gestos, su figura esbelta
Dime, me llamaste para vernos - dijo él.
Si, sucede que leí el post que hiciste sobre tu papá. Me conmovió mucho, me alegra que hayas podido sanar tu relación con él, mira yo…
Antes quiero hacerte una pregunta - le dijo cortando la frase - que espero no te ofenda - hizo una breve pausa - ¿tuviste algo con él?
No me ofende - respondió con una sonrisa - y no tuve algo con él, siempre me trató como a una hija. Fue consejero en días en que me derrumbaba, mi maestro en las gestiones frente al ministerio y hasta guardaespaldas cuando lo necesité, tu padre fue muy respetuoso conmigo. Me confiaba algún secreto, pero siempre me habló de sus hijos, de su esposa.
Así era él, siempre colaborador con todos. Para sus hijos tenía poco tiempo. Y era muy crítico conmigo. Nada de lo que hacía yo le parecía bien.
Te llamé por eso - dijo ella, mientras tomaba un poco del café que había pedido.
No entiendo - dijo Antonio turbado.
Tu padre me confió muchas cosas de su vida o eso creo yo, en tus palabras leo que ambos se perdonaron, pero nunca hablaron sobre lo que sentían o se querían. Y eso quería decirte, él estaba orgulloso de ti Antonio.
En ese momento mientras escuchaba la suave voz de la amiga de su padre, los recuerdos se agolparon en su pensamiento uno tras otro.
Recordó la mañana que lo recogió en el aeropuerto y su empujón cuando él le dijo “perdóname papá yo también te perdono, empecemos de nuevo”, “¿Qué me tienes que perdonar tú? Yo soy tu padre", dijo. O aquellas palabras cuando llegó al hospital en Madrid y lo encontró postrado en una cama “así me querías ver”. O su soberbia necedad en no reconocer los errores y mentiras que descubría sin querer. Recordó cuando su papá le gritó adúltero, una mañana y como se rio de su cara cuando le dijo que había conocido a una señora italiana que vivía por el puerto del Callao, la misma que le enviaba saludos.
Las emociones volvieron por unos instantes, ebullieron por su sangre rápidamente, sus manos crispadas estrujaron una servilleta, escuchaba las palabras de Viviana, ellas resonaban en su interior aunque había dejado de entenderlas, observaba sus labios moverse, nada más.
De pronto recordó, como un flash, el instante que se tomaron de las manos, las palabras que su padre con esfuerzo pronunció “gracias Antonio, eres mi hijo, un buen hijo”. Sus ojos se tornaron acuosos, a duras penas mitigó las lágrimas que pugnaban por desbordarse.
Tu padre Antonio, fue a la presentación de tu primer libro. No llegó a entrar a la sala. Pero te observó desde la puerta.
¿Cómo sabes eso?
Porque yo lo acompañé, no quería que lo vieras. Era un viejo terco, pero estaba orgulloso de ti, de la terquedad con que desafiaste a todos, a él. De la paciencia tenaz que descubriste en ti, del padre en que te convertiste. Mi hijo es escritor y un buen padre, me decía.
Nunca me lo dijo - dijo Antonio intentando parecer duro, sorbiendo algo de café.
Porque era terco, como tú, orgulloso, desafiante. Marino de guerra, pues con mucho mundo en sus espaldas, y porque seguro su padre nunca le habló así. Ya sabes ahora sabemos que son patrones.
¿Él estuvo allí? ¿Tu estuviste con él? ¿Dónde fue? - preguntó Antonio desconfiado.
En la Casa de la Literatura, el día que tu hijo cumplía años.
Es cierto - contestó Antonio, miró el mar y guardó silencio.
Siguieron conversando por largo rato, el hielo y esas primeras impresiones se habían
quebrado, Antonio la miraba agradecido, como si fuera un ángel que acaba de hacer un milagro, se despidieron con la promesa de verse antes de que ella viajara a España.
Antonio, caminaba cerca del malecón mirando el mar, caía la tarde, el sol se ocultaba lentamente en el horizonte, algo en su interior había cambiado, lo sabía. Una extraña certeza crecía en su interior. Su viejo, estaba orgulloso de él. Sacó del bolsillo su celular, buscó el contacto GATO y marcó. Una voz contestó.
Hola viejito ¿Cómo vas?
¿Hijo te he dicho que estoy orgulloso de ti? -preguntó Antonio, con voz casi quebrada, cuando una ola rompía en la orilla.
Siempre que puedes lo dices papá y a veces me preguntó de qué si no he hecho nada extraordinario - contestó el hijo.
Perdonarme, quererme, decirme papá, vivir lejos, en un país extraño, crecer con valentía, romper con mis patrones ¿no te parece extraordinario?
Jajajaja ¿estás con un pisco encima?- dijo riendo el hijo.
Te amo gato - dijo Antonio.
Te amo papá, llegaré pronto a Lima.
Aquí te espero hijo.



